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EL SIGLO EN EL QUE TODO FUE POSIBLE Y TODO SE COMPROMETIO Era una época anodina en la que los mejores se dejaban intimidar y desconcertar por los tontos. LEÓN DAUDET No creo que ninguna época haya padecido semejante desprecio y semejante incapacidad para la verdad. LOUIS VEUILLOT Le Play — El método de observación — La constitución esencial de la humanidad “Todo Se podía prever, menos un Papa liberal’’ — La heroína salvaje — El Syllabus — El Primer Concilio Vaticano — El testimonio del vizconde de Meaux — La bandera blanca — “Se oían venir por los caminos los caballos blancos que traían al rey. . . Un hombre iba a marcar profundamente la época en el dominio de las ciencias sociales: Frédéric Le Play. Su pensamiento hará nacer la corriente social-cristiana que no cesará de disputar el terreno a la democracia cristiana.  Pierre Guillaume Frédéric Le Play Frédéric Le Play había nacido en 1806, cerca de Honfleur, de familia modesta. En 1827, entra en la Escuela de Minas en donde va a trabar amistad con un condiscípulo, Jean Raynaud, muy atraído por las ideas sansimonianas, entonces de moda. Sus continuas discusiones no les hacían abandonar sus respectivas ideas. No conseguían convencerse mutuamente. Fue entonces cuando los dos jóvenes tuvieron una idea; irse de viaje y tomar por árbitro de sus juicios las realidades sociales que observasen.
Se ve lo interesante del método. Al comprobar que cualquier solución quedaba bloqueada en sus razonamientos, deciden remitirse a los hechos. Así es cómo Raynaud y Le Play toman, en 1829, el camino de la Alemania del Norte. No emprenden su viaje sin un plan bien trazado: ‘‘Teníamos que conseguir, en cada región ——cuenta Le Play, tres metas principales: visitar los establecimientos especiales que para la ingeniería de minas presentasen los modelos a seguir y los escollos a evitar; permanecer en cada establecimiento el tiempo necesario para observar los hechos esenciales y después, redactar las actas que recogiesen el recuerdo de todo ello. Ponerse en íntima relación con gentes y lugares, con el fin de establecer una clara distinción entre los hechos esencialmente locales y los que tienen un carácter de interés general, buscar solícitamente a las autoridades sociales de cada localidad, observar su forma de actuar, escuchar con respeto los juicios que emitiesen sobre los hombres y sobre las cosas”. He aquí dos jóvenes responsables que acaban de hacer un importante descubrimiento: cuando la verdad ya no surge de los razonamientos, hay que ir a buscarla en los hechos. Desde entonces, Le Play decide consagrar todos los años seis meses de viaje para sus estudios de metalurgia, simultáneos con los de las familias y las sociedades. Esto duró veinticinco años, sólo al término de los cuales presentará su primera obra: Les ouvriers européens (Los obreros europeos) (1855). Al final de su investigación, Le Play puede escribir con serenidad: “He llegado poco a poco a las verdades eternas, es decir, a aquéllas que han sido evidentes para los pueblos prósperos de todos los tiempos”. En 1864, Le Play publica la Réforme sociale (Reforma social) donde resume sus conclusiones y formula su doctrina. En este siglo XIX, que Le Play domina gracias a la intrepidez de su gestión, chocan tanto las ideas entre sí que no hay manera de entenderse. Cada uno pretende “moldear la humanidad según un ideal ficticio y arbitrario”. El método de observación, explica Le Play, “nada pide a la pura abstracción, ni a la autoridad de un nombre conocido, no quita nada al organismo viviente y complejo de las sociedades, sino que apoyándose sobre los hechos bien observados y sobre la historia exacta, se decide por la restauración de las buenas costumbres del pasado y por la imitación de las sanas prácticas del presente. En una palabra, la prosperidad de los pueblos modelo dirige su camino, analiza el mecanismo de su éxito e indaga sus causas profundas; entre los elementos sociales así estudiados, indica cuáles son aplicables al ambiente, estado actual y temperamento del país a reformar. Este trabajo no procede de la imaginación, de la metafísica o de las pasiones de partidos, es esencialmente una obra de ciencia y de verdad”. Le Play sitúa con exactitud el origen de los desórdenes de la sociedad: “Cuando más busco la causa de nuestras revoluciones y de los males que llevan consigo —escribe— más la encuentro en los sofismas que han infectado nuestra nación a fines del siglo XVIII”. Una de las más interesantes observaciones de Le Play es que la Revolución cabe de hecho en una docena de palabras a las que no se define o cuyo sentido ha sido tergiversado, y cita entre ellas: libertad, igualdad, fraternidad, democracia, aristocracia, progreso, civilización, ciencia, espíritu moderno, etc. “Los oradores de nuestras cincuenta mil tabernas y los periodistas que los adoctrinan —añadía Le Play—, explotan con la ayuda de estas palabras las vagas aspiraciones de las clases ignorantes, degradadas o desgraciadas. El que primero llegue adquiere así el poder de Propagar el error, le basta, en efecto, con pronunciar ciertas palabras, y ya no está obligado a crear con esfuerzo los sofismas que J.J. Rousseau, ante espíritus menos engañados, hábilmente apoyaba sobre razonamientos falsos y hechos inventados. En cuanto a las clases honradas y cultivadas, lo que hacen es intentar devolver a estas mismas palabras su verdadero sentido y así, el empleo que de ellas hacen empeora las cosas. La intervención de algunos eminentes escritores bastaría para desacreditar esta literatura revolucionaria y detendría a los hombres de bien en la pendiente peligrosa por la que se deslizan (...). Cuando nos hayan desembarazado de esta fraseología embrutecedora, volveremos a tomar posesión de nuestras fuerzas intelectuales”. El mito de la Igualdad y el de la Libertad descansan sobre un error fundamental: la negación de la Caída. Lo que a un gran filósofo, como Blanc de Saint-Bonnet, le llevó largo tiempo analizar, Le Play lo descubre con sus indagaciones. J. J. Rousseau ha falseado todo el razonamiento social el día en que ha proclamado, sin la menor prueba: “El principio fundamental de toda la moral sobre el que he razonado todos mis escritos, es que el hombre es un ser bueno por naturaleza, amante de la justicia y el orden; que no hay maldad original en el corazón humano y que los primeros movimientos de la naturaleza son siempre rectos”. El mal sería extraño a la naturaleza del hombre, son las instituciones las que le corrompen y bastaría con cambiarlas para restablecer el reino del bien. Desde entonces, observa Le Play, “el problema social no es como se ha creído hasta el presente, hacer respetar a las sociedades y a sus dirigentes las instituciones que han dado a los pueblos la mayor fuente de prosperidad, sino al contrario, destruir estas instituciones para extirpar la fuente del mal y devolver al hombre su estado original de perfección”.  Este dogma rousseauniano es el verdadero fundamento de la subversión. Allí yace el Error Básico, la Gran Negación, el olvido del Pecado original. El hombre escapa a toda disciplina, es libre, pero libre en contra de la naturaleza, que es tanto como decir que no lo es en absoluto pues si, por aberración, puede negar las leyes naturales, de ninguna manera puede sustraerse a su sanción. Cualquier error de apreciación con respecto a esto se paga con el sufrimiento. Quien pone su mano en el fuego se quema, a quien construye la sociedad sobre bases falsas, la sociedad se vuelve contra él. El hombre es libre, pero es castigado desde el momento en que usa mal de su libertad y se engaña sobre sus verdaderas relaciones con la Naturaleza, que son de dependencia y no de Libertad. En este sentido es en el que se ha podido decir que toda política se prolongaba en metafísica. El que olvida la Caída, razona al revés. Todo se sostiene. La verdad no se suministra en porciones, es un bloque enorme y poderoso. Quien lo ignore se deja aplastar por ella. Mientras Le Play encuentra, por vía de observación, lo que él llama la CONSTITUCIÓN ESENCIAL DE LA HUMANIDAD, comprueba que “en todas partes y siempre, la felicidad de los pueblos se presenta acompañada de un cierto conjunto de condiciones que faltan, no menos invariablemente, en los pueblos que sufren”. De ello saca la conclusión que “según esto, somos llevados a enlazar por la relación de la causa al efecto, la felicidad a este conjunto de condiciones y de principios, que responden desde los primeros tiempos, a los rasgos permanentes de la naturaleza humana”, volviendo así claramente la espalda al voluntarismo democrático, los católicos liberales prosiguen el cerco de la Iglesia. Pudieron pensar por un momento que el cardenal Mastaï que asciende al trono pontificio el 17 de junio de 1816, con el nombre de Pío IX, es de los suyos. El príncipe de Metternich, al conocer la elección del cardenal Mastaï, dijo estas palabras: “Todo se podía prever, menos un Papa liberal”. Ozanam se enardece: “El más firme sostén del pontífice reformador, después de Dios, es el pueblo” escribe y recordando que la Iglesia del siglo VII sojuzgada por los emperadores bizantinos, se había vuelto hacia los bárbaros del Norte, pide que después de haber velado junto al lecho fúnebre de la monarquía, se vuelva hoy hacia la democracia, que vea en esta “heroína salvaje”, el gran número de almas a conquistar y la pobreza. Termina con esta exclamación:  Frédéric Antoine Ozanam, beatificado por el papa Juan Pablo II en 1997… “¡Pasémonos a los bárbaros y sigamos a Pío IX!“. La ilusión duro poco. Exactamente dos años, hasta el día en que Pío IX tendrá que huir de Roma, expulsado por la “heroína salvaje”. Desde París, la explosión revolucionaria de 1848 se había propagado por Europa. El primer ministro del Papa, Rossi, había sido asesinado. Pío IX se salvó huyendo precipitadamente a Gaeta. La República fue proclamada en Roma.  Papa Pio IX, beato. Bajo la dura fuerza de la evidencia Pío IX reacciona y el 8 de diciembre de 1864 denuncia en la Encíclica Quanta Cura los monstruosos errores del liberalismo. Es falso, declara, pretender que “la sociedad humana debería estar constituida y gobernada (. . .) sin hacer diferencia alguna entre la verdadera religión y la religión falsa”. Decidido a ir al fondo de las cosas, Pío IX añade a la Encíclica un catálogo de los “principales errores” de la época que será conocido con el nombre de Syllabus. Esto produjo una protesta en los católicos liberales. Entonces Pío IX asesta un gran golpe: convoca el Concilio y proclama el dogma de la Infalibilidad pontificia. De lo que sucedía entre bastidores en este Concilio poseemos una narración muy interesante del vizconde de Meaux, personalidad liberal hoy olvidada, de finales del siglo XIX. M. de Meaux acompañó a Monseñor Dupanloup, jefe de la facción liberal en el Concilio: “Llegué a Roma hacia mediados de diciembre (1869) y salí de allí antes de finales de enero. Durante mi estancia frecuenté asiduamente la villa Grazioli, al fondo de una larga avenida, donde al amparo del ruido de Roma, EL JEFE DE LA OPOSICIÓN en el Concilio se concertaba con sus compañeros de armas y sus lugartenientes para dirigir la campaña, bien en el interior, bien en el exterior de la sala cerrada a los profanos. Allí, yo encontraba, no solamente a los obispos franceses de la minoría…sino también a los más famosos entre los obispos extranjeros... Había todos los domingos, en la villa Grazioli, una comida a la que asistían, entre varios prelados, los jóvenes que Monseñor Dupanloup empleaba para comunicarse, ya fuese con los periódicos, ya con las figuras políticas de Francia”.  Monseñor Félix Dupanloup, jefe de los católicos liberales. Con ello queda claramente situada la existencia del “partido liberal” de donde derivará el “modernismo” llamado hoy “progresismo”. “Cuando tuve que abandonar Roma —prosigue M. de Meaux— el Concilio no había comenzado todavía a deliberar sobre la Infalibilidad, preparaba un primer decreto que salía al encuentro de los errores contemporáneos sobre la fe, su campo de acción, su necesidad, su esencia y sus condiciones, considerada como gracia y virtud sobrenatural y, en la discusión entablada sobre este tema, la escuela opuesta a la nuestra, escuela a la que acusábamos de ser hostil tanto a la razón humana como a la libertad, no se imponía…” Así pues, las cosas estaban bastante adelantadas en la contaminación del espíritu del siglo. En todo caso, el corte era claro, declarado, público. “En los salones de la Ciudad Eterna donde la mayoría de los obispos se mezclaban con gentes de mundo, por ejemplo en el palacio Borghese o en el palacio Rospigliosi, las opiniones se dividían entre ‘infalibilistas’, ‘antiinfalibilistas’ y ‘oportunistas’ ‘‘. Luego, estamos claramente ante un complot en el seno de la Iglesia. Acabamos de ver terminar otro, miremos de cerca el mecanismo del de 1870. El vizconde de Meaux nos ha dejado un cuadro bastante vivo de las intrigas que entonces se desarrollaban en Roma: “Había —relata— una princesa extranjera, Carolina Wittgenstein, cuya conversación me interesaba. Acababa de publicar un libro sobre la Murmuración en la Iglesia y en él, con el pretexto de denunciar el pecado, había descrito, sin incurrir en la censura, las faltas y los abusos observados de cerca alrededor del Vaticano. En otro tiempo, ella había estado muy enamorada de Liszt y se decía que, para escapar a la perseverancia de su afecto, Liszt se había hecho sacerdote. Cuando la conocí, era vieja, tenía bigote, fumaba puros y recibía habitualmente a cardenales. De su relación con Liszt, conservaba sin embargo una viva simpatía por Emile Ollivier que se había casado con una hija del gran artista y que acababa de ser llamado al ministerio por el emperador. También, cuando me hablaba de los asuntos de Francia era para alabarme la adhesión al imperio liberal. Pero, en cuanto a mí, yo buscaba su conversación sobre los asuntos de Roma. El cardenal Antonelli de buena gana le hacía las confidencias que deseaba se difundiesen; de esta manera conocí los propósitos formados para intimidar y hundir a la minoría del Concilio y no dejé de informar de ello al obispo de Orléans. “En esta controversia teológica, no eran las mujeres las menos ardientes en tomar partido. A las que más se ocupaban de ello se las llamaba en broma las ‘madres de la Iglesia’ y, entre éstas, más de una se mostraba muy celosa por Monseñor Dupanloup. Los partidarios de éste se reunían con preferencia en casa de Mme. Craven (…). Su salón era el más variado, el más europeo que se pudiese encontrar. “Los ingleses se mezclaban allí con franceses y romanos, y además, las relaciones bastante sospechosas que M. Craven había trabado durante su estancia en Nápoles habían hecho que penetrasen algunos personajes que nosotros ‘papales’ no habíamos tenido ocasión de columbrar en otra parte; los ‘patriotas’ italianos”. Página curiosa ésta donde se ve cómo la intriga agitaba los salones romanos porque en ellos se formaba entonces la opinión. Hoy se trafica con ella en “coloquios”, “simposios”, “consejos” y otros parloteos, pero el método velado y secreto es el mismo. Los agentes del partido se presentan en ellos con su plan bien trazado. Conocen a los afiliados al complot, los reparten y quitan los votos, las mociones. HACEN literalmente la opinión. Las “relaciones bastante sospechosas” de las que habla el vizconde Meaux, con los “patriotas” italianos, es decir con los carbonarios y francmasones italianos prefiguran las relaciones del mundo progresista cristiano actual con los terroristas, maoístas, castristas u otros. Todo esto se ha desviado, pero el proceso es el mismo. Los señores liberales se animaban mutuamente en u lucha contra Pío IX. La proclamación de la infalibilidad pontificia, medida contrarrevolucionaria que iba a bloquear los progresos del modernismo, era el objeto de su cólera. Veían en ella el fin de sus esperanzas de “democratizar” la Iglesia y, en efecto, les hizo falta cierto tiempo para rehacerse. No es imposible por lo demás que un día tengan un nuevo fracaso, pues el dogma proclamado hace un siglo hace que se cierna sobre el error la definición EX CATHEDRA que volverá a poner las cosas en su sitio. La hora y el Papa que empuñe este arma, no lo sabemos, pero esto puede producirse. El futuro no está cerrado a la esperanza. Las ‘‘puertas del Infierno” no prevalecerán. Sin duda alguna, M. de Meaux era un hombre honrado y aunque su partido le había trastornado el juicio, le hacia sufrir su desacuerdo con el Papa: “Mientras la lucha permanecía abierta, dice, no dudé en tomar el partido del obispo de Orléans, entre los adversarios de la declaración (de infalibilidad). Mi conciencia, respecto a esto, estaba tranquila. M. P. Pététot, a quien se lo había confiado durante su corta estancia en Roma, me había dicho: ‘Puesto que usted estima que la declaración sería funesta para la Iglesia, puede, e incluso debe hacer lo poco que de usted dependa para impedirlo’. Preparado con este consejo, que era conforme a mi propia idea, me asocié pues, sin descanso y sin preocupación, a la campaña que tenía su cuartel general en Villa Grazioli”.  Villa Grazioli: ayer, casa cardenalicia; hoy, hotel.  ¿Que dirían los modernistas triunfantes si se les devolviese el argumento? “Cuando busco, a treinta años de distancia —confiesa M. de Meaux—, a qué obedecíamos los laicos como nosotros, por qué y cómo este debate eclesiástico tenía importancia a nuestros ojos y para la sociedad civil (...), no era el dogma de la infalibilidad lo que nos costaba admitir. Lo que temían, lo que temía nuestro partido, era el triunfo de aquellos que pretendían la proclamación de este dogma (...). Si el absolutismo triunfa en Roma, una política que sea liberal y cristiana a la vez, no será posible por mucho tiempo en París”. He aquí el secreto: la crisis religiosa es en realidad una crisis política. Es la contaminación del mundo católico por las ideas de 1789 la que ha desencadenado la crisis modernista. El progresismo no es más que una desviación de los mismos principios. En 1871, al recibir Pío IX a una delegación de católicos franceses les decía: “Tengo que decir la verdad a Francia. Existe un mal más temible que la Revolución, más temible que la Commune con sus hombres escapados del Infierno que propagaron el fuego en París. Lo que yo temo, es esta desgraciada política, ES EL LIBERALISMO CATÓLICO, ÉL ES LA VERDADERA PLAGA…” Dos años más tarde, en una carta al obispo Quimper, precisa: “No señalamos a los enemigos de la Iglesia, éstos son conocidos, sino a los que propagan y siembran la revolución, pretendiendo conciliar el catolicismo con la libertad”. Estamos en el fondo del problema que ya no cesará de aguar a la Iglesia de ahora en adelante: ¿hay que pretender la restauración cristiana por la Contrarrevolución, o aceptar la Revolución y no reclamar para la Iglesia más que una precaria libertad, en una sociedad fundada sobre la voluntad del Hombre y no sobre la voluntad de Dios? Lo que hay de asombroso en los católicos liberales, que aceptan la concepción del Estado salido de la Revolución de 1789, es que no ven que lo que una propaganda ha hecho, otra puede deshacerlo. Están tan intoxicados por la creencia en lo que todavía no se llama el “sentido de la Historia”, sino “el Progreso”, que no pueden imaginar que la Historia cambie de curso. En lugar de lanzarse impetuosamente a la reconquista de los espíritus, no tienen más idea que la de no chocar con la opinión del momento. M. Dansette ha señalado con qué vigor, por el contrario, manejan los republicanos la masa electoral: “Su propaganda cubre las paredes, sus candidatos van a llevar la palabra oportuna hasta las aldeas más pequeñas, e incluso, fuera de las elecciones, su literatura no cesa de ser divulgada en las ferias”. Entre 1873 y 1875, el destino, para Francia, queda en suspenso. La Asamblea de Versalles, compuesta en su mayoría de monárquicos, puede restablecer la monarquía de la forma más legal del mundo. Ahora bien, no lo hace. ¿Por qué? Porque entre los monárquicos existe la misma facción liberal: “Todo se viene abajo, porque el acuerdo que se establece sobre la cuestión de régimen, se deshace por la cuestión del liberalismo. El conde Chambord tenía una concepción de la Realeza tradicional y cristiana que repudiaban los parlamentarios liberales. Aceptaban a Enrique V, pero con la Monarquía acomodada a su gusto, es decir, siguiendo las palabras clave, ‘el rey atado como un embutido’. El incidente de la bandera no ha sido más que un pretexto del que se ha usado y abusado para cortar el camino a un programa que no agradaba”.  El conde de Chambord (Enrique V). El 8 de mayo de 1871, el señor conde de Chambord, declara: “Sepamos reconocer al fin que el abandono de nuestros principios es la verdadera causa de nuestros desastres. “Una nación cristiana no puede desgarrar impunemente las páginas seculares de su historia, romper la cadena de sus tradiciones, encabezar su Constitución con la negación de los derechos de Dios, desterrar todo pensamiento religioso de sus códigos y de su enseñanza pública. “En estas condiciones, jamás hará otra cosa que un alto en el desorden, oscilará perpetuamente entre el cesarismo y la anarquía, esas dos formas igualmente vergonzosas de las decadencias paganas”. El fin del siglo XIX es uno de los períodos más dramáticos de la historia. Parece que por última vez la posibilidad de restaurar el Orden tradicional de las Sociedades se le ofrece a Francia y, tras ella, por el ejemplo que daría por la difusión de su cultura, a Europa, a lo que mañana se llamará el Occidente. Se ha dicho: si la restauración de la monarquía no se ha hecho, es por culpa del conde de Chambord, que no ha querido ceder en la cuestión de la bandera. Louis Veuillot ha contestado muy bien a los orleanistas: “Si vuestra bandera tricolor es un símbolo, y si la aceptáis como símbolo, no se trata de reforma, sino de abjuración”. Algunos años más tarde, en el Orme du Mail, Anatole France, al evocar la situación de 1873, escribía:  Anatole François Thibault, que adoptó el sobrenombre de Anatole France “Se oían venir por los caminos los caballos blancos que traían al rey. Enrique Deodato venía a restablecer el principio de autoridad de donde salen las dos fuerzas sociales: el mando y la obediencia; venía a restaurar el orden humano con el orden divino, la sabiduría política con el espíritu religioso, la jerarquía, la ley, los principios, las libertades verdaderas, la unidad. Removiendo sus tradiciones, la nación volvía a encontrar con el sentido de su misión el secreto de su poder, el signo de la victoria”. La oposición de Prusia, la astucia de las logias, la corrupción de la burguesía orleanista, la molicie de la gente de bien frustraron este posible destino, “y el pueblo cayó en la República: es decir, que repudió su herencia, que renunció a sus derechos y a sus deberes para gobernarse según su voluntad y vivir a su gusto en esa libertad a la que Dios pone trabas y que derriba sus imágenes temporales, el orden y la ley”. Admirable visión de la corriente que arrastrará en adelante a este final del siglo XIX, hacia los desórdenes que le esperan, los trastornos de los que, hoy todavía, sufrimos las consecuencias. A casi un siglo del acontecimiento, la Revolución de 1789 vencía a los principios contrarios que la habían contenido durante todo el siglo XIX. Ese gran siglo de la Batalla de las Ideas, en el que todo fue posible y todo se comprometió.
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Emocionado reconocimiento al Papa - Monseñor, el 30 de junio de 1988 usted era consagrado obispo por Monseñor Marcel Lefebvre, junto a otros tres sacerdotes de la Fraternidad de San Pío X. Este acto hizo de ustedes y del obispo brasileño Antonio De Castro Mayer los primeros excomulgados después del Concilio Vaticano II. Hoy usted es el Superior general de la Fraternidad, lo que en el apresurado lenguaje periodístico es definido como “el jefe de los lefebvristas”. Estamos en Menzingen, Suiza, en la Casa general. Tenemos sobre la mesa el decreto de la Santa Sede que levanta aquellas excomuniones. ¿Qué siente? - "Alegría, satisfacción. No son lo sentimientos de una persona que piensa haber vencido. Lo que la Fraternidad de San Pío X ha hecho desde su fundación hasta hoy, y que continuará haciendo siempre, lo ha hecho y lo hará sólo por el bien de la Iglesia. También las consagraciones episcopales de 1988 fueron realizadas con ese fin. Por el bien de la Iglesia y por nuestra supervivencia. Monseñor Lefebvre debía – repito: debía - asegurar una continuidad. No somos más que un pequeño bote de salvamento en un mar en tempestad. Nosotros hemos estado siempre al servicio de la Iglesia y siempre lo estaremos. El levantamiento de las excomuniones, junto al Motu proprio del Papa Benedicto XVI sobre la Misa antigua, es una señal importante, realmente importante, para nuestro pequeño bote. Es por eso que hablo de alegría y satisfacción." - ¿Dónde y cuando ha sabido del decreto? - "Lo he sabido pocos días atrás en Roma, en la oficina de un cardenal, el cardenal Castrillón Hoyos, presidente de la Comisión Ecclesia Dei. Nos abrazamos. Enseguida, en primer lugar he dado gracias a la Virgen, éste es un regalo suyo. Es para obtener su intercesión que se han reunido más de un millón setecientos mil rosarios, rezados por fieles que deseaban el levantamiento de las excomuniones." - ¿Quién ha trabajado más en el Vaticano para llegar a esta solución? - "Con seguridad el cardenal Hoyos, que es el presidente de la Comisión encargada de las relaciones entre la Santa Sede y la Fraternidad de San Pío X. Pero, sobre todo, el Papa Benedicto XVI. Lo he comprendido desde la primera audiencia en que me encontré con él, poco después de su elección. Aún cuando nos reprendía, el Santo Padre tenía un tono dulce, verdaderamente paternal." - En el decreto se dice que el Santo Padre confía en vuestro compromiso “de no ahorrar esfuerzos por profundizar las necesarias discusiones con la Autoridad de la Santa Sede en los asuntos que permanecen abiertos”. ¿Qué quiere decir? - "Quiere decir que, como todos los hijos de la Iglesia, estamos llamados a discutir aquellas cuestiones que consideramos fundamentales para la fe y para la vida de la Iglesia misma. Creo que esto reconoce, al menos, la seriedad de nuestra posición crítica sobre estos últimos cuarenta años. Nosotros no pedimos más que claridad. El hecho de que la voluntad del Santo Padre vaya en esta dirección es realmente de gran consuelo. Lo importante es que se entienda que, incluso en los momentos en que hacemos críticas severas, nosotros no estamos nunca contra la Iglesia o contra el papado. ¿Y cómo podríamos estarlo? A menudo nos han acusado de ser “lefebvristas” pero nosotros no somos “lefebvristas”, aunque siga siendo para nosotros un título de honra: nosotros somos católicos. El primero en no ser lefebvrista ha sido nuestro fundador, monseñor Lefebvre. Cuando esto quede claro, se comprenderán mejor nuestras posiciones. Tomará algún tiempo pero creo que, poco a poco, estará claro que todo lo que hacemos es obra de Iglesia." - El levantamiento de las excomuniones ¿es fruto de una tratativa y de un acuerdo o es un acto unilateral de la Santa Sede? - "Nosotros hemos pedido en varias ocasiones la libertad en la celebración de la Misa antigua y el levantamiento de las excomuniones. Pero lo que ha ocurrido ahora no es fruto de una tratativa o de un acuerdo. Es un acto gratuito y unilateral que demuestra que Roma nos quiere realmente bien. Un verdadero bien. Por mucho tiempo hemos tenido la impresión de que Roma no quería entrar en el tema. Luego todo ha cambiado y eso se lo debemos al Papa." - ¿Por qué Benedicto XVI ha querido tanto este acto? ¿Se ha dado cuenta de la complicación en la que se ha puesto con el levantamiento de las excomuniones? - "Oh sí, creo que es bien consciente de las reacciones más diversas y más desordenadas. Además, en varias ocasiones antes y después de su elección papal, ha hablado de la crisis de la Iglesia en términos para nada ambiguos. Cuando mencionaba su dulzura paternal me refería al hecho de que en él se manifiestan, juntos, la conciencia de los tiempos en que vivimos, la firmeza para ponerles remedio y la atención a todos sus hijos. Esto hace que las reacciones más o menos inadecuadas ante sus actos lo pueden hacer sufrir pero ciertamente no hacen que cambie de parecer. Y aquí está también el motivo de esta decisión." - En este contexto, ¿se podría sintetizar esta noticia diciendo que la Tradición ya no está excomulgada? - "Sí, aunque se necesitará tiempo antes de que esto se convierta en moneda corriente dentro del mundo católico. Hasta hoy, en muchos ambientes hemos sido considerados y tratados peor que el diablo. Todo lo que hacíamos y decíamos era necesariamente algo malo. No creo que la situación pueda cambiar repentinamente. Pero hoy hay un acto de la Santa Sede que nos permite decir que la Tradición no está excomulgada." - ¿Y qué se siente vivir como excomulgado? - "Se siente dolor por el uso malicioso e instrumentalizado de una marca de infamia. Respecto a nuestra situación, en cambio, debo decir que nunca nos hemos sentido excomulgados, nunca nos hemos sentido cismáticos. Siempre nos hemos sentido parte de la Iglesia y la noticia de la que estamos hablando demuestra que teníamos razón." - Llegados a este punto nos preguntamos por qué esta situación se ha prolongado tanto. Y, sobre todo, ¿de qué naturaleza son las cuestiones que el documento de la Santa Sede y ustedes mismos dicen que deben ser aún discutidas? - "Lo resumo brevemente. En un momento, dentro de la Iglesia hemos visto que se tomaba un camino nuevo, según nosotros un camino que habría llevado a grandes problemas. Nosotros no hemos hecho más que pensar, enseñar y practicar lo que la Iglesia había hecho siempre hasta aquel momento: nada más y nada menos. No hemos inventado nada. Hemos seguido, de hecho, la Tradición. Y hoy la Tradición ya no está excomulgada." Fuente: Libero Traducción: La Buhardilla de Jerónimo * * * * * * * * * * Sobre las declaraciones del Obispo Willamson y otros temas - ¿Usted condena las declaraciones negacionistas del Obispo Williamson? - Yo no puedo condenarlo. No tengo competencia para esto. Pero yo lamento que un Obispo haya dado la impresión de involucrar a la Fraternidad en una visión que no es nuestra. - De acuerdo a los observadores, la decisión del Papa podría crear divisiones dentro de la Fraternidad. No todos los fieles y sacerdotes estarían preparados para la unidad. - Yo no tengo ese temor. Siempre puede haber una voz disonante aquí o allá. Pero el fervor con el que los fieles rezaron el Rosario para pedir el retiro de las excomuniones habla mucho sobre nuestra unión; en dos meses y medio han sido rezados 1.700.000 rosarios. - En la carta que envió a los fieles el 24 de enero, usted manifestó el deseo de examinar, con Roma, las causas más profundas de la “crisis sin precedentes que hoy sacude a la Iglesia”. ¿Cuáles son estas causas? - En esencia, esta crisis está causada por un nuevo acercamiento al mundo, una nueva visión del hombre, esto es, un antropocentrismo que consiste en la exaltación del hombre y el olvido de Dios. La llegada de las filosofías modernas, con su lenguaje poco preciso, ha llevado a la confusión en la teología. - En su opinión, ¿el Concilio Vaticano II es también responsable por la crisis de la Iglesia? - No todo proviene de la Iglesia. Pero es cierto que nosotros rechazamos una parte del Concilio. El mismo Benedicto XVI condenó a aquellos que invocan el espíritu del Vaticano II para exigir una evolución de la Iglesia en ruptura con su pasado. - El ecumenismo y la libertad religiosa están en el centro de las críticas que ustedes hacen del Vaticano II. - "La búsqueda de la unidad de todos en el Cuerpo Místico de la Iglesia es nuestro deseo más querido. Sin embargo, el método utilizado no es apropiado. Hoy se da mayor importancia a los puntos que nos unen a otras confesiones cristianas mientras que aquellos que nos separan son olvidados. Nosotros creemos que aquellos que han dejado la Iglesia Católica, es decir, los Ortodoxos y los Protestantes, deben volver. Nosotros concebimos el ecumenismo como un retorno a la unidad de la Verdad." En cuanto a libertad religiosa, es necesario distinguir dos situaciones: la libertad religiosa de la persona y las relaciones entre la Iglesia y el Estado. La libertad religiosa implica libertad de conciencia. Nosotros estamos de acuerdo en que no hay derecho a forzar a nadie a aceptar una religión. En cuanto a nuestra reflexión sobre las relaciones entre la Iglesia y el Estado, se basa en el principio de tolerancia. Parece claro que allí donde hay múltiples religiones, el Estado deba garantizar su buena coexistencia y paz. Sin embargo, sólo hay una religión que es verdadera y las otras no lo son. Pero nosotros toleramos esta situación por el bien de todos." - ¿Qué pasará si las negociaciones fallan? - "Yo estoy confiado. Si la Iglesia dice hoy algo que está en contradicción con lo que enseñó ayer, y si nos obliga a aceptar este cambio, entonces debe explicar la razón de esto. Yo creo en la infalibilidad de la Iglesia y pienso que llegaremos a una verdadera solución." Fuente: Rorate Caeli Traducción: La Buhardilla de Jerónimo * * * * * * * * * * Comunicado del Superior General de la Fraternidad de San Pío X, Obispo Bernard Fellay. Medidas por las declaraciones del obispo Willamson. "Hemos tenido conocimiento que el Obispo Richard Williamson, miembro de nuestra Fraternidad, concedió una entervista a la televisión suiza. En esa entrevista, él tambien se expresa sobre cuestiones históricas, especialmente sobre el genocidio de los Judíos por parte del régimen Nacional Socialista. Es evidente que un obispo habla con autoridad religiosa únicamente sobre asuntos de fe y moral. Nuestra Fraternidad no reivindica ninguna autoridad sobre asuntos históricos ni otros asuntos seculares. La misión de la Fraternidad es la de propagar y restaurar las autenticas enseñanzas Católicas, tal como son expuestas en los dogmas. Somos conocidos, aceptados, y apreciados mundialmente por ello. Vemos con gran preocupación como la violación de este mandato por parte de un miembro nuestro añade gran daño a nuestra misión religiosa. Pedimos disculpas al Santo Padre y a todas las personas de buena voluntad por el disgusto causado por este episodio. Al mismo tiempo debe quedar claro que esas declaraciones de manera alguna representan la posición de nuestra Fraternidad. Por tanto, he prohibido al Obispo Williamson hasta nueva orden hacer declaraciones públicas sobre materias políticas e históricas. Las acusaciones arrojadas contra nuestra Fraternidad obviamente tienen el objetivo de desacreditar nuestra misión. No permitiremos eso, sino que continuaremos anunciando la enseñanza Católica y administrando los sacramentos en su venerable forma." Menzingen, Enero 27 de 2009 + Obispo Bernard Fellay Superior General Traducciòn de Secretum Meum Mihi * * * * * * * * * * En el mismo sentido ha sido el comunicado del Superior del Distrito de Alemania de la FSSPX visto en Rorate Coeli * * * * * * * * * * La entrevista polémica puede verse en "La Puerta Angosta" * * * * * * * * * *
EL CRISTO REPUBLICANO ¡Pasémonos a los bárbaros! OZANAM Estoy preocupado por el clero. ¿No habéis visto los discursos de ciertos curas de París que han calificado a Nuestro Señor de DIVINO REPUBLICANO? MONTALEMBERT (a dom Guéranger) Un árbol con las raíces podridas — Una página de George Sand — Una anécdota de Sarcey — La Nueva era — Lacordaire y Montalembert — El choque entre dos familias con ingenio — Aprended el catecismo! A veces una página es suficiente para describir un reinado. Que un escritor de genio capte el rasgo dominante de la época, que lo presente y todo se vuelve luminoso. Sobre el reinado de Luis-Felipe se ha escrito mucho, pero todo está contenido en una página de Louis Veuillot. Ella nos servirá de transición para abordar la Segunda República, la de 1848, la de los curas demócratas y el “Cristo republicano”.
Veuillot resumía así el reinado de Luis Felipe: “En diecisiete años, la disolución social, ya muy avanzada, alcanzó el punto culminante. Algunos la predecían sin poder hacerse escuchar. La realidad sobrepasa todos los temores. Mientras el espíritu burlón y destructivo de Voltaire tronaba en las Tullerías, en las Cámaras, en la Universidad, en los concejos municipales, en los teatros, en los libros, en los folletines, allí donde resonase una voz, allí donde corriera una pluma burguesa, el fanatismo socialista se volvía a encender en el pueblo, animado por individuos, en su mayoría, situados a bajo nivel y apenas conocidos del público y a los que la autoridad no veía como peligrosos. Pensamos que habríamos asombrado a M. Delessart si alguien, hojeando los registros de la policía y poniendo el dedo en ciertos nombres le hubiese dicho: ‘Aquí están las personas que van a dominar inmediatamente en París y en Francia’. Y sin embargo esto fue lo que sucedió. Todo el edificio de febrero se hundió como un árbol con las raíces podridas. Ni el hacha ni la tormenta fueron necesarios, bastó con la sacudida del aire producida por los gritos y los movimientos de una revuelta de burgueses. En un día, en algunas horas, la nación que se complacía envaneciéndose de haber aniquilado la religión, la realeza, la aristocracia, había caído totalmente en las manos de algunos demagogos, pontífices de sectas odiosas y torpes, reyes de barricada, caballeros de periódicos, teatros y prisiones” Se llegaba al período más extravagante de la historia de Francia. Resulta divertido y un poco triste, releer las viejas gacetas. Pensamos que estas páginas han sido leídas, que el sábado 13 de mayo de 1848 ha habido personas que han leído el artículo de Mme. G. Sand en la Vraie Republique, que han vibrado con sus sueños, que han creído en ellos y que, en cierto modo, nuestros problemas han nacido de sus ilusiones.  Aurore Dupin, baronesa Dudevant, se hace llamar con el seudónimo: George Sand Sonreímos al leer esta prosa que, sin embargo, tuvo su parte en la desorientación de las mentes. Lo que nos hace sonreír, es el ridículo que se ha hecho notar por el fracaso de las ilusiones; pero nuestro tiempo ¿no se forja otras aún más peligrosas? Existe un progreso en la tontería, incluso es el único que se hace evidente. “¿Cuáles serán las formas del culto?, se preguntaba George Sand. Y contestaba: serán eternamente libres, eternamente modificables, eternamente progresivas como el genio de la humanidad. Se llamarán fiestas públicas y ya París y Francia han improvisado el boceto. El culto será más o menos hermoso, más o menos saludable según que la humanidad esté más o menos inspirada por los acontecimientos y por las ideas. Si volvemos a la monarquía, recaeremos en pleno catolicismo; si caminamos hacia una verdadera república, tendremos un verdadero culto, artistas inspirados, símbolos magníficos que ya no velarán los pensamientos, las maravillas de la invención y las obras maestras del arte. Pero no llegará la inspiración a los que dispongan las fiestas, mientras la inspiración no llegue a las masas. En la hora en que vivimos, hacen falta fiestas sencillas cuyo lujo no sea un insulto a la miseria del pueblo. En el futuro, las creaciones de genio volverán por derecho a la gran iglesia republicana igual que en otro tiempo volvían de hecho a la rica Iglesia Católica”. El Arzobispo de París veía con inquietud estas ideas sobre las fiestas litúrgicas republicanas y George Sand protestaba: “El sacerdote quiere guardar en el fondo del santuario cuyas llaves posee, la imagen venerada de Jesús, el amigo y el profeta del pueblo. Las imágenes paganas de la Libertad, de la Igualdad y de la Fraternidad mancharían con su contacto la imagen del filósofo que ha santificado y predicado esta triple idea, madre de su doctrina”. El Cristo republicano, reducido al papel de filósofo amigo del pueblo y predicando la trilogía republicana, he aquí la herejía del siglo XIX, la que predicaba Lamennais y aplaudían G. Sand y Chateaubriand. Nuestros ‘innovadores” de hoy no son más que los discípulos retrasados de los ideólogos de 1848. Tienen el cabello largo y las ideas cortas. Las ideas de esta época fueron extravagantes, pero ejercieron una gran influencia sobre la imaginación. Sarcey narraba un día en el Temps un recuerdo de su juventud: “Era en 1848, en Uno de esos banquetes tan frecuentes entonces, donde se comía ternera fría y se bebía vino ‘noble’ para consolidar la República. Aquel banquete había sido organizado por la juventud de las Escuelas. Yo asistí porque a lo veinte años uno es tonto.  Francisque Sarcey “En los postres dijeron muchas bobadas, se cantaron muchas canciones patrióticas y entre ellas una que tenía de refrán estos Versos miríficos: ”El socialismo tiene dos alas: el estudiante y el obrero. Estoy orgulloso de ser una de esas dos alas del socialismo”.  Paul-Armand Challemel-Lacour Entre los oradores figuraba Challemel-Lacour que transportó al auditorio. “De esta jornada inolvidable me había quedado un recuerdo que aún me hacía latir el corazón después de más de cuarenta años. ¡Qué pena que este trozo de elocuencia no haya sido recogido!”. Sarcey expresó en un artículo este sentimiento de pesar. Un día de 1898 encontró a Reinach: “Podría Ud., por favor —me dijo con una sonrisa enigmática—, volver a leer este discurso?”. Confió a Sarcey que estaba en su poder por habérselo pedido en otro tiempo al mismo Challemel-Lacourt, quien al dárselo le bahía dicho: —Es demasiado malo, no lo publique jamás. Reinach envió una copia a Sarcey quien volvió a leer aquel trozo de elocuencia de 1848. “¡Ay!, tres veces ¡ay! ¡Qué fárrago de banalidades oratorias! ¡Qué ímpetu en todos los tópicos! “¡Y esto es lo que habíamos admirado y aplaudido! Y Sarcey concluye melancólicamente: “El texto era el mismo; las pasiones que nos animaban y que le comunicaban su brillantez habían desaparecido” Es bastante curioso ver que el historiador de la democracia cristiana, M. Vaussard, tiene como primer y auténtico precursor de ésta, en el siglo XIX, a Buchez, un carbonario que frecuentaba los medios sansimonianos. Aseguraba haberse convertido al catolicismo, pero reconoce M. Vaussard, que aunque se separa de los pontífices del sansimonismo, Bazard y Enfantin, no deja de permanecer vinculado a varios principios de la doctrina de Saint Simon. Buchez había tomado parte en la Revolución de 1830 en las filas de las sociedades secretas. Es un adepto del sufragio universal del que da esta curiosa definición: “La soberanía del pueblo es católica porque manda a cada uno la obediencia a todos. Es católica porque comprende el pasado, el presente y el futuro, es decir, todas las generaciones. Es católica, porque tiende a hacer de toda la sociedad humana una sola nación sometida a la ley de la igualdad. Es católica, en fin, porque emana directamente de las enseñanzas de la Iglesia”. Después de Lamennais y Buchez, M. Vaussard, da como auténticos precursores del movimiento a los animadores de la Ere Nouvelle. El 15 de abril de 1848 aparecía una hoja diaria: la Ere Nouvelle, cuyo manifiesto estaba firmado por Lacordaire, el cura Maret, Ozanam, Charles de Coux y otros cinco publicistas o profesores católicos amigos del P. Lacordaire quien asumía la dirección del periódico.  Henri-Dominique Lacordaire Lacordaire se había colocado a la izquierda en la Asamblea nacional y esto hay que tenerlo en cuenta, porque los innovadores demócrata-cristianos van a hacer valer la idea de que la preocupación por lo social es patrimonio de la izquierda. La Ere Nouvelle afirmaba que la Iglesia no encontraría su libertad y su protección más que en el marco de la democracia: “Si la Iglesia —podía leerse en el número del 4 de julio de 1848— se ha dado cuenta de que un nuevo poder (la Segunda República) acaba de surgir, es por el profundo respeto que la ha rodeado, por la libertad mayor de la que ha disfrutado”. “— ¡Pasémonos a los bárbaros! —exclama Ozanam—, poro no se bautiza a la democracia igual que a Clodoveo. Clodoveo es un hombre, la democracia es una idea”. El programa de la Ere Nouvelle aseguraba que los principios de 1789 abrían “la era pública del cristianismo y del Evangelio”. El error fundamental del equipo de este periódico va a ser el de querer confiar la recristianización de la sociedad a la democracia, que lo único que puede hacer es acelerar la corrupción. “Dios —decía Ozanam— no crea pobres: no envía a las criaturas a este mundo azaroso sin proveerlas de dos riquezas que son las primeras de todas, me refiero a la inteligencia y a la voluntad”, y concluía diciendo que la sociedad era la que tenía que permitir su desarrollo. Sin duda, pero ¿cómo estos ideólogos han podido llegar a pensar en volver a poner la organización de la sociedad en manos de aquéllos que sin duda más lo necesitan, pero, con toda seguridad, son los menos aptos para establecer esta organización? Este es el error fundamental de los demócratas: niegan la preeminencia de la élite. Si la sociedad capitalista del siglo XIX se revelaba muy a menudo dura y egoísta, esto indicaba una languidez en la fe y en la caridad cristiana bajo el empuje del liberalismo económico. Añadir a esto el liberalismo político, ¿qué probabilidades tenía de mejorar la situación? Todo el esfuerzo hubiese debido dirigirse hacia la recristianización de las clases dirigentes. El resto se hubiese dado por añadidura. Debió haberse dicho: Aristocracia cristiana y no Democracia cristiana. Lacordaire debía estar profundamente turbado por las sangrientas jornadas de junio de 1848. Tampoco podía ignorar la hostilidad del episcopado hacia las “nuevas ideas”. Lo mismo que en la noche en que había huido de La Chesnaie, abandonando a Lamennais, va ahora a abandonar al equipo de la Ere Nouvelle. Incluso desea que el periódico deje de salir, como en otros tiempos el Avenir, pero sus amigos se obstinan. Entonces los deja solos. El abate Maret le sustituye en la dirección de la Ere Nouvelle. Lacordaire va a consagrarse a la predicación y a hacer notable la de Notre Dame. De vuelta de sus errores, dirá: “la democracia europea ha roto los lazos del presente con el pasado, ha enterrado los abusos en las raíces, ha construido aquí y allá una libertad precaria, más que renovar el mundo por medio de instituciones, lo ha agitado por acontecimientos y, dueña incontestable del futuro, nos prepara, si por fin no se forma y ordena, la espantosa alternativa de una demagogia sin fondo o de un despotismo sin freno” Montalembert, el otro compañero de Lamennais, que había abandonado al herético quince años antes, lanza un grito de romántico —pues estos hombres de la Avenir y de la Ere Nouvelle son ante todo románticos—, frente a la triunfante democracia.  Charles Forbes, conde de Montalembert “Yo la soporto sin negar la sublime ley por la cual Dios se complace en sacar bien del mal, pero sin querer tomar el mal por el bien. No sé si el triunfo de la democracia será durable, o si este torrente devastador no irá a perderse pronto en las aguas estancadas del despotismo. Pero, pase lo que pase, no quiero compartir ni la vergüenza de su derrota, ni la de su victoria. Me quedaré solo, pero DE PIE. El carro de la democracia, del falso progreso, de la tiranía mentirosa e impía, está lanzado. No seré yo quien lo detenga. Pero prefiero, cien veces más, ser aplastado bajo sus ruedas que subir atrás para servir de lacayo, de heraldo, o incluso de bedel a los sofistas, a los retóricos y a los espadones que la dirigen”. Lo que sobre todo inquieta a Montalembert es la manía por las nuevas ideas que ve en el clero. Escribe a Dom Guéranger: “Estoy preocupado por el clero. ¿No habéis oído acaso los discursos de ciertos curas de París que han calificado a Nuestro Señor Jesucristo de DIVINO REPUBLICANO? El espíritu siempre es el mismo, la adoración servil de la fuerza laica y del poder vencedor. Desgraciadamente este espíritu galicano se complica y se envenena por las tendencias demagógicas que han infectado al clero en un grado que no podía sospechar” La Ere Nouvelle, bajo la dirección del padre Maret se desliza a la izquierda. Se desliza hacia la “Gran Tentación”: la traducción temporal del mensaje evangélico. El 20 de octubre de 1848, el cura Maret había escrito a los obispos de Francia para pedirles que apoyasen la posición de la Ere Nouvelle. No le llegó ninguna respuesta favorable. En febrero de 1849, el obispo de Montauban, Monseñor Donay, condenaba incluso el periódico. El sacerdote no tenía más que un protector, el obispo de Troyes, que le nombró vicario general de su diócesis. Así, desde sus orígenes, el “progresismo cristiano” divide a la Iglesia. Louis Veuillot dirige una violenta campaña contra los redactores de la Ere Nouvelle, a quienes llama los “liberaloides”, violenta campaña aprobada por la inmensa mayoría de los católicos, ya bastante ocupados en luchar contra el liberalismo masónico, como para no encontrar inconveniente y peligroso ver variar sus posiciones por un “liberalismo católico”. La Ere Nouvelle al perder sus abonados y sus lectores fue puesta en venta. Y... ¡fue comprada por un grupo de... legitimistas! El sacerdote Chantôme recogió los restos de la Ere Nouvelle en su Revue des Réformes et du Progrés, pero sólo saldrán 25 números. El presbítero Chantôme, debido a sus osadías, fue suspendido en la diócesis de París por Monseñor Sibour, aunque éste era tenido por “abierto a las novedades”. El se retira a Langres, pero es suspendido de nuevo por el obispo. Insiste, funda el Drapeau du Peuple, “periódico de la democracia y del socialismo cristiano”. Publicará seis números y, en diciembre de 1852, seis días después del golpe de Estado de Luis Napoleón, se someterá a Monseñor Sibour. Un laico, Victor Challand, intenta proseguir la campaña de la Ere Nouvelle en su Revue du Socialisme Chrétien que se hundirá en el séptimo número. Pierre Prodié, diputado de Aveyron, intenta a su vez lo mismo con su revista: la Republique Universelle, pero sólo se sostendrá un año. El caso de Prodié es interesante. Acabará por comprender que la verdadera solución de la cuestión social debe pasar por la restauración de las Corporaciones destruidas por la Revolución de 1789, y se convertirá en discípulo de Le Play ¡e incluso se hará adicto a la monarquía! Sin embargo un gran número de mentes habían sido contaminadas y los errores renacerían sin cesar.  Dom Prosper Louis Pascal Guéranger Dom Guéranger resumía así el conflicto fundamental que acababa de instaurarse en el seno de la Iglesia: “Un ancho surco dividía de ahora en adelante a los católicos en dos grupos; los que tenían como principal preocupación la libertad de la Iglesia y el mantenimiento de sus derechos en una sociedad todavía cristiana, y los que se esforzarían primeramente en determinar qué cantidad de cristianismo podía soportar la sociedad moderna, para después invitar a la Iglesia a reducirse a ella. La media centuria que entonces comenzaba vibró con el choque de estas dos familias espirituales. Era también así como Veuillot, con su genio sintetizador, resumía la situación: “Lo que lleva sobre todo a nuestros adversarios a alentar los pasos que aparentemente se hacen hacia ellos, escribía, no es la esperanza de una reconciliación que no es objeto de sus deseos... Saben que nuestras más extravagantes concesiones jamás llegarán a mitad de camino de la meta a la que tienden sus doctrinas. Pero aún así, creen captar en nosotros un oculto desfallecimiento de esta fe que los asombra y los desespera. Si no tienen más que odio, su odio se aviva con nuestras incertidumbres; si tienen alguna quimera, algún absurdo sistema de renovación social, su confianza se acrecienta a medida que la nuestra parece disminuir (...). Basta para agradarles titularse la Ere Nouvelle; o hablar de NUEVAS EXIGENCIAS. ¡Vaya!, ¡nuevas necesidades!, por fin lo confiesan; la humanidad experimenta nuevas necesidades. “A nuevas exigencias, nuevos dogmas; luego la pretendida revelación cristiana no está completa, la humanidad ha progresado y el cristianismo se ha estacionado, luego el cristianismo no es divino. La democracia da una respuesta a las nuevas necesidades del mundo, luego el verdadero cristianismo es la democracia. Estos son sus razonamientos. ¿Por qué no cortar por lo sano esta dialéctica que pretenden atribuirnos, diciéndoles de una vez, que la nueva necesidad de la humanidad es sencillamente aprender el catecismo y poner en práctica la fe, la esperanza y la caridad?” . *** Un libro de Jacques Ploncard d’Assac publicado en Santa Iglesia Militante por Cecilia Margarita de María Thorsoe Osiadacz.
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