31 de octubre de 2010

El Reino de Cristo

Plinio Correa de Oliveira

La Iglesia Católica fue fundada por Nuestro Señor Jesucristo para perpetuar entre los hombres los beneficios de la Redención.

Cristo Rey

Por lo tanto, la finalidad de la Iglesia  se identifica con la misma finalidad de la Redención. Esto es:
   1º Expiar los pecados de los hombres por los méritos infinitamente preciosos del Hombre-Dios;
   2º Restituir así a Dios la gloria extrínseca que el pecado le había robado y;
   3º Abrir a los hombres las puertas del cielo.
   Esta finalidad se realiza toda en el plano sobrenatural, y con vistas a la vida eterna. Ella trasciende absolutamente todo cuanto es meramente natural, terreno, perecible. Fue lo que Nuestro Señor Jesucristo afirmó, cuando dijo a Pilatos: “Mi reino no es de este mundo”. (Juan, XVIII, 36)

Cristo Rey

   La vida terrena, por lo tanto, se diferencia profundamente de la vida eterna. Sin embargo, estas dos vidas no constituyen dos planos absolutamente aislados uno del otro. Hay en los designios de la Providencia una relación íntima entre la vida terrena y la eterna. La vida terrena es el camino, la vida eterna es el fin. El Reino de Cristo no es de este mundo, pero es en este mundo que está el camino por el cual llegaremos a él.

   Así como la Escuela Militar es el camino para la carrera de las armas, o el noviciado es el camino para el definitivo ingreso en una orden religiosa, así la tierra es el camino para el cielo.

Cristo Rey

   Tenemos un alma inmortal, creada a imagen y semejanza de Dios. Esta alma es creada con un tesoro de aptitudes naturales para el bien, enriquecidas por el bautismo con el don inestimable de la vida sobrenatural de la gracia, que nos hace hijos de Dios y herederos del cielo. Nos compete, durante esta vida, desarrollar hasta su plenitud estas aptitudes para el bien. Con esto, nuestra semejanza con Dios, que era en algún sentido aun incompleta y meramente potencial, se torna plena y actual.

   La semejanza es la fuente del amor. Haciéndonos plenamente semejantes a Dios, somos capaces de amarlo plenamente y de atraer sobre nosotros la plenitud de su amor.

   Quedamos así, preparados para la contemplación de Dios cara a cara, y para aquél eterno acto de amor, plenamente feliz, para el cual somos llamados en el cielo.

   La vida terrena es, pues, un noviciado en que preparamos nuestra alma para su verdadero destino, que es ver a Dios cara a cara y amarlo por toda la eternidad.

   Presentando la misma verdad en otros términos, podemos decir que Dios es infini-tamente puro, infinitamente justo, infinitamente fuerte, infinitamente bueno. Para amarlo, debemos amar la pureza, la justicia, la fortaleza, la bondad. Si no amamos la virtud, ¿cómo podemos amar a Dios que es el Bien por excelencia? Por otro lado, siendo Dios el sumo Bien, ¿cómo puede El amar el mal? Siendo la semejanza la fuente del amor, ¿cómo puede amar El a quien es totalmente desemejante a El, a quien es consciente y voluntariamente injusto, cobarde, impuro, malo?

   Dios debe ser adorado y servido sobretodo en espíritu y en verdad (Juan, IV, 25). Así, es necesario que seamos puros, justos, fuertes buenos, en lo más íntimo de nuestra alma. Pero si nuestra alma es buena, todas nuestras acciones lo deben ser necesariamente, pues el árbol bueno no puede producir sino frutos buenos (Mateo, VII, 17-18). Así, es absolutamente necesario, para que conquistemos el cielo, no sólo que en nuestro interior amemos el bien y detestemos el mal, sino que por nuestras acciones practiquemos el bien y evitemos el mal.

   Pero la vida terrena es más que el camino de la eterna bienaventuranza. ¿Qué haremos en el cielo? Contemplaremos a Dios cara a cara a la luz de la gloria, que es la perfección de la gracia, y Lo amaremos eternamente y sin fin. Ahora bien, el hombre ya goza de la vida sobrenatural en esta tierra por el bautismo. La fe es una semilla de la visión beatífica. El amor de Dios, que el hombre practica creciendo en la virtud y evitando el mal, ya es el propio amor sobrenatural con que él adorará a Dios en el cielo.

El ideal de la perfección social

   Si admitiéramos que en determinada población la generalidad de los individuos practicase la ley de Dios, ¿qué efecto se puede esperar de allí para la sociedad?

Cristo Rey

   Esto equivale a preguntarse si, en un reloj, cada pieza trabaja según su naturaleza y su fin, ¿qué efecto se puede esperar de allí para el reloj? O, si cada parte de un todo es perfecta, ¿qué se debe decir del todo?

   Hay siempre un riesgo en ejemplificar con cosas mecánicas, en asuntos humanos. Atengámonos a la imagen de una sociedad en que todos los miembros fuesen buenos católicos, trazada por San Agustín: imaginemos “un ejército constituido por soldados como los forma la doctrina de Jesucristo, gobernadores, maridos, esposos, padres, hijos, maestros, siervos, reyes, jueces, contribuyentes, cobradores de impuestos como los quiere la doctrina cristiana. ¡Y osen (los paganos) aún decir que esa doctrina es opuesta a los intereses del Estado! Por el contrario, deben reconocer sin dudar que ella es una gran salvaguarda para el Estado, cuando es fielmente observada” (Epist. CXXXVII, al. 5 ad Marcellinum, cap. II, n.15).

   Y en otra obra, el santo doctor apostrofando la Iglesia Católica exclama: “Conduces e instruyes a los niños con ternura, a los jóvenes con rigor, los ancianos con calma, como compete a la edad no solo del cuerpo sino también del alma. Sometes a las esposas a sus maridos, por una casta y fiel obediencia, no para saciar la pasión, sino para propagar la especie y constituir la sociedad doméstica. Confieres autoridad a los maridos sobre las esposas, no para que abusen de la fragilidad de su sexo, sino para que sigan las leyes de un sincero amor. Subordinas los hijos a los padres por una tierna autoridad. Unes no solo en sociedad, mas en una como que fraternidad los ciudadanos a los ciudadanos, las naciones a las naciones, y los hombres entre sí, por el recuerdo de sus primeros padres. Enseñas a los reyes a velar por los pueblos y prescribes a los pueblos que obedezcan a los reyes. Enseñas con solicitud a quien se debe la honra, a quien el afecto, a quien el respeto, a quien el temor, a quien el consuelo, a quien la advertencia, a quien el estímulo, a quien la corrección, a quien la reprimenda, a quien el castigo; y haces saber de qué modo, si no todas las cosas a todos se deben, a todos se debe la caridad y a nadie la injusticia” (De Moribus Ecclesiae, cap. XXX, n.63).

   Sería imposible describir mejor el ideal de una sociedad enteramente cristiana. ¿Podría en una sociedad el orden, la paz, la armonía, la perfección ser llevada a límite más alto? Una rápida observación nos basta para completar el asunto. Si hoy en día todos los hombres practicasen la Ley de Dios, ¿no se resolverían rápidamente todos los problemas políticos, económicos, sociales que nos atormentan? ¿Y qué solución se podrá esperar para ellos mientras los hombres viviesen en la inobservancia habitual de la Ley de Dios?

Cristo Rey

   Se podría uno preguntar, ¿la sociedad humana realizó alguna vez este ideal de perfección? Sin duda que sí. Lo dice el inmortal Papa León XIII: operada la Redención y fundada la Iglesia, “como que despertando de antigua, larga y mortal letargia, el hombre percibió la luz de la verdad que había procurado y deseado en vano durante siglos; reconoció sobre todo que había nacido para bienes mucho más altos y mucho más magníficos que los bienes frágiles y perecibles que son alcanzados por los sentidos, y en torno a los cuales había hasta entonces circunscrito sus pensamientos y sus preocupaciones. Comprendió que toda la constitución de la vida humana, la ley suprema, el fin a que todo se debe sujetar, es que, venidos de Dios, un día debamos retornar a El.”

   “De esta fuente, sobre este fundamento, se vio renacer la conciencia de la dignidad humana; el sentimiento de que la fraternidad social es necesaria hizo entonces pulsar los corazones; en consecuencia, los derechos y los deberes alcanzaron su perfección, o se fijaron íntegramente, y, al mismo tiempo, en diversos  puntos se expandieron virtudes tales, como la filosofía de los antiguos ni siquiera pudo jamás imaginar. Por esto, los designios de los hombres, la conducta de la vida, las costumbres, tomaron otro rumbo. Y cuando el conocimiento del Redentor se expandió a lo lejos, cuando su virtud hasta las fibras íntimas de la sociedad, disipando las tinieblas y los vicios de la antigüedad, entonces se operó aquella transformación que, en la era de la Civilización Cristiana, mudó enteramente la faz de la tierra” (León XIII, Encíclica “Tamesti futura prospiscientibus”, 1/IX/1900).

   El Reino de Dios se realiza en su plenitud en el otro mundo. Pero para todos nosotros, él se comienza a realizar en estado germinativo ya en este mundo. Tal como en un noviciado ya se practica la vida religiosa, aunque en estado preparatorio; y en una escuela militar, un joven se prepara para el ejército, viviendo la propia vida militar.

Cristo Rey

   Y la Santa Iglesia Católica ya es en este mundo una imagen, y más que esto, una verdadera anticipación del cielo.

   Por esto, todo cuanto los santos Evangelios nos dicen del reino de los cielos puede con toda propiedad y exactitud ser aplicado a la Iglesia Católica, a la fe que ella nos enseña, a cada una de las virtudes que ella nos inculca.

   Este es el sentido de la fiesta de Cristo Rey. Rey celestial ante todo. Pero Rey cuyo gobierno ya se ejerce en este mundo. Es rey quien posee de derecho la autoridad suprema y plena. El rey legisla, dirige y juzga. Su realeza se hace efectiva cuando sus súbditos reconocen sus derechos y obedecen a sus leyes. Ahora bien, Jesucristo posee sobre nosotros todos los derechos. El promulgo leyes, dirige el mundo y juzgará a los hombres. Debemos, por lo tanto, tornar efectivo el Reino de Cristo obedeciendo sus leyes.

   Este reinado es un hecho individual, en cuanto considerado en la obediencia que cada alma fiel presta a Nuestro Señor Jesucristo. En efecto, el reinado de Jesucristo se ejerce sobre las almas: y por esto, el alma de cada uno de nosotros es una parcela del campo de jurisdicción de Cristo Rey. Ahora bien, el reinado de Cristo será un hecho social si las sociedades humanas le prestaren obediencia.

   Se puede decir, que el Reino de Cristo se hace efectivo en la tierra en su sentido individual y social, cuando los hombres en lo íntimo de su alma como en sus acciones, y las sociedades en sus instituciones, leyes, costumbres, manifestaciones culturales y artísticas, se conforman con la Ley de Cristo.

El orden, la armonía, la paz y la perfección

   El orden, la paz, la armonía, son características esenciales de toda alma bien formada, de toda sociedad humana bien constituida. En cierto sentido, son valores que se confunden con la propia noción de perfección.

   Todo ser tiene un fin que le es propio, y una naturaleza adecuada a la obtención de ese fin. Así, una pieza de reloj tiene un fin que le es propio, y por su forma y composición, es adecuada a la realización de su fin.

   El orden es la disposición de las cosas según su naturaleza. Así, un reloj está en orden, si cada una de sus piezas están ordenadas según su naturaleza y el fin que le es propio. Se dice que hay orden en el espacio sideral porque todos los cuerpos celestes están ordenados según su naturaleza y su fin.

   Existe armonía cuando las relaciones entre los seres son conformes a la naturaleza y fin de cada cual. La armonía es el operar de las cosas, unas en relación a las otras, según el orden.

   El orden engendra la tranquilidad. La tranquilidad del orden es la paz. No cualquier tranquilidad merece ser llamada paz, sino tan solo la que resulta del orden. La paz de conciencia es la tranquilidad de la conciencia recta: no puede confundirse con el letargo de la conciencia embotada. El bienestar orgánico produce una sensación de paz que no puede ser confundida con la inercia del estado de coma.

Cristo Rey

   Cuando un ser está enteramente dispuesto según su naturaleza, está en estado de perfección. Así, una persona con gran capacidad para el estudio, gran deseo de estudiar, puesta en una universidad en que haya todos los medios para hacer los estudios que desea, está puesta, desde el punto de vista de los estudios, en condiciones perfectas.

   Cuando las actividades de un ser están enteramente dispuesto según su naturaleza, y tienden enteramente para su fin, estas actividades son, de algún modo, perfectas. Así, la trayectoria de los astros es perfecta, porque corresponde enteramente a la naturaleza y al fin de cada cual.

   Cuando las condiciones de un ser son perfectas, sus operaciones lo son también, y él tenderá necesariamente para su fin, con el máximo de la constancia, del vigor y del acierto. Así, si un hombre está en condiciones perfectas para caminar, es decir, sabe, quiere y puede caminar, caminará de modo irreprensible.

   El verdadero conocimiento de lo que sea la perfección del hombre y de las sociedades depende de una noción exacta sobre la naturaleza y del fin del hombre.

   El acierto, la fecundidad, el esplendor de las acciones humanas, sean individuales o sean sociales, también depende del conocimiento de nuestra naturaleza y fin.

   En otros términos, la posesión de la verdad religiosa es la condición esencial del orden, de la armonía, de la paz y de la perfección.

La perfección cristiana

   El Evangelio nos señala un ideal de perfección: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mateo, V, 48). Este consejo que nos fue dado por Nuestro Señor Jesucristo, El mismo nos lo enseña a realizar. En efecto, Jesucristo es la semejanza absoluta de la perfección del Padre celestial, es el modelo supremo que todos debemos imitar.

   Nuestro Señor Jesucristo, sus virtudes, sus enseñanzas, sus acciones, son el ideal definido de la perfección para el cual el hombre debe tender.

   Las reglas de esta perfección se encuentran en la Ley de Dios, que Nuestro Señor Jesucristo “no vino a abolir sino a completar” (Mat. V, 17), y en los preceptos y consejos evangélicos. Y para que el hombre no cayese en error en el interpretar los mandamientos y los consejos, Nuestro Señor Jesucristo instituyó una Iglesia infalible, que tiene el amparo divino de nunca errar en materia de fe y de moral. La fidelidad de pensamiento y de acciones en relación al magisterio de la Iglesia es el modo por el cual todos los hombres pueden conocer y practicar el ideal de perfección que es nuestro Señor Jesucristo.

   Fue lo que hicieron los santos, que practicando de modo heroico las virtudes que la Iglesia enseña, realizaron la imitación perfecta de Nuestro Señor Jesucristo y del Padre celestial. Es tan verdadero que los santos llegaron a la más alta perfección moral, que los propios enemigos de la Iglesia, cuando no los ciega el furor de la impiedad, lo proclaman. De San Luis, rey de Francia, por ejemplo, escribió Voltaire: “No es posible al hombre llevar más lejos la virtud”. Lo mismo se podría decir de todos los santos.

   Dios es el autor de nuestra naturaleza, y, por lo tanto, de todas las aptitudes y excelencias que en ella se encuentran. En nosotros, lo único que no proviene de Dios son los defectos frutos del pecado original y de los pecados actuales.

   El Decálogo no podría ser contrario a la naturaleza que el propio Dios creó en nosotros; pues, siendo Dios perfecto, no puede haber contradicción en sus obras.

   Por esto, el Decálogo nos impone acciones que nuestra propia razón nos muestra que son conformes con la naturaleza, como honrar padre y madre, y nos prohíbe acciones que por la simple razón vemos que son contrarias al orden natural, como la mentira.

   En esto consiste, en el plano natural la perfección  intrínseca de la Ley, y la perfección personal que adquirimos practicándola. Esto es así, porque todas las acciones conformes a la naturaleza del agente son buenas.

   Pero, por consecuencia del pecado original, quedó el hombre con propensión a practicar acciones contrarias a su naturaleza rectamente entendida. Así, quedó sujeto al error en el terreno de la inteligencia, y al mal en el campo de la voluntad. Tal propensión es tan acentuada que, sin el auxilio de la gracia, no sería posible a los hombres conocer ni practicar durablemente los preceptos del orden natural. Para remediar esta insuficiencia en el hombre, Dios reveló a Moisés el Decálogo; instituyó en la Nueva Alianza, una Iglesia destinada a protegerlos contra los sofismas y las transgresiones del hombre; por medio de los Sacramentos los auxilia y fortalece con su gracia.

   La gracia es un auxilio sobrenatural, destinado a robustecer la inteligencia y la voluntad del hombre para permitirle la práctica de la perfección. Dios no niega su gracia a nadie. La perfección es, por lo tanto, accesible a todos.

   ¿Puede un pagano conocer y practicar la Ley de Dios? ¿Recibe él la gracia de Dios? Es necesario distinguir. En principio, todos los hombres que tienen contacto con la Iglesia Católica reciben la gracia suficiente para conocer que ella es verdadera, ingresar en ella y practicar los mandamientos. Si alguien se mantiene voluntariamente fuera de la Iglesia, si es infiel porque rehúsa la gracia de la conversión, que es el punto de partida de todas las otras gracias, cierra para sí las puertas de la salvación. Pero si alguien no tiene medios de conocer a la Santa Iglesia – un pagano, por ejemplo, cuyo país no haya recibido la visita de misioneros – tiene la gracia suficiente para conocer, por lo menos, los principios más esenciales a la Ley de Dios y practicarlos, pues Dios a nadie niega la salvación.

   Es necesario, sin embargo, observar que si la fidelidad a la Ley exige sacrificios a veces heroicos de los propios católicos que viven en el seno de la Iglesia, bañados por la superabundancia de la gracia y de todos los medios de santificación, mucho mayor aún es la dificultad que tienen en practicarla los que viven lejos de la Iglesia, y fuera de esta superabundancia. Es lo que explica el hecho de ser tan raros – verdaderamente excepcionales – los gentiles que practican la Ley.

La Civilización Cristiana y la Cultura Cristiana

   ¿Qué es esta luminosa realidad, hecha de un orden y una perfección más sobrenatural y celeste que natural y terrena, que se llamó Civilización Cristiana, producto de la cultura cristiana, la cual, a su vez, es hija de la Iglesia Católica?

   Por cultura del espíritu podemos entender el hecho que determinada alma no se encuentra abandonada al juego desordenado y espontáneo de las operaciones de las potencias – inteligencia, voluntad y sensibilidad –, sino que por el contrario, por un esfuerzo ordenado y conforme a la recta razón adquirió en estas tres potencias algún enriquecimiento: así como el campo cultivado no es aquél que hace fructificar todas las semillas que el viento deposita en él caóticamente, sino es el que, por efecto del trabajo recto del hombre, produce algo de útil y bueno.

   En este sentido, la cultura católica es el cultivo de la inteligencia, de la voluntad y de la sensibilidad según las normas y la moral enseñada por la Iglesia. Ya vimos que ella se identifica con la propia perfección del alma. Si ella existiere en la generalidad de los miembros de una sociedad humana (aunque en grados y modos acomodados a la condición social y a la edad de cada cual) ella será un hecho social y colectivo. Y constituirá un elemento – el más importante – de la propia perfección social.

   Civilización es el estado de una sociedad humana que posee una cultura, y que creó, según los principios básicos de esta cultura, y que creó, todo un conjunto de costumbres, de leyes, de instituciones, de sistemas literarios y artísticos propios.

   Si Jesucristo es el verdadero ideal de perfección de todos los hombres, una sociedad que aplique todas sus leyes tiene que ser una sociedad perfecta. La cultura y la civilización nacida de la Iglesia de Cristo tienen que ser forzosamente no solo la mejor civilización, sino la única verdadera. Lo dice al santo Pontífice Pío X: “No hay verdadera civilización sin civilización moral, y no hay verdadera civilización moral sino con la religión verdadera” (Carta al episcopado francés del 28-VII-1910, sobre Le Sillon). De donde se deduce con evidencia cristalina que no hay verdadera civilización sino como resultado y fruto de la verdadera religión.

La Iglesia y la Civilización Cristiana

   Se engaña singularmente quien supusiere que la acción de la Iglesia sobre los hombres es meramente individual, y que ella solo forma personas, y no pueblos, ni culturas, ni civilizaciones.

Cristo Rey

   En efecto, Dios creó al hombre naturalmente sociable, y quiso que los hombres, en sociedad, trabajasen los unos por la santificación de los otros. Por esto, también nos creó influenciables. Tenemos todos, por la propia presión del instinto de sociabilidad, la tendencia de comunicar en cierta medida nuestras ideas a los otros, y, a recibir la influencia de ellos. Esto se puede afirmar en las relaciones de individuo a individuo, y del individuo con la sociedad. Los ambientes, las leyes, las instituciones en que vivimos ejercen efecto sobre nosotros, tiene sobre nosotros una acción pedagógica.

   Resistir enteramente a este ambiente, cuya acción ideológica nos penetra hasta por osmosis y como que por la piel, es obra de alta y ardua virtud. Y por esto los primitivos cristianos no fueron más admirables enfrentando a las fieras del Coliseo, que cuando mantenían íntegro su espíritu católico aún viviendo en el ceno de una sociedad pagana.

   De este modo, la cultura y la civilización son medios fortísimos para actuar sobre las almas. Actuar para su ruina, cuando la cultura y la civilización son paganas. Para su edificación y salvación, cuando son católicas.

   ¿Cómo puede entonces, la Iglesia desinteresarse en producir una cultura y una civilización, contentándose sólo en actuar sobre cada alma a título meramente individual?

   Además, toda alma sobre la cual la Iglesia actúa, y que corresponde generosamente a esa acción, es como un foco y una simiente de esta civilización, que ella expanda y activa en torno de sí. La virtud trasparece y contagia. Contagiando se propaga. Actuando y propagándose tiende a transformarse en cultura y civilización católicas.

   Como vemos, lo propio de la Iglesia es producir una cultura y civilización cristiana. Es producir todos sus frutos en una atmósfera social plenamente católica. El católico debe aspirar a una civilización católica como el hombre encarcelado en un subterráneo desea el aire libre, y el pájaro aprisionado ansía por recuperar los espacios infinitos del cielo.

   Y esta es nuestra finalidad, nuestro gran ideal. Caminamos hacia la Civilización Católica como podrá nacer de los escombros del mundo de hoy, como de los escombros del mundo romano nació la civilización medieval. Caminamos hacia la conquista de este ideal, con el coraje, la perseverancia, la resolución de enfrentar y vencer todos los obstáculos, con que los cruzados marcharon hacia Jerusalén. Porque si nuestros mayores supieron morir para conquistar el sepulcro de Cristo, ¿cómo no queremos nosotros – hijos de la Iglesia como ellos – luchar y morir para restaurar algo que vale infinitamente más que el preciosísimo sepulcro del Salvador, esto es, su reinado sobre las almas y las sociedades, que El creó y salvó para que Lo amasen eternamente?

Publicado originalmente en “El Cruzado

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29 de octubre de 2010

EL UNGIDO

Por ANTONIO CAPONNETTO

“Cuando muere el hombre impío perece su esperanza”
                                                                                Prov. 11,7

Kirchner


            No siendo especialistas en tanatología –como de pronto parecen serlo todos nuestros conciudadanos- apenas si un par de reflexiones podríamos hilvanar ante la muerte de Néstor Kirchner.

             La primera es que su deceso es un bien inmenso para el país, como lo sería el de todos aquellos de su laya que viven y obran para ultrajar a Dios y a la Patria. Disimular, omitir o atemperar este juicio nos conduciría a pagar un tributo al cinismo que no estamos dispuestos a oblar.

             El difunto (ya lo dijimos largamente mientras vivió) ha sido una de las encarnaduras más completas cuanto deleznables de la degeneración intelectual, moral y política; y en un decurso histórico como el nuestro, en el que no es fácil competir por la náusea, se ha quedado limpiamente entre los primeros puestos. No dejó crimen por auspiciar, latrocinio por cometer, impiedad por poner en práctica, mentira por difundir y rencores torvos por ejecutar malignamente. Suyas fueron todas las características del hombre espiritualmente contrahecho. Desde la dicción soez y el gesto atrabiliario, hasta el corazón irreligioso y la mente ganada por las cóleras más ruines.

            Halló solaz en propiciar la contranatura y sintió desdicha por las virtudes tradicionales. Gozó con la fiesta sacrílega del mundo, y lo amargaron las celebraciones genuinamente sacras. Supo odiar la identidad hispanocriolla y católica de estas tierras con el mismo frenesí con que amó la causa de los asesinos de nuestra estirpe. Encanallecido, indigno y cargado de locuras furiosas, si algún epítome abarca sus pluriformes miserias y vicios sin cuento, el mismo fue acuñado el 6 de julio de 2010 por uno de sus indiscutibles y empecinados apologistas. Dijo entonces Luis D’Elía: “Néstor Kirchner es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.  “Nuestro”, es decir de ellos, fue sin duda, el abanderado y el adalid.

            La segunda reflexión guarda consonancia con la primera.  Un hombre de tan negrísimo talante no podía sino creerse invulnerable y sin necesidad alguna de sobrenaturales socorros. La conciencia de la vulnerabilidad es propia de quien posee la virtud de la fortaleza, enseña el Aquinate. Mientras que, por el contrario, el pusilánime finge que nada puede ocurrirle. Para el cobarde henchido de soberbia, enfermarse no le está permitido; y llamarse a sosiego o a reposo, o mostrarse frágil con humano y humilde verismo, es una señal de derrota que no puede admitir.

             Por eso Kirchner y su endemoniado entorno, a cada paso de la enfermedad que al fin acarreó la muerte, rechazaron cualquier signo sacramental que invocara la posibilidad ineludible de las postrimerías. Negado a la trascendencia y dado a la publicidad, el mensaje del patagón no podía ser el de un paciente necesitado de preces y de auxilios médicos, y en consecuencia engrandecido en el dolor y en la enfermedad. Sí, en cambio, el de una máquina ganadora que se hacía algunos ajustes técnicos para seguir compitiendo hasta la recta final. Como el acróbata que es dueño de una risa estéril y falsa, de comisuras tiesas, para probar que está intacto tras las mil volteretas, así reía Kirchner tras cada golpe que le propinaba su irremisible dolencia.

            El cajón cerrado –con o sin sus restos, lo mismo da- fue el último signo de esta incapacidad de mostrarse vulnerado. Para descubrir al pueblo el rostro muerto, primero hay que estar convencido de que hay un Divino Rostro que me aguarda, transfigurante de mis miserias corporales todas. El rigor mortis, públicamente retratado como preanuncio paradojal de una movilidad aquende el féretro, es propio de quienes mueren piadosamente. Contrario es el caso de los desesperados. La mors certa, hora certa sed ignota, los tortura más que el instante súbito que los arranca definitivamente del tiempo. No saben ni quieren prepararse a bien morir, porque el activismo exitista que los domina los vuelve incapaces de todo ocio contemplativo.

           No fue pues, el de Kirchner, ese consumirse como un cirio para alumbrar a otros, en un sacrificial, oblativo y extremo acto de servicio. No fue un gastarse y desgastarse sin medir las consecuencias. Esto quedará para la mitología partidocrática, siempre pronta a catalogar sandeces. Fue, sencillamente, lo que escribe Gracián en El Criticón: ”los sabios mueren, los necios revientan”. Reventó agarrotado por sus tirrias y fobias, creyendo que la muerte no era para él, sino un mal siempre conveniente y deseable para sus enemigos. Tal vez no le faltó razón,  puesto que Dante, en el Canto III del Infierno, localiza a un tipo de personajes que, en virtud de sus felonías, “ni tienen la esperanza de morir”.

            La tercera reflexión es sobre aquellos que, desde el instante mismo de su muerte, y olvidando que hasta otros instantes previos lo habían despreciado o maldecido, se dedicaron a glorificarlo, ya desde los medios masivos o rindiéndole homenaje presencial. Hablamos ante todo de esas muchedumbres mórbidas e informes que desfilaron ante su túmulo, brindando el espectáculo decadente que suscitan habitualmente estos carnavales. Masas sin veleta ni rumbo, volubles por definición e hijas de la hez democrática, esas oleadas que integraron su cortejo, ora asistieron rentadamente por disciplina sindical, ora por saltimbanquismo populista, ora por funesta afinidad con el rufián que partía. Ayer lo hicieron ante la momia de Alfonsín o de Mercedes Sosa. Mañana por quien sea el turno de rentar el olor de multitud. La Argentina real e invisible no estaba en ese cortejo desencajado y ciego. Estaba trabajando silente en vastísimas e incalculables legiones de sufridos brazos, lamentando esta patria nuestra, material y espiritualmente corrompida por el tirano que acaba de reventar.

            Pero llegue también nuestro desprecio, ya no al tropel sin riendas que incensó durante horas el ataúd del déspota, entonando sin proponérselo la Marcha fúnebre para una marioneta -mas sin los sones afinados de Gounod- sino al llamado arco opositor, político o periodístico, cuya obsecuencia lacrimógena para con el occiso y sus deudos sólo prueba lo que ya sabemos de memoria: que uno solo es el Régimen, del que medran por igual oficialistas y antagonistas, en una entente trágica, maloliente y rapaz. Un único y despreciable sistema forman las llamadas derechas e izquierdas, conjugadas al unísono para que, más allá de las muertes individuales, perdure y sobreviva el infectado y podrido conjunto.

            Sea la última reflexión para medir lo más grave. Aquello que verdaderamente nos sobresalta y aqueja hasta el desgarrón literal del alma. Y es constatar que, una vez más, la Iglesia no ha sabido estar a la altura de las circunstancias.

            Cierto que de Roma llegaron pésames híbridos, redactados al modo de un formulario eventual. Pero algo más hacía falta decir, porque el difunto fue un persecutor explícito de la Fe Católica, a la que ofendió cuanto pudo con saña manifiesta y procaz. ¿Por qué callar que Kirchner tipificó el desdichado caso de quienes pecan contra el Espíritu, de quienes pecan con faltas que al cielo claman, de quienes pecan sin que les sea posible merecer el perdón? (Mc 3,29;  Mt 12,32; Lc 12:10).  ¿Por qué callar que tanto él como su viuda, su partido y sus gobiernos, son la quintaesencia de la endemoniada juntura de capitalismo y marxismo, de progresismo y liberalismo, de gramscismo y cultura de la muerte? ¿Por qué callar en vez de distinguir y condenar con toda la energía y la contundencia que puede y debe hacerlo la Madre y Maestra?

           A su turno, el Cardenal Sandri, y siete sacerdotes argentinos, celebraron una misa por Kirchner, en la Iglesia Nacional Argentina de la Ciudad Eterna. También callaron cobardemente lo que debían decir, y afirmaron lo que no debían afirmar. Verbigracia, que el occiso se destacó por “el apasionado empeño en la vida política”, dejándonos con su partida “en la pena y la sensación de desamparo”. La pena y el desamparo –entérense de una vez desaguisados y felones pretes- lo padece la patria argentina en su conjunto, como consecuencia, precisamente, del “apasionado empeño” destructor llevado a cabo por el pérfido que acaba de finiquitar, y que han decidido convertir en héroe súbito.

            Las palmas de la iniquidad, por supuesto, se las llevó Bergoglio, a estas alturas, y ya sin tapujos, devenido en el Patriarca de una secta judeo cristiana. Compartiendo el presbiterio catedralicio con el rabino Bergman, y el altar con otros varones de ínclita talla, se atrevió a sostener en su homilía del 27 de octubre, que “las manos de Dios lo acompañaron [a Kirchner], lo amaron, acariciaron su vida y lo recibieron”; y que nadie debería cometer la “grande ingratitud” de olvidar que “este hombre fue ungido por la voluntad popular”. Mérito sacro e intangible de inequívoca raigambre rusoniana, ante el cual, “el pueblo tiene que claudicar de todo tipo de postura antagónica para orar frente a la muerte de un ungido por la voluntad popular”.

            Bergoglio ya no merece respuesta alguna. Que Nuestro Señor Jesucristo, el Verdadero Ungido, y a quien en nombre de la voluntad popular, Néstor Kirchner vilipendió en su perdularia vida, le prodigue el perdón, alguna vez, por haber preferido el sacerdocio de Judas al del Dios Verdadero.

            Cuentan que refiriéndose a la muerte de Casimir Delavigne -el poeta y dramaturgo francés- su compatriota, el pintor Francois Desnoyer, dijo irónicamente: ”hay muertos a los que conviene matar”. Tal el caso de Néstor Kirchner. Mátese de una vez su legado y su proyecto, para que pueda abrigarse la esperanza, siquiera tenue, de mejores días para esta patria en llamas. Pero no es tarea que parezca posible en el horizonte inmediato, bien lo sabemos.

             Pasadas las fiestas cristínicas del funeral montonero, y enterrado Néstor con su pañuelo blanco del odio marxista, vendrá la cruda realidad de una nación deshecha, de una mafia acechante, de unos herederos torvos, de un futuro tan ruinoso como el presente aciago que vivimos. Todo reino dividido en sí mismo perecerá (Mt. 12, 24)

            Disponga Dios lo necesario para que podamos resistir y resguardar.

13 de octubre de 2010

La posesa violencia abortista

Abortistas en Senado Argentino agreden a mujer que intentó dar opinión pro-vida

El 30/09/10 en el Senado de la Nación Argentina se realizaba un “seminario” sobre aborto donde expondría la ex senadora colombiana Piedad Córdoba (destituida por sus relaciones con la guerrilla de Colombia), bajo la cómplice mirada de los organizadores, la Diputada Cecilia Merchán, la periodista Liliana Hendel, la diputada Adela Segarra, entre otros, las activistas pro aborto de Argentina con palmas y estribillos ininterrumpidos le impiden hacer uso de la palabra a una asistente próvida (La Dra. Gabriela Quadri), la cual opta por limitarse a filmar lo que está sucediendo. En ese momento le sustraen la cámara y con empujones, tirones de pelo y gritos la expulsan del salón. Un oficial de policía que se encontraba fuera del recinto le recupera la cámara de fotos, pero seguidamente personal policial y de seguridad del Senado Nacional hacen salir a la participante del movimiento pro vida, impidiéndole en lo sucesivo el ingreso al Senado. ... El acto que se estaba desarrollando era un "Seminario Internacional" a favor del aborto, con entrada libre y gratuita. Afortunadamente, luego de radicarse la denuncia pertinente la agresora fue identificada y la causa se encuentra actualmente en trámite. No obstante, destacamos que en el lugar se encontraban periodistas de TELAM Argentina, con cámaras y micrófonos, quienes se negaron a dialogar con la damnificada haciéndole saber que para ellos "no había sucedido nada". ---- A la participante pro vida no se le permitió más ingresar al Senado ni tomar conocimiento de lo que sucedió o se dijo en ese evento que como ya dijimos, era de ingreso "libre y gratuito". Fuente: Argentinos Alerta

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Internan y ponen cuello ortopédico a una mujer agredida por militantes pro aborto: Vea esto y más detalles Aquí.

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Fotos de la barbarie desatada en Paraná durante en XXV “Encuentro nacional de mujeres” para promover al aborto financiado por el gobierno nacional (INADI, Ministerio de Desarrollo Social, Consejo Nacional de la Mujer) la gobernación y municipalidad local y organismos internacionales como el Fondo de Población de la ONU, la Fundación Ford (departamento de estado), Open Society de George Soros y Human Wright de Gran Bretaña. (Enviadas por “Pro-Vida”).

    Abortistas en Paraná (1) Abortistas en Paraná (2)      Abortistas en Paraná (8)   

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En cambio, piden en que se retiren afiches pro-vida por considerarlos ofensivos: Vea

También, el gobierno español que permite abortar a los 16 años impide ver la película antiabortista “Blood Money” a menores de edad: Vea

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De trámites urgentes

1) El Arzobispado de Mendoza extiende un certificado de apostasía en 24 días:

certificado de apostasía

2) En una semana, el Card. Bergoglio dio curso favorable a una petición de un particular para que el ex-presidente Jorge Rafael Videla deje de ser su padrino de bautismo.

Comentario: Envalentonado con tanta celeridad eclesial, un amigo hizo ante los obispos la petición de tener acceso a la Santa Misa y a la Doctrina católica de siempre. Todavía está esperando…

Fuentes: 1) Cato Mirador – 2) Diario Clarín

Un “altar” y el Altar

El nuevo “altar”

altar2

El altar tradicional

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Catedral de San Esteban. Insbruck, Austria. Fuente: Kronika Novus Ordo

El amigo de los jesuitas

Jerónimo Saavedra El dirigente socialista Jerónimo Saavedra (foto), actual alcalde de Las Palmas, y uno de los hombres más influyentes de la masonería en España, será el encargado por la Compañía de Jesús de dictar la conferencia inaugural de los actos conmemorativos del 50 aniversario de la fundación de ICADE, perteneciente a la Universidad Pontificia de Comillas, regentada por los jesuitas.

Saavedra, que además ha sido dos veces presidente de la la comunidad Autónoma de Canarias y ministro de Administraciones Públicas y de Educación y Ciencia, es uno de los pocos hombres públicos que reconoce abiertamente su pertenencia a la masonería, siendo un alto grado de la misma, además de desvelar su homosexualismo activo.

Fuente: Religión en Libertad

Nuevo libro de Antonio Caponnetto

Acaba de aparecer:

LA IGLESIA TRAICIONADA

De Antonio Caponnetto

Buenos Aires, Santiago Apóstol, 2010.

Contiene este libro, por un lado, un retrato duro pero veraz del Cardenal Jorge Mario Bergoglio. El autor no vacila en calificarlo como un pastor infiel a la Iglesia Católica. Mas llega a tan categórica conclusión con argumentos fundados y solventes, tomados en su totalidad del mismo itinerario del obispo, de su actuación pública llena de gravísimas heterodoxias, de sus declaraciones y conductas nutridas de errores y duplicidades, y de funestas contemporizaciones con los enemigos de la Fe Verdadera. Son muchos los motivos –y se verán en estas páginas– por los cuales el Cardenal Bergoglio puede y debe ser acusado de constituirse en un antitestimonio activo de la Realeza de Jesucristo.

Pero la obra no se reduce a la descripción de éste u otros personajes análogos. Va más allá, y a partir de lo que tales sujetos representan o encarnan, emprende un análisis de la actual situación de la Iglesia , sobre cuya crisis han dicho palabras terminantes y severas voces tan autorizadas como las de los últimos Pontífices. El Cardenal Ratzinger, por ejemplo, en el Vía Crucis de 2005, poco antes de ser ungido como Benedicto XVI, sostuvo que la Barca «hace aguas por todas partes». Bueno sería entonces que todo el ímpetu se volcara a su rescate.

El diagnóstico aquí emprendido de esta penosa enfermedad eclesial, está hecho con sobradas pruebas y nutridas informaciones. Pero sobre todo, está hecho con el dolor de un bautizado fiel, y la esperanza de quien cree firmemente que, por el honor de la Verdad , merece librarse el mejor de los combates.

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ÍNDICE

PRIMERA PARTE

El sacerdocio de Judas

Capítulo I

De la Iglesia clandestina a la Iglesia infiel

Capítulo II

El jesuita

SEGUNDA PARTE

Muestrario de infidelidades

Capítulo I

El Foro Judeo Católico

Capítulo II

El mismo Dios

Capítulo III

La Bestia y los pastores majaderos

Capítulo IV

Señor, Hiede

Capítulo V

Una clara y olvidada lección del Cardenal Bergoglio

Capítulo VI

Ante una nueva y grave profanación de la Catedral de Buenos Aires

Capítulo VII

La noche de los cristales rotos

Capítulo VIII

Doble y silenciada afrenta

Capítulo IX

Sepulcros blanqueados

Capítulo X

Maricones con o sin «matrimonio»

Capítulo XI

El mal combate

Capítulo XII

Bodas de infierno

ANEXO

El pedido de perdón de la iglesia

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El libro puede comprarse en: Santiago Apóstol, La Plata 1721, Bella Vista.

Tel: (011) 4666-3817;santiagoapostol_bellavista@yahoo.com.ar o

santiagoapostol_libros@yahoo.com.ar . Asimismo en: Huemul, Santa Fe 2237,

Capital Federal; TE: 4822-1666; pedidohuemul@arnet.com.ar ; y en Vórtice,

Hipólito Yrigoyen 1970; TE: 4952-8383; ventas@vorticelibros.com.arVórtice, o editorial@vorticelibros.com.ar.

Y en otras librerías amigas.

Sobre el obispo adúltero de Bergoglio

SUCUNZA Leemos en Catapulta: “Más allá de los revolcones adulterinos con que se gratificaba el obispo auxiliar de Buenos Aires-actividades ya difundidas ampliamente por Internet-cualquier investigación que Roma emprenda sobre tan triste asunto, debería comenzar teniendo en cuenta que Sucunza (foto) es un hombre clave en los tejemanejes bergoglianos. Al respecto, y a mero título enumerativo, dicha investigación ,para ser seria y rigurosa, no podría eludir las siguientes cuestiones:

1) El manejo de los dineros de la Conferencia Episcopal y de la Curia metropolitana, habida cuenta de que Sucunza es presidente del Consejo de Asuntos Económicos de la CEA y del Consejo Episcopal de Asuntos Económicos de la Arquidiócesis de Buenos Aires.

2) La situación económico-financiera de la UCA, donde el Director de Asuntos Económicos el contador Pablo Amador Garrido Casal -hombre de estricta obediencia bergogliana- se opone a que las autoridades de la Universidad realicen la auditoría que dejaría expuestos los desastrosos resultados de la gestión del ex Rector Zecca .(Entre otras cosas, el déficit de 80 millones de dólares) (…)

3) Las responsabilidades del ex Consejo de Administración de la Universidad, especialmente las de Miguel Ángel Iribarne, íntimo de Zecca.

4) Las responsabilidades de otros dos validos de Zecca, Guillermo Cartasso y  Nicolás Laferriere ,en tanto que cabecillas de la extraña organización Fundar, que le sacó el jugo a la UCA hasta más no poder. (Actualmente la pareja funge como asesora legislativa de la CEA ,con buen sueldo por supuesto).

5) Asimismo, determinar las razones del crecimiento y expansión de la Fundación Latina de Cultura, cuyo gurú es Cartasso.

Con esto, una larga bocanada de aire limpio despejaría el tufo bergogliano ,y permitiría abrigar esperanzas sobre el renacimiento del catolicismo en la depredada y castigada Arquidiócesis. Obviamente ,el paso previo para que la pesquisa prospere, sería darle una buena patada en el culo a J.B., canónicamente hablando.

Pero no albergo mayor optimismo sobre lo que Roma disponga, porque después de Pío XII, allí parecen haberse extraviado el gusto y el sentido de la autoridad.

Sucunza fue nombrado obispo auxiliar en el año 2000, cuando ya los fieles de su parroquia estaban al tanto de sus andanzas entre las sábanas. Conociendo los puntos que calza Bergoglio ¿no lo habrá propuesto precisamente por el flanco tan débil que ofrecía Sucunza y así conseguir que este desgraciado acatase sin chistar sus órdenes?”.

Nota: La investigación sobre el “obispo adúltero” fue realizada por Panorama Católico Internacional (ver).

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