28 de noviembre de 2010

Pruebas de laboratorio de la misa nueva: inicio del fin de la sacralidad litúrgica

Algunas fotos del libro “The Mass of the Future” (La Misa del Futuro), de Gerald Ellard, año 1948. (Creemos que es la fecha de la primera edición del libro, pues algunas de las fotografías son algo posteriores).  pre-nacimiento de la misa nueva 1

Misa vuelta hacia las masas: Iglesia de la Natividad, St. Paul, Minnesota, EE.UU.

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Solemne misa celebrada por un obispo (versus populum) durante la Octava Semana Nacional de Liturgia en Portland, 1947. El arzobispo ED Howard está en el trono: a su derecha, Joseph Gilmore, obispo de Helena, y a su izquierda Francis Carroll, obispo de Calgary.

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Iglesia de Santa Elena, Minneapolis, Minnesota.

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Edwin VO'Hara, arzobispo de Kansas City, en la celebración de la misa (versus populum); Iglesia de Cristo Rey, mayo de 1954.

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Iglesia de Santa María, Londres, Ontario (Canadá), modificada en 1952 con un altar lateral en el santuario, con el sacerdote detrás, celebrando la misa (versus populum).

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Mujeres jóvenes en procesión.

Por Roberto F. Santana para Fratres In Unum.

De mesa a altar, en pocos minutos…

Fuente: Messainlatino

Satánica profanación

Vía Fratres In Unum nos llegan estas imágenes de una celebración interreligiosa en el “Día de la Conciencia Negra”, realizada en la Iglesia del Rosario de San Benito, en Curitiba, Paraná (Brasil) el día 20-11-2.010.

Después de la "ceremonia", se produjo el “lavado de las escaleras” de la iglesia (fotos aquí )

27 de noviembre de 2010

Comentario – testimonio

Como comentario al post “Aberraciones litúrgicas: video recuperado” nos llega este testimonio que compartimos.

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Esto es lo que sucede cuando las personas o fieles pierden el verdadero sentido del sacrificio de la cruz.

Ellos no ven la Santa Misa como un Sacrificio verdadero, sino como una cena, una comida, un compartir, un sentir, lleno de sentimentalismos baratos y ahora veo que hasta lleno de diversión tipo discoteca. Ya no hay mucha diferencia entre los protestantes.

Te habla alguien de Centroamérica donde en su país no existe la misa tradicional, la conocí por primera vez cuando viajé a Córdoba - Argentina, en la capilla San Pio V.

Me pareció algo totalmente diferente, hermoso, lo que siempre quise, lo que siempre busqué.

He sufrido y sufro por no poder vivir una misa como se debe, no sabes cuanto sufro y rezo porque en mi país pueda haber tan siquiera una capilla que celebre el verdadero sacrificio del Señor.

Si pudieran ver la cantidad de Iglesias medievales que existen en mi país y están como museos y "turismo religioso". Altares extraordinarios, dignos de celebrar una Misa Tridentina. Pero todos opacados en su hermosura, ahora con esa mesa (altar moderno) y sillas frente al altar.

Creo que yo soy una que esta pagando esta penitencia espantosa, sabes que es vivir en un país donde no tienes en ninguna parte la misa tradicional? que cuando la conoces te enamoras de ella y cuando vuelves a tu realidad te das cuenta que tienes que vivir sin ella hasta que Dios lo permita.

Saludos y Bendiciones.

Un video con bellas imágenes

Mont Saint MichelUn amigo me ha pasado este video, donde con hermosas tomas aéreas se recorren paisajes naturales y bellos castillos, entre otras obras arquitectónicas, por ej. el Monte San Miguel. Como es de alta definición, dependiendo el tipo de conexión a internet que se tenga, recomiendo esperar a bajarlo, y verlo luego entero a pantalla completa para apreciarlo mejor. Aquí les dejo el link:

http://www.tubewatcher.tv/182

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Sermón del primer domingo de Adviento

Por Leonardo Castellani

Padre Leonardo Castellani

   Hay cosas que no pueden saberse sin volverse loco, antes de saberlas o después de saberlas.

   Imaginemos por ejemplo que un sanjuanino hu­biese conocido de antemano el terremoto de San Juan ¿no era como para volverse loco? ¿Y si hubiese tenido que anunciar eso? Pobre de él...

   Cuenta el historiador Josefo, en “La Guerra Judai­ca”, que antes de la destrucción de Jerusalén apareció en sus callejas uno que no se sabía si estaba loco o ins­pirado, venido nadie sabe de dónde, que tenía el mismo nombre de Nuestro Señor (Ieshua) el cual recorría la ciudad sagrada (y deicida) gritando sin cesar “¡Ay de Jerusalén! ¡Ay del Templo!”... Fue detenido, interro­gado, reprendido, amenazado, castigado y azotado, co­mo “derrotista” y sacrílego; y todo fue inútil; nadie pudo hacerle abandonar su estéril tarea, hasta que un día fue herido en la frente por un proyectil arrojado de una catapulta ; y cayó muerto gritando: “¡Ay de mí!”.

   Es un ejemplo de lo que decimos: este cuitado ha­bía visto la realidad antes que los demás. El que tiene razón un día antes, veinticuatro horas es tenido por irrazonante — dice un proverbio alemán.

   Hay muchas palabras en el Evangelio que son o de un Dios o de un loco; y que no pueden ser de un hom­bre común; y el “discurso escatológico” es una de ellas. Sobrecoge el ánimo imaginarse a ese grupo de pesca-dores y labradores galileos sobre el borde Norte de la ciudad (sobre el Templo y mirando a Jericó); rodean-do a Ieshuá-ben-Nazareth y escuchando salir de sus la­bios, a manera de relámpagos que rompen la noche del futuro, palabras desmesuradas como estas:

   “Será la tribulación más grande que ha existido desde el principio del mundo; más grande que el Dilu­vio...”

   Se secarán los hombres de miedo y de expectativa ante las convulsiones del Universo...

   Las fuerzas cósmicas se descompaginarán... Habrá signos en el sol, en la luna y en las estrellas; y gran presión entre los pueblos...

   Entonces Alegraos (!) porque está cerca vuestra redención...

   Verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo con gran majestad y poderío...

   El cielo y la tierra, pasarán; mis palabras no pa­sarán.

   Hay muchos lugares en el Evangelio en que Cristo pronuncia palabras que a ningún puro hombre serían lícitas, palabras que rompen el equilibrio humano y muestran como en un relámpago los abismos de la Eternidad; y sin embargo no están pronunciadas con énfasis ni ahuecando la voz, como hacen los poetas hu­manos que se tienen por “os magna sonaturum” (y Olegario Andrade y su maestro Hugo en esto de hacerse los bíblicos llegan muy lejos) sino más bien atenuadas y como puestas en sordina. Estas palabras sobrehuma­nas fueron notadas desde el primer momento: “¿Quién es Este? Este no habla como los demás Rabbíes. ¡Nadie ha hablado jamás como este hombre!”... Efectivamente.

   El “Apocalipsis” de Lucas, cuya perícopa final se lee en este domingo 1º del año litúrgico, es el más breve de todos; y aquel en que está en cierto modo indicada la división de la doble profecía; de los signos de la caída de Jerusalén hasta el versillo 25; y los de la ago­nía del Universo, del 25 al 32; puesto que lo que hay que decir, como vimos, de esta dificultosa escritura, es que predice a la vez el fin de una época de la historia del mundo y el fin de toda la historia del mundo: en dos planos subordinados, que se llaman “typo” y “an­titypo”. Pero en este Evangelio esos signos se pueden distinguir más o menos en dos secciones, de las cuales la primera mira más bien el fin de Jerusalén y el Tem­plo, y como fondo al fin de la Cristiandad y el mundo; y la segunda más bien el fin del mundo. Cosa análoga sucede, como ya hemos notado, en el discurso de la Promesa de la Eucaristía (Jo. VI, 22): trata del “Pan de Vida”, es decir, a la vez de la Fe y del Sacramento; y primeramente la fe está delante como figura y el sa­cramento detrás como fondo; y luego paulatinamente el Sacramento de la Fe ocupa sin solución de continui­dad el primer plano.

   El año 1941 este mismo Domingo 19 de Adviento, pre­diqué este Evangelio en San Juan en la Iglesia de Don Bosco; tengo todavía los apuntes: el Evangelio de los Terremotos. Si hubiese sabido que poco tiempo después San Juan iba a ser probado por la Calamidad y la Ca­tástrofe, ciertamente no hubiese podido ni nombrarlo al terremoto. Mas Nuestro Señor dice aquí que habrá “entonces terremotos grandes por varios lugares, y pes­tilencias y hambre, y terrores desde el cielo, y grandes señales...” Enseguida después de la tribulación de aquellos días (especifica San Mateo) el sol se oscure­cerá, la luna se pondrá sangrienta y las estrellas caerán del cielo (sol en la Escritura es el símbolo de la verdad religiosa; luna, de la ciencia humana; estrellas son los sabios y doctores) porque “las fuerzas cósmicas se desquiciarán” que así se traduce mejor que la Vulgata vierte: “las virtudes del cielo se conmoverán”; pues el texto griego dice literalmente “las energías uránicas” (“dinámeis toon ouranoón”).

   Los intérpretes se preguntan si estos “signos en el cielo” tan extraordinarios, serán físicos o metafóricos; si hay que tomar esas palabras del Profeta como sím­bolos de grandes desórdenes y perturbaciones morales, o si realmente las estrellas caerán y la luna se pondrá de color de sangre; en cifra, si los “terremotos” profetizados serán los terremotos de San Juan visibles o bien los invisibles (y mucho peores) terremotos de Bue­nos Aires. Probablemente las dos cosas; porque al fin y al cabo, el universo físico no está separado del mun­do espiritual (los ángeles mueven los mundos, decían los antiguos filósofos) y estas dos realidades materia y espíritu, que a nosotros aparecen como separadas y aun opuestas, en el fondo no son sino como dos rostros de la misma realidad fundamental. Esas “fuerzas del cielo” de que hablamos, para los filósofos griegos eran espíritus, para los científicos modernos son vibracio­nes del éter; y esas “energías cósmicas”, que somos advertidos “se desquiciarán”, el hombre ya les ha encon­trado el quicio, porque ha penetrado en ese “éter” (áitheer) que los griegos tenían por el alma del fuego o el fuego esencial; y Santo Tomás enseñó es el domi­nio propio de los ángeles. El hombre moderno ha pe­netrado en ese dominio de los ángeles guiado quizá por uno de ellos ¿chi lo sá? Lo cierto es que los grandes astrólogos, alquimistas y hechiceros de nuestros días han realizado un enorme progreso: han inventado el instrumento con el cual se puede destruir el mundo — o por lo menos “la tercera parte de él”, como dice el Apocalipsis. “Las energías uránicas se desquicia­rán...” Bien, la bomba atómica la fabrican hoy con un metal llamado “uranio”, al cual lo “desquician” — o “desintegran”.

   Lo que tiene que ser, será. El tiempo no vuelve atrás. La creación madura. El drama de la Humanidad pecadora, redimida y predestinada, tiene que tener su desenlace. El Bien y el Mal han ido creciendo en ten­sión desde el principio del mundo, como dos campos eléctricos; y algún día tendrá que saltar la chispa. Ese día no es un día perdido en la lejanía de lo ilimitado, porque Cristo por San Juan pronunció categóricamente que sería (relativamente) Pronto: y por San Lucas y los otros sinópticos recomendó que estemos ojos abier­tos para verlo venir. “Mirad la higuera: cuando reverdece vosotros sabéis que está cerca el verano; así cuando veáis que comienzan estas cosas, sabed que está cerca vuestra redención”.

   Las primeras generaciones cristianas vivieron en la ansiosa expectativa de la Parusía, conducidas a ello por el versículo oscuro y ambivalente de cuya dificul­tad hemos hablado; mas no es verdad lo que dicen los racionalistas actuales, que se “han equivocado” propiamente, pues una cosa es temer, otra es afirmar; y así vemos por ejemplo que San Pablo reprende a los de Tesalónica los cuales temerariamente “afirmaban”; declara y reitera que él no sabe, ni nadie, cuando será el Advenimiento; reta a los temerarios o perezosos que arreglaban su vida sobre la base de esa “afirmación”; y les notifica que no puede aparecer el Anticristo mien­tras no sea retirado el “Obstáculo” (ese misterioso “ka­téjon-katéjos” que está una vez en género neutro y otra en masculino) y que el “Obstáculo” todavía está allí. “¿No recordáis que os lo dije?” — reprende el Apóstol. “A ellos se lo dijo, a nosotros no” — se queja San Agustín.

   A pesar de eso, este eco del versículo difícil se di­lató y resuena aun en la epístola CXXI, § 11 de San Jerónimo, siglo V ; cuando vencido y muerto el “Impe­rátor” Estilicón por el vándalo Alarico, los reyes bár­baros desbordaron la frontera de Milán y tomaron y saquearon a Roma, haciendo temer al solitario de Be­lén que había sido “retirado el Obstáculo”; el cual para él no era otra cosa que el Imperio y la Civilidad Romana; lo mismo que para Agustín (De Civ. Dei, XX, 19) y la mayoría de los Santos Padres antiguos.

   Solamente cuando los sucesos mismos mostraron que aquella raya de “Esta Generación no pasará” se aplicaba solamente a la Pre-Parusía (el fin de la Sina­goga) y no a la Parusía, repararon bien los cristianos en los varios rasgos que en el Evangelio indican el In­tersticio; — como por ejemplo el patente versillo de Lucas (XXI, 24) donde se predice la matanza y la dis­persión de los judíos por todo el mundo, y que “Jeru­salén será pisoteada por los Gentiles hasta que llegue el tiempo (del Juicio) de las naciones”. Luego uno fue el Juicio de Israel, otro será el Juicio de las Naciones: dos sucesos separados contemplados como en uno.

   Este versillo dice con claridad un intersticio o in­tervalo entre los dos sucesos (Pre-Parusía y Parusía) claridad que resulta meridiana si se repara en que el versillo alude a la Profecía de las 70 Semanas de Daniel, donde paladinamente se predice la destrucción de Salem y su Santuario por un Príncipe y su ejército, y después la “Abominación de la desolación que durará sobre la Ciudad Santa y Deicida hasta que el mismo Devastador (el Imperio Romano, la Romanidad) sea a su vez devastado”; que es lo que se diría está pasando o por pasar, ahora; a 1.900 años de la devastación de Salem por Tito César.

   Del “Libro de las Instituciones Divinas” de Lactan­cio, libro XII, Cap. 15.

   Título. — Que la submersión del Faraón y los Egip­cios, y la liberación de los Hebreos de la servidumbre egipcia prefigura la liberación de los elegidos y la re­probación de los condenados que ha de ser en el fin del mundo. Y que muchas señales precederán a la li­beración ésta, igual que aquella.

   Tenemos en los arcanos de las Sacras Letras —escribe Lactancio— que el Patriarca de los Hebreos pasó al Egipto con toda su familia y parentela apremiado por la carestía de alimentos ; y que su posteridad, ha­biendo habitado mucho tiempo en Egipto y crecido en sector numeroso, siendo oprimida con yugo de esclavi­tud grave e intolerable, hirió Dios a Egipto con llaga insanable y libertó a su pueblo sacándolo por el medio del mar, rasgadas las aguas y apartadas a una y otra parte, para que el pueblo caminara por lo seco; mas tentado el Rey de los Egipcios seguir a los fugitivos, volvió el piélago a sus cauces, y el Rey fue atrapado con todo su ejército. Prodigio tan claro y tan asombroso, aunque por el momento mostró el poder de Dios a los hombres, sin embargo fue principalmente signo y pre­figuración de una cosa mayor, la cual parecidamente Dios ha de hacer en la última consumación de los tiem­pos. Pues liberó a su gente de la pesada esclavitud del mundo. Pero como entonces era uno solo el pueblo de Dios, y estaba en una sola nación, entonces sólo Egipto fue golpeado. Mas ahora, porque el pueblo de Dios con­gregado de entre todas las lenguas, habita entre todas las gentes, y es dominado y oprimido por ellas, ocurre que todas las naciones, es decir, el orbe entero, sea azo­tado con justo flagelo, para librar al pueblo santo y cultor de Dios. Y como entonces acontecieron prodigios con que la futura derrota de Egipto se mostrara, así en el final sucederán portentos asombrosos en todos los elementos, por los cuales se entienda por todos el final inminente. (Traduzco en el mismo tono retórico del autor)

   “Aproximándose pues el término de este ciclo, es forzoso que se inmute el estado de las cosas humanas y caiga más abajo aún, a causa de la maldad creciente; de tal modo que aun estos tiempos nuestros en que la injusticia y la malignidad creció al sumo grado, en comparación con aquel mal extremo e insanable, se podrían tener como felices y realmente aureos.

   “Pues de tal manera escaseará la justicia; y crece­rán de tal modo la codicia y la lascivia, que si algunos entonces fueren buenos, serán presa de los malevos y atropellados de todos modos por los injustos; sólo los malos serán opulentos, y los buenos se debatirán en la pobreza y en las vejaciones.

   “Se confusionará todo el derecho y perecerán las leyes. Ninguno entonces poseerá nada si no fuere ad­quirido o defendido malamente: la audacia y la fuerza lo poseerán todo. No habrá confianza en los hombres ni paz ni humanidad ni pudor; ni verdad. Y así tam­poco habrá seguridad ni gobierno derecho, ni refugio contra los males.

   “Toda la tierra se alborotará, y rugirán guerras por doquiera; todas las gentes andarán en armamentos y se resistirán mutuamente. Las naciones fronterizas pe­learán entre sí. Y Egipto el primero de todos pagará el castigo de sus estúpidas supersticiones y será cubierto de un río de sangre. Entonces la espada recorrerá la tierra, segándola toda y postrando las cosas como mies madura. (Egipto: figura de la Capital agresora, sea cual fuere. Ver Apoc. XI, 8).

   “Y de esta confusión y devastación, la causa será que el nombre Romano, por el cual hoy se rige el orbe (me horroriza el decirlo, pero lo diré porque ha de suceder) será quitado de la tierra y el dominio volverá al Asia, y de nuevo mandará el Oriente; y el Occidente servirá.

   “Ni debe extrañar a nadie que un reino tan po­tentemente cimentado, tanto tiempo y por tan magnos varones valido, y con tan grandes munimentos confir­mado, todo no obstante un día caerá. Nada hay creado por fuerzas humanas que las mismas fuerzas humanas no puedan destruir: porque mortales son las obras de los mortales; pues los otros reinos anteriores, habiendo luengamente florecido, sin embargo también murieron...”

   No sabemos de dónde sacó el insigne predecesor y maestro de San Agustín en el siglo III esta descrip­ción y predicción de unos tiempos que, en nuestra opi­nión, se dan un aire a los del siglo XX... Pero allí está ella; y yo la he copiado al pie de la letra.

   Cristo quizá advirtió a sus oyentes (como algunos quieren creer) que los dos Grandes Sucesos no eran Uno sino en reflejo; pero no así el Evangelista a sus lectores. San Pablo dijo a los de Tesalónica cual era el “Obstáculo” que impedía la manifestación del Anticris­to; “pero no a nosotros”, exclama dolido San Agustín. La primera Venida de Cristo fue marcada por Daniel profeta con una cifra exacta de años[1]; pero no así la Segunda. Varias veces la Cristiandad (siglo IV, siglo X, siglo XIV) ha temido ya estar delante de “la Hora temida y el Día definitivo”, como decía San Jerónimo el año 409 — y se ha equivocado; pero algún día no se equivocará.

   Yo sé decir que si todos mis conciudadanos supieran algo que yo sé, habría más golpes de pecho y menos risotadas en la República Argentina. Desdichado del que ha sido escogido para saber cosas que no se pueden decir; pero feliz en definitiva el que ha sido escogido para saber cosas; y mil veces feliz si esas co­sas son “las que te van a salvar”: ea quae sunt ad pacem tibi (Lc. XIX, 42). Como el pobre loco Jeshua de Jerusalén, que las pasó muy malas; pero al fin y al cabo, él sabía, y los demás estaban ciegos.

[1] Daniel dio una cifra exacta, aunque referida a una cronología con­vencional; y los exégetas difieren en la aplicación de esa cifra.

Tomado de “El Evangelio de Jesucristo”. Publicado por Stat Veritas Blog.

El pseudo-profeta según el P. Lacunza

Presentamos un texto del P. Lacunza escrito antes del 1800. Se trata de una exégesis sobre el pseudo profeta… aplíquese la semejanza a nuestra hora de tinieblas

lobos-ovejas

La bestia de dos cuernos, del Capítulo XIII del Apocalipsis

“Y vi otra bestia que subía de la tierra, y que tenía dos cuernos semejantes a los del cordero, mas hablaba como el dragón, y ejercía todo el poder de la primera bestia en su presencia; e hizo que la tierra y sus moradores adorasen a la primera bestia, cuya herida mortal fue curada. E hizo grandes maravillas, de manera que aun fuego hacía descender del cielo a la tierra a la vista de los hombres. Y engañó a los moradores de la tierra con los prodigios que se le permitieron hacer delante de la bestia, diciendo a los moradores de la tierra, que hagan la figura de la bestia, que tiene la herida de espada, y vivió. Y le fue dado que comunicase espíritu a la figura de la bestia, y que hable la figura de la bestia; y que haga que sean muertos todos aquellos que no adoraren la figura de la bestia. Y a todos los hombres, pequeños, y grandes, ricos, y pobres, libres, y siervos hará tener una señal en su mano derecha, o en sus frentes. Y que ninguno pueda comprar, o vender, sino aquel que tiene la señal, o nombre de la bestia, o el número de su nombre. Aquí hay sabiduría. Quien tiene inteligencia calcule el número de la bestia. Porque es número de hombre; y el número de ella seiscientos sesenta y seis.”

Esta bestia de dos cuernos, nos dicen con gran razón los intérpretes del Apocalipsis, que será el pseudo-profeta del Anticristo. (…)

Esta bestia nueva, lejos de significar un obispo particular, o un hombre individuo y singular, significa y anuncia, según la expresión clara del mismo Cristo, un cuerpo inicuísimo y peligrosísimo, compuesto de muchos seductores: se levantarán (dice) muchos falsos profetas… y darán grandes señales y prodigios…

Pues esta bestia nueva, este cuerpo moral, compuesto de tantos seductores, será sin duda en aquellos tiempos infinitamente más perjudicial, que toda la primera bestia, compuesta de siete cabezas, y armada con diez cuernos todos coronados.

No espantará tanto al cuerpo, o al rebaño de Cristo la muerte, los tormentos, los terrores y amenazas de la primera bestia, cuanto el mal ejemplo de los que debían darlo bueno, la persuasión, la mentira, las órdenes, las insinuaciones directas o indirectas; y todo con aire de piedad y máscara de religión, todo confirmado con fingidos milagros, que el común de los fieles no es capaz de distinguir de los verdaderos.

Es más que visible a cualquiera que se aplique a considerar seriamente esta bestia metafórica, que toda ella es una profecía formal y clarísima del estado miserable en que estará en aquellos tiempos la Iglesia Cristiana, y del peligro en que se hallarán aun los más de los fieles, aun los más inocentes, y aun los más justos.

Considerad, amigo, con alguna atención todas las cosas generales y particulares que nos dice San Juan de esta bestia terrible, y me parece que no tendréis dificultad en entender lo que realmente significa, y lo que será o podrá ser en aquellos tiempos de que hablamos la bestia de dos cuernos.

El respeto y veneración con que miro, y debemos mirar todos los fieles cristianos a nuestro sacerdocio, me obliga a andar con estos rodeos, y cierto que no me atreviera a tocar este punto, si no estuviese plenamente persuadido de su verdad, de su importancia, y aun de su extrema necesidad.

Sí, amigo mío, nuestro sacerdocio; éste es, y no otra cosa el que viene aquí significado, y anunciado para los últimos tiempos debajo de la metáfora de una bestia con dos cuernos semejantes a los del cordero.

Nuestro sacerdocio, que como buen pastor, y no mercenario, debía defender el rebaño de Cristo, y poner por él su propia vida, será en aquellos tiempos su mayor escándalo, y su mayor y más próximo peligro.

¿Qué tenéis que extrañar esta proposición? ¿Ignoráis acaso la historia? ¿Ignoráis los principales y más ruidosos escándalos del sacerdocio hebreo? ¿Ignoráis los escándalos horribles y casi continuados por espacio de diez y siete siglos del sacerdocio cristiano?

¿Quién perdió enteramente a los judíos, sino su sacerdocio? Éste fue el que resistió de todos modos al Mesías mismo; no obstante que lo tenía a la vista, oía su voz, y admiraba sus obras prodigiosas. Éste fue el que cerrando sus ojos a la luz, se opuso obstinadamente a los deseos y clamores de toda la nación que estaba prontísima a recibirlo, y lo aclamaba a gritos por Hijo de David, y Rey de Israel. Éste fue el que a todos les cerró los ojos con miedos, con amenazas, con persecuciones, con calumnias groseras, para que no viesen lo mismo que tenían delante, para que desconociesen a la esperanza de Israel, para que olvidasen enteramente sus virtudes, su doctrina, sus beneficios, sus milagros, de que todos eran testigos oculares. Éste, en fin, les abrió la boca para que lo negasen, y reprobasen públicamente, y lo pidiesen a grandes voces para el suplicio de la cruz.

Ahora digo yo: ¿este sacerdocio lo era acaso de algún ídolo o de alguna falsa religión? ¿Había apostatado formalmente de la verdadera religión que profesaba? ¿Había perdido la fe de sus Escrituras y la esperanza de su Mesías? ¿No tenía en sus manos las Escrituras? ¿No podía mirar en ellas como en un espejo clarísimo la verdadera imagen de su Mesías, y cotejarla con el original que tenía presente?

Sí, todo es verdad; mas en aquel tiempo y circunstancias, todo esto no bastaba, ni podía bastar. ¿Por qué? Porque la iniquidad de aquel sacerdocio, generalmente hablando, había llegado a lo sumo. Estaba viciado por la mayor y máxima parte; estaba lleno de malicia, de dolo, de hipocresía, de avaricia, de ambición; y por consiguiente lleno también de temores y respetos puramente humanos, que son lo que se llaman en la Escrituras la prudencia de la carne y el amor del siglo, incompatibles con la amistad de Dios.

Ésta fue la verdadera causa de la reprobación del Mesías, y de todas sus funestas consecuencias, la cual no se avergonzó aquel inicuo sacerdocio de producir en pleno concilio preguntando: ¿Qué hacemos porque este hombre hace muchos milagros? Si lo dejamos así, creerán todos en él, y vendrán los Romanos, arruinarán nuestra ciudad y nación (Joan XI, 47-48).

¿Qué tenemos, pues, que maravillarnos de que el sacerdocio cristiano pueda en algún tiempo imitar en gran parte la iniquidad del sacerdocio hebreo? ¿Qué tenemos que maravillarnos de que sea el únicamente simbolizado en esta bestia de dos cuernos?

Los que ahora se admiren de esto, o se escandalizaren de oírlo, o lo tuvieren por un despropósito increíble, es muy de temer, que llegada la ocasión, sean los primeros que entren en el escándalo, y los primeros presos en el lazo. Por lo mismo que tendrán por increíble tanta iniquidad en personas tan sagradas, tendrán también por buena la misma iniquidad.

¿Qué hay que maravillarse después de tantas experiencias? Así como en todos tiempos han salido del sacerdocio cristiano bienes verdaderos e inestimables, que han edificado y consolado la Iglesia de Cristo, así han salido innumerables y gravísimos males, que la han escandalizado y afligido. ¿No gimió todo el orbe cristiano en tiempo de los Arrianos? ¿No se admiró de verse Arriano casi sin entenderlo, según esta expresión viva de San Jerónimo: lamentándose el mundo todo se admiró al reconocerse Arriano? ¿Y de dónde le vino todo este mal, sino del sacerdocio?

¿No ha gemido en todos tiempos la Iglesia de Dios entre tantas herejías, cismas y escándalos, nacidos todos del sacerdocio, sostenidos por él obstinadamente? Y ¿qué diremos de nuestros tiempos?

Consideradlo bien, y entenderéis fácilmente cómo la bestia de dos cuernos puede hacer tantos males en los últimos tiempos. Entenderéis, digo, cómo el sacerdocio de los últimos tiempos, corrompido por la mayor parte, pueda corromperlo todo, y arruinarlo todo, como lo hizo el sacerdocio hebreo. Entenderéis en suma, cómo el sacerdocio mismo de aquellos tiempos, con su pésimo ejemplo, con persuasiones, con amenazas, con milagros fingidos, etc., podrá alucinar a la mayor parte de los fieles, podrá deslumbrarlos, podrá cegarlos, podrá hacerlos desconocer a Cristo, y declararse en fin por sus enemigos: se levantarán muchos falsos profetas, y engañarán a muchos. Y darán grandes señales. Y porque se multiplicará la iniquidad, se resfriará la caridad de muchos.

¡Oh! ¡Qué tiempos serán aquéllos! ¡Qué oscuridad! ¡Qué temor! ¡Qué tentación! ¡Qué peligro! Si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva. (…)

Pensad, amigo, con formalidad, cuál podrá ser la verdadera razón de una diferencia tan grande, y difícilmente hallareis otra, que la bestia nueva de dos cuernos que ahora consideramos, o lo que es lo mismo, el sacerdocio cristiano, ayudando a los perseguidores de la Iglesia y de acuerdo con ellos, por la abundancia de su iniquidad.

En las primeras persecuciones hallaban los fieles en su sacerdocio o en sus pastores, no solamente buenos consejos, instrucciones justas y santas, exhortaciones fervorosas, etc., sino también la práctica de su doctrina. Los veían ir delante con el ejemplo; los veían ser los primeros en la batalla; los veían no estimar ni descanso, ni hacienda, ni vida, por la honra de su Señor, y por la defensa de su grey.

Si leéis el Martirologio romano, apenas hallareis algún día del año que no esté ennoblecido y consagrado con el sacrificio de estos santos pastores; mas en la persecución anticristiana, en que el sacerdocio estará ya por la mayor y máxima parte enemigo de la cruz de Cristo (Ad Philip. III, 18) , en que estará mundano, sensual, y por eso provocando a vómito, como lo anuncia claramente San Juan, en que estará resfriado enteramente en la caridad por la abundancia de la iniquidad; será ya imposible que los fieles hallen en él lo que no tiene, esto es, espíritu, valor, desinterés, desprecio del mundo, y celo de la honra de Dios; y será necesario que hallen lo que sólo tiene, esto es, vanidad, sensualidad, avaricia, cobardía, y todo lo que de aquí resulta en perjuicio del mísero rebaño, esto es, seducción, tropiezo, escándalo y peligro.

No por esto se dice, que no habrá en aquellos tiempos algunos pastores buenos, que no sean mercenarios. Sí, los habrá; ni se puede creer menos de la bondad y providencia del sumo pastor; mas estos pastores buenos serán tan pocos, y tan poco atendidos, respecto de los otros, como lo fue Elías respecto de los profetas de su tiempo, que unos y otros resistieron obstinadamente y persiguieron a los profetas de Dios; unos y otros hicieron inútil su celo, e infructuosa su predicación; unos y otros fueron la causa inmediata, así de la corrupción de Israel, como de la ruina de Jerusalén.

Si todavía os parece difícil de creer que el sacerdocio cristiano de aquellos tiempos sea el únicamente figurado en la terrible bestia de dos cuernos, reparad con nueva atención en todas las palabras y expresiones de la profecía; pues ninguna puede estar de más.

Decidme ahora, amigo, con sinceridad, ¿a quién pueden competir todas estas cosas, piénsese como se pensare, sino a un sacerdocio inicuo y perverso, como lo será el de los últimos tiempos?

Los doctores mismos lo reconocen así, lo conceden en parte; y esta parte una vez concedida, nos pone en derecho de pedir el todo. No hallando otra cosa a que poder acomodar lo que aquí se dice de la segunda bestia (a la cual en el capítulo XVI y XIX se le da el nombre de pseudo-profeta), convienen comúnmente en que esta bestia o este pseudo-profeta, será algún obispo apóstata, lleno de iniquidad y malicia diabólica, que se pondrá de parte del Anticristo, y lo acompañará en todas sus empresas.

Mas este obispo singular (sea tan inicuo, tan astuto, tan diabólico, como se quisiere o pudiere imaginar) ¿será capaz de alucinar con sus falsos milagros, y pervertir con sus persuasiones a todos los habitantes de la tierra? ¿Y esto en el corto tiempo de tres años y medio? ¿Y esto en un asunto tan duro, como es que todos los habitadores de la tierra tengan al Anticristo no sólo por su rey, sino por su dios? ¿No choca esto manifiestamente al sentido común? ¿No pasa esto fuera de los límites de lo increíble?

Si en la Escritura Santa hubiese sobre esto alguna revelación expresa y clara, yo cautivaría mi entendimiento en obsequio de la fe; mas no habiendo tal revelación; antes repugnando esta noticia todas las ideas que nos da la misma Escritura, parece preciso tomar otro partido. Lo que no puede concebirse en una persona singular, se puede muy bien concebir y se concibe al punto en un cuerpo moral, compuesto de muchos individuos repartidos por toda la tierra; se concibe al punto en el sacerdocio mismo, o en su mayor y máxima parte, en el estado de tibieza y relajación en que estará en aquellos tiempos infelices.

No es menester decir para esto, que el sacerdocio de aquellos tiempos persuadirá a los fieles que adoren a la primera bestia con adoración de latría como a Dios. El texto no dice tal cosa, ni hay en todo él una sola palabra de donde poderlo inferir. Sólo habla de simple adoración, y nadie ignora lo que significa en las Escrituras esta palabra general, cuando no se nombra a Dios, o cuando no se infiere manifiestamente del contexto: e hizo (ésta es la expresión de San Juan) que la tierra y sus moradores adorasen a la primera bestia…

Así, el hacer adorar a la primera bestia, no puede aquí significar otra cosa, sino hacer que se sujeten a ella, que obedezcan a sus órdenes, por inicuas que sean, que no resistan como debían hacerlo, que den señales externas de su respeto y sumisión, y todo esto por temor de sus cuernos.

Tampoco es menester decir, que el sacerdocio de que hablamos, habrá ya apostatado de la religión cristiana. Si hubiere en él algunos apóstatas formales y públicos, que sí los habrá, y no pocos, éstos no deberán mirarse como miembros de la segunda bestia, sino de la primera.

Bastará, pues, que el sacerdocio de aquellos tiempos peligrosos se halle ya en aquel mismo estado y disposiciones en que se hallaba en tiempo de Cristo el sacerdocio hebreo, quiero decir, tibio, sensual y mundano, con la fe muerta o dormida, sin otros pensamientos, sin otros deseos, sin otros afectos, sin otras máximas que de tierra, de mundo, de carne, de amor propio, y olvido total de Cristo y del Evangelio.

Todo esto parece que suena aquella expresión metafórica de que usa el apóstol, diciendo: que vio a esta bestia salir o levantarse de la tierra.

Añade, que la vio con dos cuernos semejantes a los de un cordero; la cual semejanza, aun prescindiendo de la alusión a la mitra, que reparan varios doctores, parece por otra parte, siguiendo la metáfora, un distintivo propísimo del sacerdocio, que a él solo puede competir. De manera, que así como los cuernos coronados de la primera bestia significan visiblemente la potestad, la fuerza, y las armas de la potencia secular de que aquella bestia se ha de servir para herir y hacer temblar toda la tierra; así los cuernos de la segunda, semejantes a los de un cordero, no pueden significar otra cosa, que las armas o la fuerza de la potestad espiritual, las cuales aunque de suyo son poco a propósito para poder herir, para poder forzar, o para espantar a los hombres; mas por eso mismo se concilia esta potencia mansa y pacífica, el respeto, el amor y la confianza de los pueblos; y por eso mismo es infinitamente más poderosa, y más eficaz para hacerse obedecer, no solamente con la ejecución, como lo hace la potencia secular, sino con la voluntad, y aun también con el entendimiento.

Mas esta bestia en la apariencia mansa y pacífica (prosigue el amado discípulo), esta bestia en la apariencia inerme, pues no se le veían otras armas que dos pequeños cuernos semejantes a los de un cordero, esta bestia tenía una arma horrible y ocultísima, que era su lengua, la cual no era de cordero, sino de dragón: hablaba como el dragón.

Lo que quiere decir esta similitud, y a lo que alude manifiestamente, lo podéis ver en el capítulo III del Génesis. Allí entenderéis cuál es la lengua, o la locuela del dragón, y por esta la locuela entenderéis también fácilmente la locuela de la bestia de dos cuernos en los últimos tiempos, de la cual se dice, que como habló el dragón en los primeros tiempos, y engañó a la mujer, así hablará en los últimos la bestia de dos cuernos, o por medio de ella el dragón mismo.

Hablará con dulzura, con halagos, con promesas, con artificio, con astucias, con apariencias de bien, abusando de la confianza y simplicidad de las pobres ovejas para entregarlas a los lobos, para hacerlas rendirse a la primera bestia, para obligarlas a que la adoren, la obedezcan, la admiren, y entren a participar o a ser iniciadas en su misterio de iniquidad.

Y si algunas se hallaren entre ellas tan entendidas que conozcan el engaño, y tan animosas que resistan a la tentación (como ciertamente las habrá) contra éstas se usarán, o se pondrán en gran movimiento las armas de la potestad espiritual, o los cuernos como de cordero, prohibiendo que ninguno pueda comprar, o vender, sino aquel que tiene la señal, o el nombre de la bestia. Éstas serán separadas de la sociedad y comunicación con las otras, a éstas nadie les podrá comprar ni vender, si no traen públicamente alguna señal de apostasía: porque ya habían acordado los judíos, dice el evangelista, que si alguno confesase a Jesús por Cristo, fuese echado de la sinagoga (Joan. IX, 22).

Aplíquese la semejanza.

Visto en Radio Cristiandad

23 de noviembre de 2010

El auténtico significado de la embestida contra el Crucifijo

Por Juan Carlos Monedero (h)

Santa Cruz

“Su memoria está por doquier.

En las paredes de las iglesias y de las escuelas,

en las cimas de los campanarios y de los montes,

en las ermitas de los caminos,

a la cabecera de las camas y sobre las tumbas,

millones de cruces recuerdan la muerte del Crucificado.

César ha dado, en sus tiempos, más ruido que Jesús,

y Platón enseñaba más ciencias que Cristo.

Todavía se habla del primero y del segundo;

pero ¿quién se acalora por César o contra César?

Y ¿dónde están hoy los platonistas o los antiplatonistas?

Cristo, por el contrario, está siempre vivo entre nosotros.

Hay todavía quien le ama y quien le odia.

Hay una pasión por la Pasión de Cristo y otra por su destrucción.

Y el encarnizamiento de tantos contra Él dice que no está todavía muerto.

Los mismos que se esfuerzan en negar su existencia y su doctrina

se pasan la vida recordando su nombre”.

Giovanni Papini.

* * *

          Cuando Plutarco Calles levantó triunfante su copa, exclamando que la guerra desatada contra la Iglesia ya llevaba dos mil años, el desdichado no tenía idea de lo importante que serían sus palabras para recordarles a los católicos –cuando ellos lo olvidaran– la sentencia de Job: la vida sobre la tierra no puede ser sino milicia.

          Ayer amenaza, hoy esta frase resulta consoladora para los que observan perplejos cómo los referentes religiosos optan sistemáticamente por la omisión de toda hipótesis de conflicto cuando las cuestiones religiosas y las públicas comienzan a rozarse, tal como está ocurriendo a propósito del debate en torno a los símbolos religiosos en los espacios públicos, concretamente en torno al Crucifijo. Tanto la frase de Calles como las palabras de Voltaire –que pronosticó la muerte de la Iglesia– desempolvan en el momento actual viejas verdades, que de tan olvidadas que estaban parecen nuevas.

          El odio al crucifijo nos recuerda la guerra al Crucificado.

* * *

          Los mencionados proyectos provenientes de Europa han sido objeto de distintas declaraciones; también en nuestro país algunas figuras se pronunciaron. No es sorpresa observar –en uno y en otro territorio– a las fuerzas socialistas, socialdemócratas y liberales unidas en pos de un mismo objetivo: la erradicación del crucifijo. La misma liga de ateos racionalistas del viejo continente impulsa esta medida. Si todas estas fuerzas combaten al catolicismo, éste a su turno condenó sus principios, ideología, praxis, sus innumerables crímenes, sus bajezas conocidas, su moral acomodaticia, su ambición desordenada.

          El proyecto abreva en el espíritu laicista: la pretensión moderna de separar (no sólo distinguir) lo sobrenatural de la naturaleza, relegando lo primero al ámbito privado y subjetivo, mientras que lo segundo sería el ámbito de las cosas como son, independiente de las “respetables” pero, al fin de cuentas, íntimas creencias. Así definida, la religión –siempre y cuando se guarde de trascender esas fronteras– no sería criticable.

          Pero los crucifijos están en zonas públicas. De esta suerte, el laicismo –luego de pretender destronar a Cristo como Rey de las sociedades– busca eliminar los vestigios de un Orden Social que fue cristiano. Si este proceso pasó, entre otros momentos, por la supresión los nombres cristianos tales como María, Bautista, José, Trinidad, Isabel, Magdalena (como lo admitieron anarquistas y comunistas), hoy el movimiento de “desmitificación” de la realidad encuentra nuevos adversarios.

          Quienes profesan las ideologías mencionadas se atribuyen de este modo esa autoridad para “fiscalizar la realidad”, criticando sobre lo criticado y objetando todo aquello que remita a una “realidad problemática”, cuya existencia se permiten dudar o negar. La humanidad habría sido víctima fatal de las alienaciones religiosas, de superestructuras de dominación ancladas en la fe; pero esta esclavizante superstición –por suerte– encontraría su freno gracias a ese quitar la máscara, propio de esta directiva laicista. De ahí que todos los signos que remitan a lo religioso, que religuen con lo Absoluto, sean vistos como una amenaza.

          Corrijamos: no sólo son vistos.

          Lo son, realmente.

          Son una amenaza para los que pretenden silenciar el Nombre del Salvador; son un índice admonitor que señala inequívocamente una culpa; son testimonio de una Ciudad Católica que adoptó la fe no por casualidad sino por convicción. Cada signo, cada palabra, cada nombre cristiano, cada crucifijo, es un rugido de la memoria. Un testigo insobornable.

          Podemos comparar este nerviosismo ante los crucifijos con la actitud de quien pretende borrar las huellas de su propio crimen. Así como el asesino suele volver a la escena del crimen para eliminar cualquier indicio, pista, señal que pudiese denotar su presencia y acción, los que han eliminado a Dios de la conciencia –o quieren creer haberlo hecho– necesitan ahondar este deicidio. A tal fin, borran todo vestigio, toda huella, toda sugerencia que pudiera mover a cualquiera a pensar en Aquél, más íntimo a nosotros que nosotros mismos.

          Nos dimos cuenta de lo que significa el crucifijo cuando lo pretendieron quitar.

* * *

          Este error del laicismo y sus secuaces conserva, a pesar de todo, su propia lógica: un estado laico –neutro en materia religiosa, escéptico o deísta respecto a la existencia de Dios; en la práctica ateo, ciertamente– no puede tolerar los símbolos religiosos. Son contradictorios con su esencia. Y por ello tiene lugar aquí la intolerancia laicista. Y al señalarla no estamos –como quizá alguno pudiera pensar– pronunciado una descalificación. Porque esta intolerancia es un efecto inevitable de haber percibido dos contradictorios: el relativismo –camaleónico por definición– y la cosmovisión católica, defensora de lo inalterable.

          Esta intolerancia es consecuencia de la percepción de una suprema evidencia: entre el símbolo del Dios que no cambia, por un lado, y la Ciudad Plural, Democrática, Escéptica y Relativista contemporánea, por otro, no puede haber convivencia posible.

          Que no nos duela decirlo: tienen razón. Cristo no puede coexistir con la filosofía del cambio por el cambio, propia de la polis contemporánea. He aquí una premisa inicial –y compartida con nuestros adversarios– pero cuya conclusión no debiera llevarnos a retirar el crucifijo, sino a mandar directamente al retrete esa mentalidad relativista y su ordenamiento político.

          Debido a esta irreductibilidad en el origen, a esta incompatibilidad inicial y radical, resultan endebles ciertas reacciones ante este proyecto, puesto que siguen discutiendo dentro de un margen signado por la misma mentalidad a la que supuestamente deberían enfrentarse. La Comisión Permanente del Episcopado español emitió una Declaración sobre la exposición de símbolos religiosos cristianos en Europa[1], en la cual afirma:

      “la presencia de símbolos religiosos cristianos en los ámbitos públicos, en particular la presencia de la cruz, refleja el sentimiento religioso de los cristianos de todas las confesiones…”.

          Son varias las observaciones que podrían hacerse. Leemos que el crucifijo –entre otros símbolos– tiene que coronar lo público debido a motivos sentimentales, subjetivos. No se dice, ciertamente, porque haya un derecho real de Cristo a encabezar la sociedad, en tanto Rey de las naciones. ¿A qué cosmovisión obedece tal afirmación? Ciertamente, a la relativista. Ahora bien, ¿no cabe acaso una réplica? ¿Por qué no aceptar entonces la posibilidad que los laicistas quieran eliminar el crucifijo también por alegadas cuestiones sentimentales? ¿Habría forma alguna de medir qué sentimiento prima sobre otro? Por lo demás, la frase desliza la igualación de los cristianos no católicos con los católicos, olvidando que el protestantismo tuvo su origen histórico en un pecado contra la fe, llamado herejía.

          El crucifijo no es –como continúa diciendo la declaración– “expresión de una tradición a la que todos reconocen un gran valor y un gran papel catalizador en el diálogo entre personas de buena voluntad”. Su carácter simbólico excede y trasciende una cuestión sociológica, para enmarcarse en un significado propiamente religioso. Simboliza al Redentor del hombre, que convirtió al madero de tormento en madero de salvación. La Cruz simboliza la oposición inflexible entre Dios y el mundo que lo ha crucificado. Por eso la maldice el judío retratado por José María Pemán:

“Maldita porque el cruce de tus rayas

es el punto sin forma: pura idea

sin carne, ni materia, ni medida;

centella del espíritu

que se me escurre, como un pez, por entre

mis dedos temblorosos de poder”.

          Por eso, ni todos le reconocen un gran valor, ni ha tenido el papel de catalizador en el diálogo: no es el instrumento bonachón que permite a dos buenazos tomar juntos un café y discutir algunas ideas sin matarse. Como lo ha profetizado Simeón, Cristo –que luego del Viernes Santo ya es indivisible de la Cruz– es signo de contradicción. Por eso se permitió decir:

“Yo no he venido a traer la paz, sino la espada”.

          La declaración continúa alegando que los símbolos religiosos que se pretende retirar han sido la fuente de la ética y del derecho, “fecundas en el reconocimiento, la promoción y la tutela de la dignidad de la persona”.

          Curiosamente, este argumento se esgrime frente a liberales, socialdemócratas y socialistas, los cuales sólo ven en el hombre una pasión inútil, o en otros casos lo reducen a un bípedo que ingiere hidratos de carbono, cuando no lo consideran un puro animal capaz de realizar cálculos racionales o incluso el resultado azaroso de una evolución seleccionada sin seleccionador. Entonces, cuando pronunciamos la palabra persona, ¿pensamos en las mismas cosas? ¿Basta la unidad de la palabra para que estemos hablando de la misma realidad? Lamentablemente no. Pero entonces, ¿de qué sirve promover la dignidad de la persona si lo que se promueve no es lo mismo?

* * *

          ¿Cuál es el significado de la embestida laicista contra el crucifijo? Creemos que la clave se halla aquí: el laicismo no quiere quitar el crucifijo porque no haya sido esencial “en la cultura y tradición europea”, ni porque no promueva “el altruismo y la generosidad”, ni porque violente la “libertad religiosa” de otros.

          No, no, no. Aquí los laicistas tienen razón. Interesa quitar el crucifijo no a pesar de lo que significa, sino por todo lo que significa.

          No les interesa como expresión folklórica o anecdótica de una respetable pero perimida cultura cristiana; les interesa en cuanto puede suscitar en el siglo XXI las gestas del XI, cuando los hombres guerreaban por las más altas causas y no –como hoy– por el petróleo en Medio Oriente. Importa el crucifijo en tanto reflejo de la consigna constantina: In hoc signo vinces. La imitación de tales ejemplos, hoy día, sería objeto de nerviosismo. Imaginemos una presencia que proclama objetividad en un mundo signado por el subjetivismo, una convicción férrea en un mundo donde todo se negocia, un lenguaje claro e inequívoco en un espacio donde éste servía únicamente para construir “efectos de verdad”, unido indisolublemente al consenso.

          Habría motivos para preocuparse.

          Aclarémoslo una vez más: no les interesan los “sentimientos” que subjetiva, parcial y relativamente pueda causar el crucifijo. Importa en tanto vehículo y emisario de realidades, no de interpretaciones. No su valor subjetivo, sino su potencia objetiva. Los acosa su carácter testimonial, porque las palabras que el crucificado pronunció le valieron la muerte tanto a Él como a los millones de mártires que desde hace 2000 años las vienen repitiendo.

          A los escépticos, relativistas y democráticos –entonces– les inquieta la presencia de un símbolo que remita a una Verdad inflexible, la cual ni todas las lucubraciones ideológicas podrán tumbar. No les quita el sueño una solidaridad mundana sino una caridad sobrenatural, llena de ardor, celo y santa cólera. Una caridad que ve en el crucifijo el símbolo de lo inalterable.

         Les aterra el testimonio de lo que no muta en un mundo que cambia constantemente. Por eso quieren quitar el crucifijo.

“Maldita tú la Cruz porque tú tienes

la esbeltez de los álamos junto a la paz del río

en el amanecer.

Maldita tú porque eres

recta y sin curva como la Verdad”.

          No los entienden ni los pueden entender a los laicistas quienes pretendiendo contradecirlos, incurren en contradicción. Porque el planteo contrario al crucifijo es lógico: monstruosamente lógico. No hay diferencia entre conceder el principio del Estado Laico, negando sus consecuencias, a enfrentar un tiburón con una pistola de agua: todo lo que podamos decir cae dentro de sus postulados en calidad de consecuencia derivada. Lo más que podremos hacer es demorar el mal. Pero dentro del esquema laicista no es un mal –sólo fuera de él lo es– sino una posibilidad lógica en concordancia con la premisa inicial.

           ¿Por qué es malo algo incluido en un principio que libremente acepto? Si la consecuencia no deseada está ligada al principio, ¿por qué no niego el principio? Pero si consiento el principio laicista, ¿por qué es mala la conclusión que se deriva lógicamente de él?

* * *

          Para oponerse a esta embestida laicista contra el crucifijo, es necesario comprenderla. Todo esto se trata de la Revolución Permanente. Como han explicado autores como Chesterton, Hello, Pascal –entre otros– presenciamos la locura del hombre abandonado a la sola razón, divorciado a priori de la fe, que naufraga en el mundo como nadando con un solo brazo. Asistimos a la desvergonzada demencia del que ha hecho de la crítica su ídolo, rindiéndole adoración e hincando su rodilla.

           Para este tipo de hombre, el objeto de conocimiento no importa tanto como su certeza. Por eso exige que todo dato –antes de ser admitido– pase por su aduana fiscalizadora criticista. Anhela que toda verdad se prosterne ante su ambición de juzgarlo todo. Demanda que las cosas sean deglutidas por esa razón golosa que, víctima de la sofística, reclama que absolutamente todo sea probado antes de ser aceptado.

      “Por una demencia inconcebible y por una aberración inexplicable, el hombre, hechura de Dios, cita ante su tribunal al mismo Dios, que le da el tribunal en que se asienta, la razón con que le ha de juzgar y hasta la voz con que le llama”.

          La actitud de estos hombres es la de juzgar la verdad con su razón, en lugar de someter dócilmente su razón a la verdad. Su único modelo de racionalidad se halla reducido a técnica y praxis, refractarias de la sana filosofía y de la verdadera fe, incapaz de dirigirse a ellas sin sospechas –ya en su faz marxista, ya en su faz psicoanalítica y siempre en su faz sicótica. Una razón que ha construido en su solitaria factoría un discurso que vive de volver odiosas todas las cosas buenas. Esta razón adulterada no puede sino pronunciar sucias palabras respecto de Dios:

      “Y las blasfemias llaman a otras blasfemias, como el abismo a otro abismo; la blasfemia que le emplaza va a parar a la blasfemia que le condena o a la blasfemia que le absuelve. Absuélvale o condénele, el hombre que en vez de adorarle le juzga, es blasfemo[2].

          El laicismo acaba siendo una ideología de víctimas y victimarios destinados al manicomio: padecen la asfixia del que se niega por principio a la acción santificadora de lo sobrenatural, del que se cierra a la sola posibilidad de la gracia, del que se amputa el oído, principio de la fe; del que castra su deseo inagotable de lo Absoluto.

          Pero quitado lo sobrenatural –al decir de Chesterton– la naturaleza misma queda también herida, tambaleante. Por eso vemos que los hijos de aquellos que empezaron negando la Revelación en pro de “la racionalidad”, hoy descienden vertiginosamente hacia tesis cada vez más irracionales. Por eso deifican ese derecho egoísta, infértil, estéril y narcisista a la duda y a la crítica de todo.

          Hay en ellos como una oscura e irracional fe en la nada. Encontrarían la salud si aceptaran, humildemente, que ni todo puede ser probado, ni hay necesidad de ello: “es imposible comprobarlo todo”, dice Aristóteles desde las páginas de la Metafísica, puesto que para ello sería necesario caminar hacia el infinito. Aquella pretensión es fruto del orgullo. Que “hay” una verdad es evidente: negándola, la afirmamos. Pero esta afirmación no debe ser juzgada, sino que debe convertirse en la base, el cimiento, para poder juzgar:

      “La inteligencia, como presencia de la verdad en la mente, está siempre en la verdad; mi mente y toda mente humana, en este sentido, es como una libre prisionera de la verdad. Aunque quisiera deshacerse de ella, llevada por un odio a la verdad, no podría hacerlo: la verdad habita en nosotros y al hacerlo está en su propia casa[3].

          Por eso concluye Sciacca:

     “Es evidente que no hay juicio con el que pueda destruirse la verdad: ¡aún queriéndolo, no podría destruirse la verdad del juicio con el que se pretendiera destruirla! No puedo destruir mi mente (no puedo anular en mí al hombre profundo), aún cuando puedo destruir mi razón: no destruyen el profundo espíritu ni la locura, ni la demencia, ni la violencia desatada de las pasiones, aún cuando sacudan o anonaden mi razón. Mi yo profundo, perenne, inmortal –como la verdad, perenne, eterna– no es el yo racional propiamente dicho, sino el yo inteligente, que está más allá de la razón y por lo mismo más allá de la ciencia, de la locura y de la muerte[4].

          No es la batalla entre la razón y la fe, entre la racionalidad y la religión. Es la batalla entre dos modos distintos de confiar: los que apuestan a la nada y los que apuestan a la verdad. Por eso dice el precitado Donoso Cortés: “el hombre vive siempre sujeto a la fe… cuando parece que deja la fe por su propia razón, no hace más sino dejar la fe de lo que es divinamente misterioso por la fe de lo que es misteriosamente absurdo[5].

          ¿Acaso no asistimos a esta borrachera de lo absurdo, de lo irracional? ¿Derechos de los animales? ¿Maestros que no enseñan? ¿Alumnos que no aprenden? ¿Cultura de lo feo, de la náusea, de lo marginal? ¿Matrimonio entre dos varones? ¿Derecho al filicidio? ¿Varones que quieren ser mujeres? ¿Mujeres que quieren ser varones? ¿Delincuentes sin castigos? ¿Fuerzas del orden que no ponen orden? ¿Padres que no quieren tener hijos? ¿Sacerdotes que desean tenerlos? ¿Dónde está lo ridículo, lo disparatado? ¡Qué proféticas resultan las palabras de Chesterton!:

    “en la acción de destruir la idea de la autoridad divina, hemos destruido sobradamente la idea de esa autoridad humana… Con un rudo y sostenido tiroteo, hemos querido quitar la mitra al hombre pontificio, y junto con la mitra le arrebatamos la cabeza[6].

* * *

         Coinciden los demonólogos en señalar como indicio probable de infestación demoníaca la aversión a lo sagrado, sobre todo al crucifijo.

         En un mundo que se ha enfriado para todo, el repentino e imprevisto odio hacia el símbolo de la Cruz señala una tremenda potencia que anida en el corazón del hombre, por más anestesiada de bienestar que se la suponga: el odio. Y ese odio es un timbre de alerta para los que reconocemos en el crucifijo la salvación del mundo. El odio a Cristo nos recuerda la guerra contra Cristo. Y la guerra contra Él nos recuerda la guerra por Él. Si la civilización actual se encuentra bajo los signos de la posesión demoníaca, mal puede expulsarse al Adversario que ha tomado posesión de ella en nombre de tradiciones históricas y culturales, mayorías accidentales, tratados internacionales u otros débiles argumentos. Únicamente en Nombre de Dios es posible exorcizar a los demonios.

[1] http://www.conferenciaepiscopal.es/actividades/2010/junio_24.html

[2] Donoso Cortés, Ensayo sobre Catolicismo, liberalismo y socialismo, en su Obras escogidas, Poblet, Buenos Aires, 1943, págs. 574-575.

[3] Sciacca, Federico Michele. La existencia de Dios, Richardet, Tucumán, 1955, pág. 65.

[4] Ídem, pág. 66.

[5] Donoso Cortés, Ensayo sobre… ídem, pág. 817.

[6] Chesterton, Ortodoxia, Excelsa, Buenos Aires, 1943, pág. 55.

22 de noviembre de 2010

Williamson rechaza a su polémico abogado (actualizado)

(Actualización 23-11-10) Confirmación: Nicholas Wansbutter, editor de los “Comentarios Eleison” del obispo Williamson, hablando en nombre de éste, ha confirmado que el obispo no hará uso de los servicios del abogado al que hacía referencia el comunicado firmado por el P. Christian Thouvenot. Fuente: Rorate Caeli.

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Afirma Rorate Caeli, de una fuente muy cercana al obispo Richard Williamson, que éste tomará las medidas necesarias para separarse de su nuevo abogado, cumpliendo con la orden pública que le había impuesto el obispo Bernard Fellay.

21 de noviembre de 2010

Reapertura del caso Williamson: editorial

Por Constantino

Obispo Williamson

No hemos tomado posición sobre el tema de la posible inconveniencia o no de los “diálogos doctrinales” llevados a cabo entre la FSSPX y Roma. No por esquivar el tema, sino porque sinceramente éste nos supera; preferimos dejar a los referentes de una y otra posición: que hablen ellos de lo que sí saben, aunque nos duela la pelea entre amigos, o entre quienes debieran estar aunando fuerzas luchando en la misma trinchera.

Cuando el IVE atacó en sus publicaciones a la FSSPX en virtud de un supuesto debate doctrinal, un amigo nos decía que era más claro que un 2+2=4, que lo hacían para quedar bien con Roma. No había sido tiempo aún del levantamiento de las excomuniones, y muchas de las cosas que el IVE le reprochaba a la FSSPX fueron oficialmente favorables a la posición de esta última. A raíz de este episodio, este amigo (no lefebvrista por si no quedó claro) pidió ser sacado de la lista de colaboradores de la revista que editaba el IVE en la Argentina. “Habiendo tantos enemigos en la Iglesia que combatir, se van a meter con los lefebvristas”, decía.

Lo que paradójicamente hoy nos deja sabor a “querer quedar bien con Roma” es la actitud de la misma FSSPX (cuánto nos duele decirlo) con respecto al caso del obispo Williamson. Tras haber sido confinado al ostracismo por el nuevo delito de “reduccionista de la Shoá”, ha sido desautorizado en varias ocasiones por el superior general de la Fraternidad.

El ultimátum de ayer –en el que se le insta a cambiar su abogado “ultraderechista” so pena de expulsión de la FSSPX- es, a todas luces, irrisible: como si no pudiera Williamson elegir al abogado que más le convenga para defenderse; como si ya de por sí no fuera poco el peso que le ha caído encima con el mote público de “antisemita” que le ha caído encima por obra de la judería internacional, en clara desigualdad de fuerzas.

Seamos sinceros: no es la moralidad o no de este acto lo que preocupa al superior general, sino el quedar bien con Roma: lo que en estos tiempos aciagos significa necesariamente quedar bien con los judíos.

Si es cierto que Benedicto XVI dijo que el obispo Williamson nunca había sido católico en sentido estricto, y que no le hubiera levantado la excomunión si hubiese sabido de sus declaraciones, tenemos también un Papa que quiere -otra vez- quedar bien. Como cuando desde el Vaticano se cuasi-anatematizó a todo reduccionismo del nuevo “holocausto”, que no sólo en palabras quiere reemplazar al único verdadero Holocausto de Cristo. ¿Qué tiene que ver el levantamiento de la excomunión, con la opinión del obispo sobre la Shoá? ¿Qué necesidad había de nombrarlo a Williamson y reabrir el tema?

Con voces intraeclesiales que alaban la sana laicidad de la democracia estadounidense, ¿cómo compaginar esta alabanza de “los derechos y garantías” democráticos con la objeción a elegir su abogado? Por las contradicciones se ve la falsedad de las “libertades democráticas” cuando no convienen al Régimen.

A todas luces la “Shoá” ha dejado de ser un mero tema histórico: se ha transformado en el culmen de la autovictimización judía que tantos buenos dividendos les trae, sobre todo sobre las conciencias de la masa, y peor aún -con culpa compartida- en un medio de presión sobre la Iglesia.

Sólo restaría para culminar este desdichado cuadro que el obispo Williamson, como hizo ya una vez, se retracte y pida perdón: esta vez no sólo por haber manifestado sus dudas con respecto a las cifras oficiales de las víctimas del desventurado régimen nacionalsocialista alemán, sino ahora también por nombrar un abogado “de ultra derecha” para que lo defienda de la persecución judicial que le llegó por sus dichos. Tal vez, monseñor, esta sea la hora de seguir manifestando públicamente las verdades que tantos no quieren decir en una Iglesia judaizada como nunca.

Las intenciones sólo Dios las conoce. Pero desde Mons. Fellay hasta el Papa saben que esta es una persecución de los judíos hacia todo aquel que osare tocar la versión oficial del “holocausto”. Lo saben: decir lo contrario es tacharlos de imbecilidad. Lo saben, pero han preferido “quedar bien”.

Entrada relacionada: Reapertura del caso Williamson: tres noticias

Reapertura del caso Williamson: tres noticias

Monseñor Williamson 1 - Piden al Papa que vuelva a excomulgar a Mons. Williamson por haber contratado a un abogado “cercano a círculos neonazis”

Frases como “Los supervivientes del Holocausto piden al Papa Benedicto XVI a que aplique categóricamente su autoridad moral y restablezca la excomunión del obispo Williamson, que fue levantada el año pasado”, y también “Los grotescos comentarios de Williamson, que denigran la tragedia del Holocausto, se agravan con la contratación de un conocido extremista de derecha como abogado” son parte de las manifestaciones de la «Sociedad Americana de Supervivientes del Holocausto y sus Descendientes» instando al Papa a volver a excomulgar al obispo Richard Williamson (FSSPX). Fuente

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2 - Comunicado de la FSSPX

El Superior General, Mons. Bernard Fellay, se enteró por medio de la prensa de la decisión tomada por Mons. Richard Williamson de revocar, diez días antes de su proceso, el mandato del abogado encargado de su defensa, para reemplazarlo por otro abiertamente ligado al llamado movimiento neo-nazi de Alemania y a algunos de sus grupos.

Mons. Fellay intimó a Mons. Williamson la orden formal de reconsiderar su decisión y no dejarse instrumentalizar por tesis políticas totalmente ajenas a su misión como obispo católico al servicio de la Fraternidad San Pío X.

La desobediencia a esta orden provocaría la exclusión de Mons. Williamson de la Fraternidad San Pío X.

Menzingen, el día 20 de noviembre de 2010

Padre Christian Thouvenot, Secretario General

(DICI)

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3 - El caso Williamson en el nuevo libro del Papa:

Según el blog inglés Catholic Church Conservation, Benedicto XVI en su nuevo libro “Luz del Mundo” manifestó que Williamson no es católico en el sentido propio "porque se convirtió del anglicanismo a la FSSPX”. Eso significa que nunca ha vivido en la gran Iglesia "bajo la autoridad papal". También el Papa habría afirmado en el mismo libro que no habría levantado la excomunión de Williamson si hubiera sabido de sus ideas de extrema derecha.

Entrada relacionada: Reapertura del caso Williamson: editorial

Benedicto XVI habla sobre los judíos

Benedicto XVI - Judíos Extracto del libro “Luz del mundo” (reportaje del periodista alemán Peter Seewald a Benedicto XVI), que será presentado en la Sala de Prensa de la Santa Sede el próximo martes. Tomamos la parte en la que el Papa se refiere a los judíos, del adelanto del libro publicado por L’Osservatore Romano en la traducción realizada por La Buhardilla de Jerónimo. Remarcados nuestros.

“Sin duda. Debo decir que, desde el primer día de mis estudios teológicos, me ha sido clara de algún modo la profunda unidad entre Antigua y Nueva Alianza, entre las dos partes de nuestra Sagrada Escritura. Había comprendido que podríamos leer el Nuevo Testamento sólo junto con aquello que lo ha precedido, de otra manera no habríamos entendido. Luego, naturalmente, lo ocurrido en el Tercer Reich nos ha impresionado como alemanes y nos ha impulsado tanto más a mirar al pueblo de Israel con humildad, vergüenza y amor.

En mi formación teológica estas cosas se han entrelazado y han marcado el camino de mi pensamiento teológico. Por lo tanto, para mí era claro – y también aquí en absoluta continuidad con Juan Pablo II – que en mi anuncio de la fe cristiana debía ser central esta nuevo entrelazamiento, amoroso y comprensivo, de Israel e Iglesia, basado en el respeto del modo de ser de cada uno y de la respectiva misión […]

De todos modos, en aquel punto, también en la antigua liturgia me ha parecido necesario un cambio. De hecho, tal fórmula hería realmente a los judíos y ciertamente no expresaba de modo positivo la gran, profunda unidad entre Antiguo y Nuevo Testamento.

Por este motivo, pensé que en la liturgia antigua era necesaria una modificación, en particular, como dije, en referencia a nuestra relación con los amigos judíos. La he modificado de tal modo que estuviese contenida nuestra fe, es decir que Cristo es salvación para todos. Que no existen dos caminos de salvación y que, por lo tanto, Cristo es también el Salvador de los judíos, y no sólo de los paganos. Pero también de tal modo que no orase directamente por la conversión de los judíos en sentido misionero sino para que el Señor apresure la hora histórica en la que todos nosotros estaremos unidos. Por esto, los argumentos utilizados por una serie de teólogos polémicamente contra mí son irresponsables y no hacen justicia a lo realizado.”

Comentario SIM: ¿Está mal orar “directamente por la conversión de los judíos en sentido misionero”?

¿Ininteligible?…

Benedicto XVI “Puede haber casos singulares justificados, por ejemplo cuando una prostituta utiliza un profiláctico, y esto puede ser el primer paso hacia una moralización, un primer acto de responsabilidad para desarrollar de nuevo la conciencia del hecho de que no todo está permitido y que no se puede hacer todo lo que se quiere. Sin embargo, este no es el modo auténtico y propio para vencer las infecciones del HIV. Es realmente necesaria una humanización de la sexualidad.”

Benedicto XVI

Del libro “Luz del mundo” (adelanto)

Comentario SIM: ¿Se equivocó L’Osservatore Romano en la publicación del adelanto del libro “Luz del mundo? Porque este párrafo resulta, por lo menos, confuso…

17 de noviembre de 2010

Aberraciones litúrgicas: video recuperado

Habíamos publicado dos videos de la arquidiócesis de Maringá, en Brasil, y su “Missa Pre-Balada”, en la que se incluye entre otras aberraciones, la “entrada” del libro de los Evangelios en skate y las luces tipo discoteca… Súbitamente los videos desaparecieron, o al decir de Youtube “El usuario ha suprimido este vídeo”.

Pues bien: un lector del blog brasileño Fratres in Unum lo había guardado, y nosotros como ellos también lo volvemos a hacer público, para vergüenza de los organizadores de estos mamarrachos y sus imitadores, y para penitencia de los verdaderos católicos.

La Vuelta de Obligado

Por Antonio Caponnetto      

La Vuelta de Obligado

              Este 20 de noviembre del 2010 se cumplen 165 años de la batalla de la Vuelta de Obligado.  La gloriosa y memorable fecha no les pertenece a quienes hoy oficialmente la festejan. Tampoco al partido que representan, ni a los agentes regiminosos que alrededor de ese partido medran y lucran corruptamente. Rosas no admite comparación con sus ídolos populistas, ni cuadra su presencia en ninguna galería de próceres latinoamericanos, a más de uno de los cuales hubiera lanceado a campo traviesa.

            Las celebraciones gubernamentales son ultraje y mentira. El Rosas que reivindican no existió. El Rosas que existió los habría fusilado.

            Nada de esto ya importa. Vencedor del tiempo y del espacio –como los héroes genuinos- los argentinos cabales rinden tributo a su memoria, a quienes cayeron en la Vuelta de Obligado, y a quienes –cuando hacerlo supuso riesgos fieros- reivindicaron la verdadera talla del Ilustre Restaurador de las Leyes.

              Quieran hacer justicia los versos que enhebramos:

Ni cuzcos ladradores ni doctores me traigan,

ni tibios lomos negros de chiripá o levita,

que no vengan logistas a hollar estas barrancas,

donde el duelo y la sangre supieron darse cita.

*

Auséntense los torvos, cismáticos o flojos,

espadas sin cabeza, sin blasón ni coraje,

esta Vuelta del río reclama en sus orillas

la vieja aristocracia del sufrido gauchaje.

*

Ninguna voz rendida se escuche en el remanso

del Paraná poblado de recuerdos fecundos,

ninguno se presente de los que han hocicado,

una vez y por siempre los he llamado inmundos.

*

Que no lleguen tampoco los que enturbiaron nombres

de patriadas antiguas galopando en montón,

ni los profanadores de la historia se acerquen,

sólo quiero a los fieles de la Federación.

*

¡Encadene el oleaje, mi General Mansilla,

atenace torrentes, eslabone los vientos,

que silven los boyeros, y en las cañas tacuaras

flameen los pendones amarrados con tientos!

*

¡Usted, Coronel Thorne, desenvaine cañones,

camarada Quiroga: honre al padre que hereda,

Capitán Tomás Craig, ancle el buque al pellejo

y usted, Ramón Rodríguez, con su furia proceda!

*

Si la tierra trepida sabrán los extranjeros,

que las almas batallan con leal veteranía

invisible y perenne como un yelmo de plata

como ajorca que enlaza la fiel soberanía.

*

Comandante Barreda, Artillero Palacios,

alumbren las estrellas de este patrio noviembre,

y en el último ataque que cada puño sea

la semilla que labre, que coseche y que siembre.

*

Nada importa esta tarde que la proa invasora

nos aventaje en fuego de metrallas filosas,

mis mazorqueros tienen bayonetas caladas

y me sigo llamando Don Juan Manuel de Rosas.

*

Resistí a los falsarios, la conjura de escribas,

en mil páginas negras que fraguó belcebú,

venceré a los que intenten torcer mi empuñadura,

yo soy el heredero del sable de Maipú.

*

Mañana cuando lleguen las horas más aciagas,

aunque ni un ceibo quede en mi pampa plantado,

Señor, se alce una boca para gritar de nuevo:

No han de pasar por esta Vuelta de Obligado.

*

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