31 de diciembre de 2010

La Circuncisión del Señor

1º de Enero: Octava de Navidad y Fiesta de la Circuncisión del Señor

Circuncisión de Nuestro Señor Jesucristo

“Para celebrar la fiesta de la Circuncisión según la mente de la Iglesia hemos de hacer cuatro cosas: 1ª, adorar a Jesucristo, darle gracias y amarle; 2ª, invocar con viva fe su Santísimo nombre, reverenciarle y poner en El toda nuestra confianza; 3ª, practicar la circuncisión espiritual, que consiste en cercenar del corazón el pecado y todo desordenado afecto; 4ª, consagrar a Dios el año que comienza, y pedirle nos dé gracia para pasarlo en su divino servicio.”

Del Catecismo Mayor de San Pío X, Papa

Santo Año del Señor 2.011!

Reflexión para el último día del año

Para este fin de año, y agradeciéndoles su compañía durante el mismo, nuevamente proponemos la meditación de los conocidos "tres pensamientos para el último día del año" de Don Azcarate, O.S.B.

"Cada vez que el calendario nos trae, inexorable, esta fecha del 31 de diciembre, no pueden menos que preocupar al hombre pensador, y más todavía al fiel cristiano, estos tres graves pensamientos:

el tiempo pasa,
la muerte se acerca,
la eternidad nos espera.

Memento homo

Efectivamente:

a. El tiempo pasa.

El presente año ha pasado como un soplo, y como él pasarán todos los que nos restan vivir, sean pocos, sean muchos; sean felices, sean desgraciados.

¿Qué se ha hecho de las penas y de los dolores? ¿qué de las alegrías locas y de los placeres de este año transcurridos?

Ni las penas ni las alegrías pasadas pueden ya volver. De ellas sólo queda el mérito de haber sufrido o gozado con conciencia pura y con alteza de miras, o, al revés, la responsabilidad de haberlo perdido todo por falta de espíritu cristiano.

El tiempo pasa para todos, este año ha pasado para todos, nadie ha podido detener el reloj. ¡Cómo hubiese deseado el gozador de la vida, el pecador disoluto, que no hubiesen pasado sus horas de placer, sus días y sus noches de miel! Sin embargo pasaron para no volver.

Ha pasado este año corriendo, volando; pero no ha pasado en vano. Muchos desearían que hubiese pasado sin dejar huella, como el vuelo del pájaro; que lo pasado, como dicen, quedará pisado, mas no es así. Todo el pasado queda sujeto al juicio de Dios.

b. La muerte se acerca.

La muerte galopa y se acerca de día en día para cada uno. A muchos, a innumerables, los ha alcanzado en este último año, y los ha alcanzado sorpresivamente. A muchos que hemos conocido sanos y alegres, en pocos minutos, o en pocas horas o en breves días, los hemos visto desaparecer.

Ni la edad, ni el bienestar, ni la dignidad, ni la ciencia, ni el vicio, ni la virtud respeta la muerte inexorable. Todos tenemos nuestro día señalado, como lo tuvieron los que nos han precedido este mismo año y los años anteriores. Desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, y de muchos de ellos no queda ni el recuerdo.

¡Tanto afán por vivir, para vivir tan poco y tan tristemente! ¡Tanto cuidarse del cuerpo y del vestido y del negocio y de la honra, para perderlo todo tan presto y tan sin remedio! ¡Tanto alardear de las riquezas, de la hermosura, de las simpatías, de la influencia, para quedar de súbito reducido a un cajón de podredumbre!

c. La eternidad nos espera.

Nada sería que el tiempo pasase y que la muerte se acercara, si con ello todo se acabara. Mas no es así. Al morir, el hombre no muere del todo: perece la materia, pero el espíritu perdura. El cuerpo vuelve al polvo del sepulcro, de donde brotó; pero el alma retorna a Dios, que la creó.

Todo lo que aquí es pasajero, todo fenece; sólo el alma sobrevive en este general cataclismo. Por eso el hombre, aunque muere, no muere para siempre, sólo cambia de vida: de la vida temporal pasa a la eterna, del tiempo a la eternidad.

¡La eternidad! ¡Qué realidad terrible! Muchos la niegan porque les convendría que no existiese; así sus vicios no tendrían ninguna sanción ultraterrena. Otros muchos, los más, no piensan en ella, porque no la comprenden. Mas ni por negarla ni por desconocerla, la eternidad deja de existir y de esperarnos.

Nada fuera que la eternidad existiese, si esta fuese para todos bienaventurada y feliz. Pero no es así. Hay dos eternidades: la eternidad del cielo, para premio, y la eternidad del infierno, para castigo. Hay, pues, un premio eterno y un castigo eterno. Así lo ha dispuesto Dios, y nada ni nadie podrán hacer que no sea así.

Si, pues, te espera una eternidad feliz ¡oh cristiano!, después de los sufrimientos de esta breve vida, ¿Por qué no la soportas con resignación y con una santa esperanza? Y si a ti también te espera la eternidad, pero una eternidad desgraciada, ¡oh pecador y gozador de la vida!, ¿por qué prefieres un placer sucio y fugaz a una eterna dicha?"

24 de diciembre de 2010

Navidad y la alegría que no excluye a nadie

NAVIDAD

"Nuestro Salvador, carísimos, hoy ha nacido: Alegrémonos. No es en verdad justo que nos entristezcamos en el día que nace la vida, la cual dando fin a todo temor de muerte, nos alegra con la promesa de la eternidad. Esta alegría es para todos, y ninguno se debe creer excluido de ella. Una misma es la causa de la común alegría. Y es que siendo nuestro Señor el que ha venido para destruir el pecado y la muerte, así como a ninguno halló libre de culpa, así ha venido para librarnos a todos. Por lo mismo, gócese el santo porque se acerca a la corona; alégrese el pecador, porque se le invita al perdón; anímese el gentil, porque es llamado a la vida. Ya que el Hijo de Dios, llegada la plenitud de los tiempos ordenados por los inescrutables designios del divino consejo, tomó la naturaleza humana para reconciliarla con su autor, a fin de que el diablo, inventor de la muerte, fuera vencido por la misma que él había dominado."

San León Magno, Papa. Del sermón 1 de la Natividad.

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Santa Iglesia Militante les desea una santa y feliz Navidad

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O Admirabile Commercium

De Dom Columba Marmión(1)

El misterio de la Encarnación se reduce a un intercambio admirable entre la divinidad y la humanidad

Navidad - A. Botticelli La venida del Hijo de Dios al mundo es un acontecimiento tan notable que Dios quiso irle preparando durante siglos; ritos y sacrificios, figuras y símbolos, todo lo hace converger en Jesucristo; le predice, le anuncia por medio de los profetas que se van sucediendo de generación en generación.

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Pero ahora es el Hijo mismo de Dios el que viene a instruirnos: “Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres…últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo” (Hebr.,I,I-2). Porque Jesucristo no nació sólo para los judíos de su tiempo, sino que bajó del cielo por nosotros y por todos los hombres. La gracia que mereció en su nacimiento quiere repartirla entre todas las almas.

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Y para eso la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, ha hecho suyos los suspiros de los Patriarcas, las aspiraciones de los antiguos justos, y los anhelos del pueblo escogido, para ponerlos en nuestros labios y llenar nuestro corazón: Quiere prepararnos al advenimiento de Jesucristo, como si todos los años se renovase en nuestra presencia.

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Observad, pues, cómo, al conmemorar la Iglesia la venida de su divino Esposo al mundo, despliega toda la magnificencia de sus pompas, y celebra con todas las galas de su esplendor litúrgico el nacimiento del “Príncipe de la Paz”(Is.,IX,6), del “Sol de Justicia” (Mal.,IV, 2), que se levanta “en medio de nuestras tinieblas para iluminar a todo hombre” (Juan, I, 5, 9) que viene a este mundo; además, concede a sus sacerdotes el privilegio, casi único en todo el año, de poder ofrecer tres veces el santo sacrificio de la misa.

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Estas fiestas son grandiosas y llenan de un encanto que embelesa: la Iglesia trae a nuestra mente el recuerdo de los ángeles que cantan en las alturas la gloria del recién nacido; el de los pastores, almas sencillas que acuden a adorarle en el pesebre; el de los magos, que vienen del Oriente a tributarle sus adoraciones y ofrecerle ricos dones.

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Y, sin embargo, esta fiesta, como todas las de este mundo, es efímera, pasa, aunque se alargue por toda una octava. Y para la fiesta de un día – por espléndida que ésta sea - ¿nos exige la Iglesia tan larga preparación? De ninguna manera. Luego, ¿por qué? Porque sabe que la contemplación de este misterio encierra para nuestras almas una gracia de elección.

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Todos los misterios de Cristo, además de constituir un hecho histórico realizado en el tiempo, contienen también una gracia propia que sirve de alimento para sostener la vida del alma.

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¿Cuál es, me preguntaréis, la gracia íntima del misterio de Navidad? ¿De qué gracia se trata, cuando quiere la Iglesia con sumo interés que nos dispongamos a recibirla? ¿Qué fruto hemos de sacar de la contemplación del Niño Dios?

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En la primera misa, la de la medianoche, nos lo indica nuestra madre la Iglesia. Hecha la ofrenda del pan y del vino que dentro de breves momentos se convertirán, en virtud de las palabras de la consagración, en el cuerpo y la sangre de Jesucristo, resume sus anhelos y votos en la siguiente oración; “Dígnate, Señor, aceptar la oblación que te presentamos en la solemnidad de este día, y haz que con tu gracia y mediante este intercambio santo y sagrado reproduzcamos en nosotros la imagen de Aquel que unió contigo nuestra naturaleza”.

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Pedimos, pues, la gracia de tener parte en esta divinidad con la cual está unida nuestra humanidad. Hay como un intercambio: Dios, al encarnarse, toma nuestra naturaleza humana, y a cambio nos da una participación en su naturaleza divina.

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Este pensamiento, tan conciso en su forma, se halla expresado de modo más explícito en la secreta de la segunda misa: “Haz, Señor, que nuestras ofrendas sean conformes con los misterios de Navidad, que hoy celebramos, y así como el niño que acaba de nacer con naturaleza humana resplandece también como Dios, del mismo modo esta sustancia terrestre (a la que se une) nos comunique lo que hay en El de divino”

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La gracia propia de la celebración del misterio de este día consiste en hacernos participantes de la Divinidad a la cual ha quedado unida nuestra humanidad en la persona de Jesucristo, y recibir este divino don por medio de esta misma humanidad.

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Ya veis; es como una transacción humanodivina: el niño que nace hoy es a la vez Dios, y la naturaleza humana, que Dios asume, le servirá de instrumento para comunicarnos su divinidad. “Que así como el Niño que acaba de nacer con naturaleza humana resplandece también como Dios; del mismo modo esta sustancia terrestre nos comunique lo que tiene de divino”. Nuestras ofrendas serán “conformes a los misterios significados por la Natividad de este día”, si mediante la contemplación de la obra divina en Belén y la recepción del Sacramento Eucarístico participamos de la vida eterna que Jesucristo quiere comunicarnos por su Humanidad.

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“¡Oh comercio admirable, cantaremos el día de la octava, el Creador del género humano, vistiéndose de un cuerpo animado, se dignó nacer de una Virgen, y presentándose en el mundo como un hombre, nos ha hecho partícipes de su divinidad”

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Detengámonos unos instantes a admirar con la Iglesia este mutuo préstamo entre la criatura y el Creador, entre el cielo y la tierra, que constituye todo el fondo del misterio de Navidad.

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(1) “Jesucristo en sus misterios” CAP. VII.

Colaboración de Cecilia Margarita de María Thörsoe Osiadacz (post reeditado)

El Sol que ilumina las tinieblas

Niño Jesús

Por Plinio Correa de Oliveira (1)

El Verbo de Dios podría haber unido a Sí hipostáticamente a alguno de los ángeles más santos y resplandecientes de las alturas celestiales. Por el contrario, prefirió ser hombre, hacerse carne, pertenecer por su humanidad a la descendencia de Adán. Don absolutamente gratuito, ennoblecimiento, para nosotros, de un valor inefable, punto de partida histórico, para nosotros, de otros dones, también insondables.

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Así, en la previsión de que se encarnaría el Verbo, la Providencia creó un ser que contenía en sí perfecciones mayores que todas las del universo, y para él suspendió la sucesión hereditaria del pecado original. De los méritos previstos de la Redención, se alimentaba la virtud de todos los justos de la Antigua Ley. Pero esa multitud de elegidos estaba sentada "a las puertas de la muerte" (Sl.106, 18), a la espera de que se inmolase por todos nosotros el Cordero de Dios.

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No eran solamente ellos los que esperaban parados. Por decirlo así, en una muda expectativa estaba parada toda la Historia. En el momento en que Jesucristo nació, el mundo conocido vivía en un período de epílogo. Había florecido Egipto, y llegando a una cierta cima, se desmoronó. Lo mismo se podría decir de otros pueblos, caldeos, persas, fenicios, griegos y tantos otros. Por fin, los romanos estaban también a punto de entrar en el largo ocaso que —con períodos de decadencia rápida, de estancamiento más o menos prolongado, de efímera reacción— se dio entre Augusto y su remoto sucesor y miserable homónimo, Rómulo Agústulo.

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Todos esos imperios habían subido suficientemente alto para atestiguar la profundidad y la variedad de los talentos y capacidades de los respectivos pueblos. Pero el nivel más o menos igual al que todos se habían alzado no estaba a la altura de las aspiraciones de las almas verdaderamente nobles. Se diría que esas magníficas civilizaciones habían dejado patente, no tanto lo que tenían, sino más bien lo que les faltaba, y la incurable incapacidad del talento, de la riqueza y de la fuerza de los hombres, para construir un mundo digno de ellos.

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Todo esto constituía en Asia, como en África o en Europa, una atmósfera irrespirable, que aumentaba el tormento de los esclavos en su vida ya tan miserable, y minaba secretamente los entretenimientos y los deleites de los ricos.

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El curso de la historia encalló así en un lodazal de corrupción lleno de los escombros del pasado, en el cual solamente las formas enfermizas de vida todavía se hacían patentes. En el terreno moral, la depravación de las costumbres dominaba la existencia cotidiana. En el terreno social, el oro erigido en valor supremo. Para los bien instalados, las cosas corrían apaciblemente, en apariencia. Pero en tales épocas, los bien instalados son habitualmente la ralea moral e intelectual del país. Y padecen, precisamente los mejores, los mil tormentos de las situaciones inmerecidas e inadecuadas.

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Basta ver la coyuntura del pueblo elegido en el momento en que el Verbo se encarnó. Herodes ceñía la diadema real. De hecho era sin embargo, un depravado, de los peores del reino, mediocre, avaricioso, cruel, instrumento consciente del opresor para engañar a los judíos con las apariencias de una realeza vana. Los sacerdotes eran, en lo que se refiere al espíritu de fe, a la sinceridad y al desprendimiento, la escoria de la Sinagoga. La casa real de David vivía despreciada y en la mayor obscuridad. Los justos estaban "marginados" de ese orden de cosas tan fundamentalmente malo que terminó por excluir de sí y matar al Justo. Entonces, ¿qué más? Era el fin.

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Fue precisamente en las tinieblas de ese fin que, cuando menos se pensaba, y donde menos se esperaba, una luz muy pura se encendió. En esta luz estaba el anuncio de la honra de la Encarnación, la promesa implícita de la Redención tan esperada y de la nueva era que comenzó para el mundo con el incendio de Pentecostés. Es el esplendor de esta luz, inaugurando en las tinieblas la aurora que triunfalmente se transformó en día, es el cántico de sorpresa y de esperanza delante de esta renovación sobrenatural, el anhelo y el ante gozo de un orden nuevo basado en la fe y en la virtud, lo que los fieles de todos los siglos se complacen en considerar, cuando sus ojos se detienen en el Niño Dios, acostado en la cuna, sonriendo enternecido a la Virgen Madre y a su castísimo esposo.

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También hoy, una inmensa opresión pesa sobre nosotros. Es inútil intentar disfrazar la gravedad del momento, poniendo en acción guitarras y panderos de un optimismo ahora ya sin repercusión. Con la única diferencia de que tenemos en nuestros días las sapientísimas enseñanzas guardadas por la Santa Iglesia a lo largo de los siglos, la situación del mundo es terriblemente parecida con la del tiempo en que ocurrió la primera Navidad.

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También entre nosotros el comunismo marca un fin. Es el epílogo de la decadencia religiosa y moral iniciada con el protestantismo en el siglo XVI. En este epílogo se deshace el mundo burgués, cada vez más intoxicado de sincretismo, socialismo y sensualidad.

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En medio de esta situación trágica, se yergue la imagen maternal y melancólica de Nuestra Señora de Fátima. Y de sus palabras, proferidas en 1917 en la Cova de Iria, parten hacia el mundo oprimido las claridades de esperanza que le vino a traer la Reina del Universo; claridades que suscitan entre nosotros esperanzas análogas a las que la Buena Nueva despertó en la humanidad antigua.

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Análogas es decir poco. Son claridades que brotan de la Iglesia, y, así pues, de Jesucristo. Claridades que prolongan y reafirman las de la primera noche de Navidad.

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(1) Fragmentos del artículo publicado en “Catolicismo”, N° 84, Diciembre de 1957, visto en la página web de El Cruzado.

Visión de la Navidad

Por Ana Catalina Emmerich

emmerick"He visto que la luz que envolvía a la Virgen se hacía cada vez más deslumbrante, de modo que la luz de las lámparas encendidas por José no eran ya visibles. María, con su amplio vestido desceñido, estaba arrodillada con la cara vuelta hacia Oriente. Llegada la medianoche la vi arrebatada en éxtasis, suspendida en el pecho. El resplandor en torno a ella crecía por momentos. Toda la naturaleza parecía sentir una emoción de júbilo, hasta los seres inanimados. La roca de que estaban formados el suelo y el atrio parecía palpitar bajo la luz intensa que los envolvía. Luego ya no vi más la bóveda. Una estela luminosa, que aumentaba sin cesar en claridad, iba desde María hasta lo más alto de los cielos. Allá arriba había un movimiento maravilloso de glorias celestiales, que se acercaban a la Tierra, y aparecieron con claridad seis coros de ángeles celestiales. la Virgen Santísima, levantada de la tierra en medio del éxtasis, oraba y bajaba las miradas sobre su Dios, de quien se había convertido en Madre. El Verbo eterno, débil Niño, estaba acostado en el suelo delante de María".

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Vi a Nuestro Señor bajo la forma de un pequeño Niño todo luminoso,  cuyo brillo eclipsaba el resplandor circundante, acostado sobre una alfombrita ante las rodillas de María. Me parecía muy pequeñito y que iba creciendo ante mis ojos; pero todo esto era la irradiación de una luz tan potente y deslumbradora que no puedo explicar cómo pude mirarla. La Virgen permaneció algún tiempo en éxtasis; luego cubrió al Niño con un paño, sin tocarlo y sin tomarlo aún en sus brazos. Poco tiempo después vi al Niño que se movía y le oí llorar. En ese momento fue cuando María pare ció volver en sí misma y, tomando al Niño, lo envolvió en el paño con que lo había cubierto y lo tuvo en sus brazos, estrechándole contra su pecho. Se sentó, ocultándose toda ella con el Niño bajo su amplio velo, y creo que le dio el pecho. Vi entonces en torno a los ángeles, en forma humana, hincándose delante del Niño recién nacido para adorarlo.

natividad

Lugar donde nació Jesucristo.
Basílica de la Natividad, Belén

Cuando había transcurrido una hora desde el nacimiento del Niño Jesús, María llamó a José, que estaba aún orando con el rostro pegado a la tierra. Se acercó, postrándose, lleno de júbilo, de humildad y de fervor. Sólo cuando María le pidió que apretase contra su corazón el Don sagrado del Altísimo, se levantó José, recibió al Niño entre sus brazos, y derramando lágrimas de pura alegría, dio gracias a Dios por el Don recibido del Cielo.

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María fajó al Niño: tenía sólo cuatro pañales. Más tarde vi a María y a José sentados en el suelo, uno junto al otro: no hablaban, parecían absortos en muda contemplación. Ante María, fajado como un niño común, estaba recostado Jesús recién nacido, bello y brillante como un relámpago. "iAh, decía yo, este lugar encierra la salvación del mundo entero y nadie lo sospecha!"...

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He visto en muchos lugares, hasta en los más lejanos, una insólita alegría, un extraordinario movimiento en esta noche. He visto los corazones de muchos hombres de buena voluntad reanimados por un ansia, plena de alegría, y en cambio, los corazones de los perversos llenos de temores. Hasta en los animales he visto manifestarse alegría en sus movimientos y brincos. Las flores levantaban sus corolas, las plantas y los árboles tomaban nuevo vigor y verdor y esparcían sus fragancias y perfumes. He visto brotar fuentes de agua de la tierra. En el momento mismo del nacimiento de Jesús brotó una fuente abundante en la gruta de la colina del Norte...

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A legua y media más o menos de la gruta de Belén, en el valle de los pastores, había una colina... en las faldas de la colina estaban las chozas de tres pastores... Al nacimiento de Jesucristo vi a estos tres pastores muy impresionados ante el aspecto de aquella noche tan maravillosa; por eso se quedaron alrededor de sus cabañas mirando a todos lados...

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Entonces vieron maravillados la luz extraordinaria sobre la gruta del pesebre... mientras los tres pastores estaban mirando hacia aquel lado del cielo, he visto descender sobre ellos una nube luminosa,  dentro de la cual noté un movimiento a medida que se acercaba. Primero vi que se dibujaban formas vagas, luego rostros, y finalmente oì cantos muy armoniosos, muy alegres, cada vez más cla­ros. Como al principio se asustaran los pastores, apareció un ángel entre ellos, que les dijo: "No temáis, pues vengo a anunciaros una gran alegría para todo el pueblo de Israel. Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo, el Señor. Por señal os doy ésta: encontraréis al Niño envuelto en pañales, echado en un pesebre". Mientras el ángel decía estas palabras, el resplandor se hacía cada vez más intenso a su alrededor. Vi a cinco o siete grandes figuras de ángeles muy bellos y luminosos... oí que alababan a Dios cantando: "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad".

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Más tarde tuvieron la misma aparición los pastores que estaban junto a la torre. Unos ángeles también aparecieron a otro grupo de pastores cerca de una fuente, al Este de la torre, a unas tres leguas de Belén... los he visto consultándose unos a otros acerca de lo que lleva rían al recién nacido y preparando los regalos con toda premura. Llegaron a la gruta del pesebre al rayar el alba."

De: http://conocereisdeverdad.com/website/index.php?id=2562

Anuncio solemne de la Navidad

Navidad_

En la liturgia tradicional se canta hoy 24 de Diciembre, con pompa inusitada y en el Oficio de Prima, el anuncio oficial de la Navidad del Señor (“La Kalenda”) que trae el Martirologio y que textualmente dice:

Anno a creatione mundi, quando in principio Deus creavit caelum et terram, quinquies millesimo centesimo nonagesimo nono; a diluvio autem, anno bis millesimo nongentesimo quinquagesimo septimo; a nativitate Abrahae, anno bis millesimo quintodecimo; a Moyse et egressu populi Israel de Aegypto, anno millesimo quingentesimo decimo; ab unctione David in Regem, anno millesimo trigesimo secundo; Hebdomada sexagesima quinta, juxta Danielis prophetiam; Olympiade centesima nonagesima quarta; ab urbe Roma condita, anno septingentesimo quinquagesimo secundo; anno Imperii Octaviani Augusti quadragesimo secundo, toto Orbe in pace composito, sexta mundi aetate, Jesus Christus, aeternus Deus aeternique Patris Filius, mundum volens adventu suo piissimo consecrare, de Spiritu Sancto conceptus, novemque post conceptionem decursis mensibus (Hic vox elevatur, et omnes genua flectunt), in Bethlehem Judae nascitur ex Maria Virgine factus Homo. Nativitas Domini nostri Jesu Christi secundum carnem.

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En el año 5199  de la Creación del mundo,

cuando al principio creó Dios el cielo y la tierra;

en el 2957 del diluvio; en el 2015 del nacimiento de Abrahán;

en el 1510 de Moisés y de la salida del pueblo de Israel de Egipto;

en el 1031 de la unción del rey David;

en la semana 65 de la profecía de Daniel;

en la Olimpíada 194; en el año 752 de la fundación de Roma;

en el 42 del imperio de Octavio Augusto;

estando todo el orbe en paz;

en la sexta edad del mundo:

Jesucristo, Dios eterno e Hijo del eterno Padre,

queriendo consagrar al mundo con su misericordiosísimo Advenimiento,

concebido por el Espíritu Santo,

y pasados nueve meses después de su concepción,

nació, "hecho Hombre, de la Virgen María, en Belén de Judá",

(Se arrodillan todos los circunstantes, y prosigue el cantor en tono más agudo):

"Navidad de N. Señor Jesucristo según la carne".

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Música navideña

Algo de música para Navidad (clásicos y populares) de distintos países:

Bratislava Boys´ Choir: Adeste fideles

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Dulce Jesús Mío (Colombia)

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Hwelih Isho' (Cristo ha Nacido) Himno Caldeo

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Come All Ye (Adeste Fideles) En arameo-Caldeo

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Villancico Ruso (V lesu rodilas' yolochka)

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Antiguas Coplas y Villancicos españoles

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Stille Nacht (Noche de Paz) Alemania

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Vienna Boy Choir : Adeste Fideles

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Regensburger Domspatzen - Oh du fröhliche

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Noch Tikha - Quiet Night. Russian kolyadka

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Celtic Woman-Ding Dong Merrily On High!

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Celtic Woman-Little Drummer Boy

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Mireille Mathieu - LES ANGES DANS NOS CAMPAGNES

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Buon Natale. Piccolo coro. “Bianco Natale”

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Christmas Pontiaka Greek

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Betelehemu - African Children's Choir

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Jesus Christ The Apple Tree

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Idea original: Crux et Gladius

Navidad y Combate

Navidad

Por Juan Manuel de Prada – ABC. ESP.

“El odio a la Iglesia es tan antiguo como la propia Iglesia. Aquel «grupo heterogéneo de bárbaros, esclavos, pobres y gentes de poca importancia» -como describe Chesterton a los primeros cristianos- que empezó a propagar el Evangelio se topó enseguida con la agresividad de sus contemporáneos, que habían asistido, entre la indiferencia y la irrisión, al nacimiento de cientos de religiones extrañas. Pero ante aquellos chiflados que predicaban la resurrección de un Galileo reaccionaron de forma muy distinta: pronto descubrieron que eran demasiado importantes como para ignorarlos; pronto pusieron en marcha la primera persecución religiosa; pronto inventaron nuevas torturas para aquel grupo de chiflados portadores de una Buena Nueva.

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«Y, en aquella hora oscura -escribe Chesterton, con palabras dignas de ser cinceladas en el mármol-, brilló sobre ellos una luz que nunca se ha oscurecido, un fuego blanco que se aferra a ese grupo como una fosforescencia extraterrenal, haciendo brillar su rastro por los diversos crepúsculos de la historia; ese rayo de luz y ese relámpago por el que el mundo mismo ha golpeado, aislado y coronado a ese grupo; por el que sus propios enemigos le han hecho más ilustre y sus propios críticos le han hecho más inexplicable: el halo del odio alrededor de la Iglesia de Dios».

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Ese halo del que hablaba Chesterton a veces se reviste con los tintes trágicos del martirio; a veces con los chafarrinones grotescos de la chabacanería y la burricie (...)

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Aunque la iconografía cristiana ha querido recordar la Navidad como la manifestación de una paz que anega los corazones de los hombres, lo cierto es que la Navidad también es una declaración de guerra sin cuartel al Enemigo, que inspira a Herodes designios criminales, sabedor de que esa noche ha comenzado la cuenta atrás de su dominio. Los hombres de buena voluntad -los ingenuos pastores, los magos venidos de Oriente- celebraron con alborozo la llegada de Jesús; pero nadie lo celebró tan a lo grande como Herodes, quizá porque nadie lo aguardaba con tanto horror. La Navidad no es tan sólo un acontecimiento festivo o pacifista; hay algo en ella retador, algo que obliga al Mal a retorcerse en su nido de áspides, algo que hace que las bruscas campanas de la medianoche suenen como los cañonazos de una batalla que acaba de ganarse (…)

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Y, como ya conocen su derrota, sólo les resta el consuelo, triste consuelo, de condecorar a la Iglesia con su odio, que refulge en la bóveda de la noche con una fosforescencia extraterrenal.”

Carlomagno y la Navidad del año 800

Carlomagno y Jerusalén

Un monje, que venía de Jerusalén, le llevó a Carlomagno, de parte del patriarca, su bendición y reliquias reunidas sobre el lugar de la Resurrección de Nuestro Señor. El rey, residiendo en Aquisgrán, celebró la fiesta de Navidad. Despidió al monje, que deseaba volver, y le hizo acompañar por un tal Zacarías, presbítero del palacio, al que encargó llevar sus ofrendas a los Santos Lugares.

carlomagno 16

Ese mismo día (23 de Diciembre), Zacarías, al que había enviado a Jerusalén, llegó a Roma, acompañado de dos monjes, uno del Monte de los Olivos, el otro de San Sabas, que el patriarca hizo ir con él. Estos presentaron al rey la bendición del patriarca, las llaves del Santo Sepulcro y del Calvario, así como el estandarte sagrado. El rey los retuvo durante algunos días, habiéndolos recibido con bondad, y, cuando le expresaron su deseo de volver, los despidió con regalos.

Carlomagno en Roma antes de la Coronación

En la víspera del día en que debía llegar (Carlomagno) a Roma, el Papa León acompañado de los romanos le salió al encuentro en Nomentum, que está a doce millas de la ciudad, y lo recibió con mucho respeto y consideraciones. Comió con él en este sitio carlomagno 2y en seguida partió para precederlo en su llegada a Roma. Al día siguiente le esperó en las gradas de la basílica de San Pedro Apóstol, mientras los estandartes de la ciudad de Roma eran enviados al encuentro de Carlomagno, mientras grupos de peregrinos, así como habitantes, se colocaban en sitios convenientemente escogidos para aclamar a aquel que llegaba. Fue el Papa en persona, acompañado del clero y sus obispos, quien recibió al rey al descender del caballo y en el momento en que éste subía las gradas. Después de haber pronunciado una arenga, lo condujo a la basílica de San Pedro Apóstol, en medio de los cánticos de toda la asistencia. Esto ocurría el 8 de las calendas de Diciembre (24 de Noviembre).

Siete días más tarde el rey convocó una asamblea donde dio a conocer por qué había venido a Roma; en seguida se ocupó todos los días de los asuntos para los cuales había venido. Lo más importante y lo más difícil -y fue aquello por donde se comenzó- era una investigación sobre las acusaciones presentadas contra el Papa. (León III había sido acusado de perjurio y adulterio). No habiendo nadie querido rendir pruebas de estas acusaciones, el Papa escaló el ambón llevando el Evangelio ante todo el pueblo reunido en la basílica de San Pedro Apóstol y después de haber invocado la Santa Trinidad, se excusó por juramento de las acusaciones hechas en su contra.

Coronación de Carlomagno

El santo día de Navidad, sin saberlo nuestro señor Carlos, cuando se levantaba de la oración que acababa de hacer, antes de la misa, delante de la confesión de San Pedro, el Papa le impuso una corona sobre la cabeza, y fue aclamado por todo el pueblo romano: "A Carlos, Augusto, coronado por Dios, grande y pacífico emperador, vida y victoria".

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Después de estos acontecimientos, el día de la festividad del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, se reunieron todos de nuevo en la susodicha basílica de San Pedro apóstol. Entonces el venerable y benévolo prelado le coronó con sus propias manos con una magnífica corona. Entonces todos los fieles, viendo la protección tan grande y el amor que tenía a la Santa Iglesia Romana y a su vicario, unánimemente gritaron en alta voz, con el beneplácito de Dios y del bienaventurado San Pedro, portero del Reino Celestial: ¡A Carlomagno, piadoso augusto, por Dios coronado, grande y pacífico emperador, vida y victoria! Ante la sagrada confesión del bienaventurado San Pedro apóstol, invocando la protección de todos los santos, por tres veces fue pronunciado este grito, y fue proclamado por todos emperador de los romanos. Inmediatamente después el santísimo prelado y pontífice ungió con los santos óleos al rey Carlos, su excelentísimo hijo, en el día ya señalado de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.

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El santo día de la Natividad de Nuestro Señor, el rey vino a la basílica del bienaventurado Pedro, apóstol, para asistir a la celebración de la misa. En el momento en que, ubicado delante del altar, se inclinó para orar, el Papa León le puso una corona sobre la cabeza, y todo el pueblo romano exclamó: "A Carlos Augusto, coronado por Dios, grande y pacífico emperador de los romanos, vida y victoria". Y desde entonces, Carlos, dejando el nombre de Patricio, lleva el de Emperador y Augusto.

Y como entonces el título imperial estaba vacante en el país de los griegos y una mujer ejercía los poderes imperiales, le pareció al mismo Papa León y a todos los santos padres que estaban presentes en el Concilio como también a todo el pueblo cristiano, que convenía dar el nombre de emperador al rey de los francos, Carlos, que tenía en su poder la ciudad de Roma donde los emperadores habían siempre tenido la costumbre de residir, como también Italia, Galia y Germania. Habiendo el Dios Todopoderoso consentido en poner a todos bajo su autoridad, les pareció justo que con la ayuda de Dios y conforme al ruego de todo el pueblo cristiano, llevase él también el nombre de emperador. A esta petición el rey Carlos no quiso oponerse, sino que se sometió humildemente a Dios al mismo tiempo que los votos de los padres y del pueblo cristiano, recibió el día de Navidad el nombre de emperador con la consagración del Papa León. Al aproximarse el verano, se dirigió hacia Ravenna, restaurando por todas partes el derecho y la paz; de allá, regresó a Francia, a su residencia.

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El último viaje que Carlos hizo a Roma tuvo, pues, otras causas. Los romanos habían colmado de violencias al pontífice León -saltándole los ojos y cortándole la lengua- y le habían constreñido a implorar la ayuda del rey. Viniendo pues a Roma para restablecer la situación de la Iglesia, fuertemente comprometido por estos incidentes, pasó allí el invierno. Fue entonces que recibió el título de emperador y de augusto. Se mostró al principio tan descontento que habría renunciado, afirmaba, a entrar en la Iglesia ese día, bien que era día de gran fiesta, si hubiera sabido de antemano el plan del pontífice. No soportaba sino con una gran paciencia la envidia de los emperadores romanos, que se indignaron por el título que había tomado, y gracias a su magnanimidad que tanto lo elevaba por sobre ellos, llegó, enviándoles numerosas embajadas y dándoles el título de "hermanos" en sus cartas, a vencer finalmente su resistencia.

Ese mismo año (799), unos romanos emparentados al bienaventurado Papa Adriano, se amotinaron contra el Papa León y habiéndose apoderado de él, le vaciaron los ojos. No pudieron, sin embargo, cegarlo completamente ya que, llenos de piedad por él, le perdonaron. León huyó entonces donde Carlos, rey de los francos, que castigó duramente a los enemigos del Papa y restableció a este último en su sede: en ese momento Roma cayó bajo el poder de los francos, y así seguirá estándolo. En recompensa, León coronó a Carlos emperador de los Romanos en la Iglesia del Santo Apóstol, lo ungió con óleo desde la cabeza a los pies, lo vistió además con los vestidos imperiales y le impuso la diadema, el 25 de Diciembre, indiction IX (800).

Laudes Galo-Francos

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"Cristo es vencedor, Cristo es rey, Cristo es emperador. ¡Cristo, acógenos!

A León, pontífice supremo y Papa universal, ¡vida! ¡Salvador del mundo, ayúdalo! San Pedro, San Pablo, San Andrés, San Clemente, San Sixto.

A Carlos, el muy excelente, coronado por Dios, grande y pacífico rey de los francos y de los lombardos, Patricio de los Romanos: ¡Vida y victoria! ¡Redentor del mundo, ayúdalo! Santa María, San Gabriel, San Miguel, San Rafael, San Juan, San Esteban.

A la muy noble descendencia real: ¡Vida! Santa Virgen de las Vírgenes, ayúdala. San Silvestre, San Lorenzo, San Pancracio, San Názaro, Santa Anastasia, Santa Genoveva, Santa Columba.

A todas las autoridades y a todo el ejército de los francos: ¡Vida y victoria! San Hilario, ayúdalos. San Martín, San Mauricio, San Dionisio, San Crispín, San Crispiniano, San Jerónimo.

Cristo es vencedor, Cristo es rey, Cristo es Emperador. Nuestra liberación y redención: Cristo es vencedor. Rey de los Reyes, nuestro Rey, nuestra esperanza, nuestra gloria, nuestra misericordia, nuestro socorro, nuestra valentía, nuestra liberación y redención, nuestra victoria, nuestras armas muy invencibles, nuestro muro inexpugnable, nuestra defensa y nuestra exaltación, nuestra luz, nuestra vía y nuestra vida.

A él sólo, imperio, gloria y poder a través de los siglos inmortales. A él sólo virtud, fuerza y victoria en todos los siglos. A él sólo honor, alabanza y júbilo a través de los siglos sin fin.

Cristo escúchanos. (Tres veces) Señor ten piedad. (Tres veces) (A la intención del rey) ¡Sea feliz! (Tres veces) ¡Puedas tú conocer tiempos prósperos! (Tres veces) ¡Largos años!

¡Amén!"

Formulario de los años 796-800, E.D. Kantorowicz, Laudes Regiae

Carlomagno y Constantino juntos ¿Milagro?

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Concretamente en el siglo XV se cegó una vidriera de la capilla de la Consolación o de San Antonio y se realizó la vidriera de San Clemente y San Antonio. Sin embargo, esta capilla estuvo dedicada a Saint-Charles, San Carlomagno, que recibió culto en diferentes iglesias españolas. En la vidriera de La Cacería la figura de rey a caballo, situada en la parte superior de la segunda lanceta comenzando por la derecha, que Gómez Moreno supuso que era Alfonso X, es, en realidad, Carlomagno, representado a caballo con el globo y la corona de espinas. En la "Historia del viaje de Carlomagno a Constantinopla" se describe cómo el emperador Constantino se apareció en un sueño a Carlomagno, que había llegado a las puertas de Constantinopla, y le hace entrega de la corona de espinas de Cristo.

¿San Carlomagno?

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San Carlomagno, emperador, 814, Aix-la-Chapelle. La biografía de Carlomagno (nació en 742; fue rey de los francos desde 786 y primer emperador del Sacro Imperio Romano en 800; murió en 814), forma parte de la historia general.

Es digno de notarse que Santa Juana de Arco asociaba a "San Carlomagno" en su devoción a San Luis de Francia, y que en 1475, la fiesta de Carlomagno empezó a ser de obligación en toda Francia.

Próspero Lambartini, que fue más tarde Benedicto XIV, discute el punto con cierta extensión en su obra sobre la beatificación y canonización, y concluye diciendo que puede atribuirse con justicia el título de bienaventurado a tan gran defensor de la Iglesia y del Papado.

Sin embargo, en la actualidad sólo celebran la fiesta de Carlomagno la diócesis de Aquisgrán y dos abadías suizas.

Carlomagno: su obra

1. A los obispados se les devolvieron los bienes eclesiásticos que les había arrebatado el Estado bajo los predecesores de Carlomagno o se les ofreció una compensación. Además, Carlomagno se cuidó de que la Iglesia tuviera otros ingresos; para las necesidades de culto, por ejemplo, se instituyeron los diezmos.

2. Desde la Antigüedad cristiana hubo donaciones a iglesias y monasterios en distintas formas. Pero en el Medievo germánico, preferentemente agrario, ejercieron tal influencia en la vida eclesiástica y en su desarrollo, que podemos calificarlas no sólo de económicamente importantes, sino de religiosamente decisivas para el Medievo cristiano.

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a) El que Carlomagno y, después de él, los reyes alemanes y emperadores romanos fueran llamados tutores o protectores de la Iglesia significó, también bajo este aspecto, algo más que un mero título honorífico: ¡este título fue expresión de un dominio real sobre las iglesias, abadías, etc., fundadas por el soberano que lo llevaba o por sus predecesores, y no menos sobre el Estado de la Iglesia e incluso sobre el propio papado (hasta Gregorio VII)!

Dentro de este marco organizativo debía florecer, tal era la voluntad de Carlomagno, una exuberante vida religiosa, eclesial e intelectual. Nadie hubo más insatisfecho que él con la letra de los acuerdos. Personalmente se preocupó de llevarlos a la práctica, y todo ello dentro de un plan determinado, del que también formaba parte imprescindible el control mediante visitadores. La mejor ilustración de esta actividad nos la ofrece la institución de los missi, que Carlos erigió en institución permanente. De ordinario, estos «mensajeros» reales aparecían de dos en dos: un conde y un obispo o abad (expresión del poder secular y espiritual del emperador). Su competencia no se limitaba a una vigilancia: administraban la justicia y restablecían el orden dondequiera que estuviera perturbado. Se interesaban de igual manera por la vida privada de los obispos y sacerdotes que por la administración regular de la justicia o la exactitud de los pesos y medidas. Examinaban a los seglares de su conocimiento del Credo y del Padrenuestro e investigaban su moral tributaria.

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b) Carlos se cuidó de que los estímulos dados fuesen duraderos y se transmitiesen a la posteridad; por eso creó también escuelas. En todas las catedrales e iglesias conventuales tuvo que erigirse una. La mayoría de ellas debían enseñar únicamente cosas elementales. Pero otras tuvieron metas más elevadas; constituyeron una especie de academia o seminario para las nuevas generaciones de clérigos y laicos. Las más importantes fueron las escuelas palatinas de Aquisgrán, Fulda San Galo, Corbeya y Tours.

carlomagno 1c) Carlos tenía un personal interés por la cultura. Como es natural, sus colaboradores tuvo que buscarlos primeramente fuera del país. Los dos más importantes se los trajo de Italia: Paulo el diácono, el historiador de los longobardos, y Alcuino († 804), su «ministro de instrucción», a quien encontró en Parma. Este anglosajón trajo a la corte carolingia toda la cultura de la época, que había alcanzado gran altura precisamente en la Iglesia inglesa. Aunque Alcuino no fue un espíritu creativo, se cuidó esforzadamente de conservar para los siglos posteriores, tanto en el campo de la dogmática, de la exégesis y de la liturgia como de otras ciencias, una gran cantidad de conocimientos (brindando así grandes posibilidades de continuidad). Sus dos alumnos más aventajados fueron Eginardo y Rabano Mauro († 856). Alcuino murió en Tours, uno de los más importantes centros de su actividad.

d) Carlomagno también hizo que los monasterios se incorporasen a este proceso de renacimiento espiritual. Incluso es preciso decir que según él los monasterios debían ser no tanto planteles de vida religiosa como focos de cultura económica, científica y artística. Ante todo reactivó fuertemente el trabajo de transcripción de manuscritos, una tarea modesta, sí, pero de inconmensurable alcance y de inapreciable influencia durante toda la Edad Media. Sin Carlomagno muchos documentos de la literatura clásica se hubieran perdido irremisiblemente para la humanidad. Sin aquel trabajo de transcripción apenas hubiera podido desarrollarse entonces y en los siglos posteriores el contacto vivo y la fecundación espiritual recíproca de los distintos monasterios y las diversas sedes episcopales, de la vida teológica al uno y al otro lado de los Alpes.

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Trono de Carlomagno

3. La evolución discurrió orgánicamente, pues recogió y aprovechó lo más valioso de los tiempos precedentes gracias a la intuición y la fuerza de voluntad de la figura genial de Carlomagno. Lo que Dehio nos dice de las sugerencias de Carlomagno en el campo del arte tiene valor general: «Carlomagno, obligando a su pueblo franco a la recepción de lo antiguo, no sólo sacó de su punto muerto todo el arte teutónico, sino todo el arte occidental. Su nombre es el primer nombre individual que hay que consignar en la historia del arte alemán, y a juzgar por los efectos que de él dimanaron, el mayor. Ningún artista ha alcanzado la altura de este no-artista en ese sentido».

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Naturalmente, como no podía por menos de ser en esta primera época, el resultado no superó los límites del grado elemental. En efecto, Carlomagno no creó una cultura popular verdaderamente profunda, sino el «renacimiento carolingio». Además, su obra se basó en exceso en la sola y exclusiva personalidad individual del emperador. Para muchas de sus creaciones su muerte significó la pérdida de casi toda posibilidad de vida. Y, sin embargo, ¡cuántas semillas preciosas -que producirían su fruto en un futuro lejano- germinaron de esta siembra a lo largo del siglo que siguió a este renacimiento de la cultura latina fecundada por el espíritu germánico! Una vez muerto Carlomagno, se originó una especie de contienda sobre la necesidad o utilidad de una formación accesible a todos. Mientras que el partido más fuerte quería reservar esta posibilidad sólo para los clérigos y monjes, por la otra parte se impusieron, de una forma cuando menos pasable, las llamadas «escuelas externas».

Pero lo que ante todo hizo perdurar lo sustancial al menos de los admirables estímulos de Carlos, fue la verdad cristiana regularmente predicada y su presentación en la liturgia, así como la teología de los monasterios y las escuelas. En aquella reacción no debemos pasar por alto la fuerza de interiorización monástico-espiritual de aquí emanada.

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Signos: 1) Territorios heredados por Carlomagno; 2) Territorios conquistados por Carlomagno; 3) Territorios más o menos dependientes del Imperio carolingio; 4) Marcas defensivas del Imperio; 5) Líneas de resistencia del Imperio.

Carlos se preocupó también de la vida directamente religiosa tanto en los conventos como en las parroquias.

Fueron de gran importancia sus esfuerzos por introducir la Regla de san Benito. Mandó preparar una colección de sermones modélicos para los párrocos, para que la predicación fuese más fructífera. Hizo traer de Roma libros litúrgicos. Alcuino reelaboró el Rituale Romanorum, que, a su vez, fue aceptado por Roma, y aún hoy, en buena parte, está en vigor. La celebración litúrgica, un medio excelente, tal vez el más importante para la educación del pueblo inculto, durante toda la Edad Media, fue embellecida con el canto. Se renovó la penitencia pública por delitos graves, se recomendó encarecidamente la confesión. Para las transgresiones de determinados mandamientos de la Iglesia (por ejemplo, la prohibición de la carne en los días de abstinencia) se estableció incluso la pena de muerte. A los seglares se les exigía un mínimo de formación religiosa. La caridad se organizó de forma más fija (las leyes de Carlomagno prescriben taxativamente que una parte de los bienes de la Iglesia se ha de emplear para los pobres).

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4. Para estas diversas actividades fueron de suma importancia los cinco viajes que Carlos hizo a Italia, cuatro de los cuales le llevaron a Roma, que continuaba siendo, pese a los saqueos de los godos y longobardos, la ciudad, rodeada de un esplendor único desde el punto de vista artístico, litúrgico-religioso y hasta político. Aún se mantenían en pie muchos templos, palacios y otras magníficas creaciones del arte antiguo en mármol y bronce. Rávena mostraba la sublime fascinación de sus mosaicos, en los que podía admirarse a la vez una parte de la excelsa y sagrada dignidad imperial de la Roma oriental. En los templos de estas ciudades la liturgia desplegaba una magnificencia y solemnidad diferente de los del Norte rural. Para el capacitadísimo soberano, que procedía de las cortes de Austrasia, hubo de ser como el contacto con una nueva vida. Sin estas visitas, en las cuales sin duda el plasmador del naciente Occidente también se vio impresionado por la avanzada cultura del Oriente (¡Rávena!), no hubiera surgido la catedral de Aquisgrán, que había de ser, como la de Santa Sofía de Bizancio, la Iglesia palatina y estatal de Carlos (modelo inmediato: San Vital de Rávena). Tampoco hay que infravalorar la impresión que estos viajes producirían en el séquito de Carlomagno.

a) No es preciso insistir en los muchos «beneficios» que las ya indicadas disposiciones del emperador proporcionaron a la Iglesia. Los altos títulos religiosos que se le concedieron y de los que volveremos a hablar son también una muestra de reconocimiento por este aspecto de su obra.

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Mas ya en el reino merovingio, desde Clodoveo, se había establecido un cierto derecho de intervención en los asuntos eclesiásticos. Los reyes francos, desde su bautismo, figuraron como los paladines natos de la fe católica. Cuando los obispos francos y luego el mismo papa Esteban ungieron a Pipino, aquel encargo se convirtió, más allá de los convenios jurídicos estipulados, en un «derecho» objetivamente sagrado.

Carlos entendió su obra también en este sentido; más aún, como un mandato especial e inmediato de Dios de dirigir al pueblo cristiano. Y en este aspecto, como ya hemos dicho, no sólo fue servidor de la Iglesia, sino también su señor, y a veces de modo violento.

b) Con su idea del reino universal (occidental) por la gracia de Dios, Carlos dio por vez primera configuración universal a uno de los objetivos principales de la Iglesia del Medievo (crear la unidad cristiana occidental). Esto resultó luego tan importante, más aún, tan imprescindible para la actuación de la Iglesia medieval.

Además, entre los papas de aquel tiempo no hubo ninguna personalidad capaz de llevar a cabo la tan gigantesca como inaplazable tarea acometida por Carlomagno, aparte de que el papado carecía de los medios políticos y económicos necesarios para ello.

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c)Esta justificación general de fondo debe ser aún delimitada con algunas consideraciones. Carlos confirió por sí mismo, soberanamente, casi todas las sedes episcopales y abadías (incluso a seglares). Es cierto que era muy exigente con los candidatos (a quienes sometía a severos y repetidos exámenes), pero lo que ante todo exigía de los investidos era el servicio al Estado (alistamiento en el ejército; participación personal en la guerra; hospitalidad al rey en sus viajes).

Pero, a pesar de todo, Carlos no fue un representante del cesaro-papismo. No pretendió suprimir los derechos de la Iglesia, sino subordinarlos totalmente al Estado en beneficio de toda la comunidad. Basándose en san Agustín, deseaba que la Iglesia y el mundo pudieran hallarse en la unidad de la civitas Dei,en la cual corresponde a lo espiritual el primado sobre lo secular. Aquí encontramos notables afinidades con la concepción papal. Posteriormente, con Gregorio VII, este concepto dará un giro a favor de la hierocracia papal.

En este período de fundamentación, y aún bajo el reinado de Carlos, tales tendencias no significaban todavía un peligro especialmente grave. Pero cuanto en el régimen unitario universal de Carlos fue inevitable históricamente, con el tiempo tenía que resultar sumamente peligroso: fatalmente tenía que obstaculizar el libre desarrollo de la vida eclesial, es decir, con la mezcla de ambas esferas no se podían satisfacer las exigencias de la vida de la Iglesia. La futura diferenciación de las dos partes habría de demostrar cuán perjudiciales podían o debían resultar luego los principios establecidos por Carlos para bien de la Iglesia.

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Esto trasciende, bajo otro aspecto, la participación de Carlos en el desarrollo histórico: también la jerarquía, por su parte, vivía en función de una idea de unidad universal. Así como el soberano Carlos la puso al servicio de lo cultural y político, así también el papado, siguiendo su propio programa (de dirigir directamente toda la realidad), sucumbía a la secularización, pese a haber alcanzado ya la libertad.

d) Además, Carlos se presentaba como protector de la fe ortodoxa. Por aquel entonces había atravesado los Pirineos la herejía de Félix de Urgel, una especie del conocido adopcionismo de los primitivos tiempos cristianos En Roma no se prestó ninguna atención a la herejía. Carlos, entre tanto, ordenó a Alcuino que la refutase y la hizo condenar en diversos concilios franco-imperiales, incluso en el de Francfort (794).

Carlomagno, «el más sublime de los emperadores coronados por Dios», fue un verdadero cristiano, lo dicho lo confirma.

Alcuino, Epístola Nº41

Bienaventurada, dijo el salmista, la nación de la que Dios es el Señor; bienaventurado el pueblo exaltado por un caudillo y sostenido por un predicador de la fe, cuya mano diestra blande la espada de las victorias y cuya boca hace resonar la trompeta de la verdad católica. Así como en otro tiempo David, elegido de Dios para rey del pueblo, que entonces era su pueblo escogido..., sometió a Israel, con la espada victoriosa, a las naciones cercanas y predicó entre los suyos la ley divina.

De la noble estirpe de Israel brotó, para la salvación del mundo, la rosa de Sarón y el lirio de los valles, el Cristo, a quien en nuestros días, el nuevo pueblo que El ha hecho suyo, debe otro rey David. Con el mismo nombre, animado de la misma virtud y de igual fe, éste es ahora nuestro caudillo y nuestro jefe: un jefe a cuya sombra el pueblo cristiano se refrigera en la paz y que por doquier inspira el terror de las naciones paganas; un caudillo cuya devoción no cesa de fortificar por su firmeza evangélica la fe católica contra los herejes, velando porque nada contrario a la doctrina de los Apóstoles venga a introducirse en cualquier lugar y dedicándose a hacer resplandecer por todas partes esta fe católica a la luz de la gracia celestial...

Fuente: http://www.geocities.com/CollegePark/Square/3602/carlos.html

Ordenaciones sacerdotales en el rito tradicional

El pasado sábado 18-12-2010 en el Seminario de La Reja (FSSPX-Argentina) Mons. Bernard Tissier de Mallerais ordenó 5 nuevos sacerdotes en una ceremonia que duró aproximadamente unas 4 horas. Las fotografías que tomamos son del sitio web oficial del distrito América del Sur de la FSSPX.

Procesión de entrada Ordenacion sacerdotal

Sermón de S.E.R. Mons. Bernard Tissier de Mallerais

Ordenacion sacerdotal

Los neopresbíteros rodean a su Obispo

Ordenacion sacerdotal Ordenacion sacerdotal

Postración durante las Letanías de los Santos

Ordenacion sacerdotal

Los neopresbíteros reciben la casulla

Ordenacion sacerdotal

Ceremonia de la imposición de manos:
30 sacerdotes impusieron sus manos a los ordenandos

Ordenacion sacerdotal Ordenacion sacerdotal

Ordenacion sacerdotal

Ordenacion sacerdotal

Continuación de la ceremonia

Ordenacion sacerdotal

La incensación al Obispo

Ordenacion sacerdotal

Los nuevos sacerdotes con sus sacerdotes asistentes

Ordenacion sacerdotal Ordenacion sacerdotal

La consagración

Ordenacion sacerdotal

Los ordenandos concelebran la Misa

Ordenacion sacerdotal

Los nuevos sacerdotes reciben el poder de confesar

Ordenacion sacerdotal

Monición final

Ordenacion sacerdotal

Procesión de salida

Ordenacion sacerdotal

R.P. Héctor Guiscafré, de México

Ordenacion sacerdotal

R.P. Carlos Caliri, de Argentina

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R.P. Carlos Ramírez, de Colombia

Ordenacion sacerdotal

R.P. Fabio Calixto, de Brasil

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R.P. Juan Martín Albisu, de Argentina

Ordenacion sacerdotal

Monseñor Bernard Tissier de Mallerais

Ordenacion sacerdotal

El Seminario rodea a los nuevos sacerdotes

Ordenacion sacerdotal

Los neopresbíteros bendicen a sus padres

Ordenacion sacerdotal

Ordenacion sacerdotal

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