“El siglo XIX, tras la tormenta revolucionaria, había de ser por muchos títulos el siglo de las predilecciones marianas.
… el 11 de febrero el 16 de julio de 1858, plugo a la Bienaventurada Virgen María, con un nuevo favor manifestarse en la tierra pirinea a una niña piadosa y pura, hija de una familia cristiana, trabajadora en su pobreza.
Ella acude a Bernardita, dijimos Nos en otra ocasión, la hace su confidente, su colaboradora, instrumento de su maternal ternura y de la misteriosa omnipotencia de su Hijo, para restaurar el mundo en Cristo mediante una nueva e incomparable efusión de la Redención.
Los acontecimientos que por entonces se desarrollaron en Lourdes, y cuyas proporciones espirituales se miden hoy mejor, os son perfectamente conocidos.
Sabéis, amados Hijos y Venerables Hermanos, en qué condiciones asombrosas, a pesar de las burlas, las dudas y las oposiciones, la voz de esta niña, mensajera de la Inmaculada, se ha impuesto al mundo.”
Pío XII, Encíclica “Le Pèlerinage de Lourdes” (2-VII-1957)
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