24 de diciembre de 2010

O Admirabile Commercium

De Dom Columba Marmión(1)

El misterio de la Encarnación se reduce a un intercambio admirable entre la divinidad y la humanidad

Navidad - A. Botticelli La venida del Hijo de Dios al mundo es un acontecimiento tan notable que Dios quiso irle preparando durante siglos; ritos y sacrificios, figuras y símbolos, todo lo hace converger en Jesucristo; le predice, le anuncia por medio de los profetas que se van sucediendo de generación en generación.

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Pero ahora es el Hijo mismo de Dios el que viene a instruirnos: “Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres…últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo” (Hebr.,I,I-2). Porque Jesucristo no nació sólo para los judíos de su tiempo, sino que bajó del cielo por nosotros y por todos los hombres. La gracia que mereció en su nacimiento quiere repartirla entre todas las almas.

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Y para eso la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, ha hecho suyos los suspiros de los Patriarcas, las aspiraciones de los antiguos justos, y los anhelos del pueblo escogido, para ponerlos en nuestros labios y llenar nuestro corazón: Quiere prepararnos al advenimiento de Jesucristo, como si todos los años se renovase en nuestra presencia.

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Observad, pues, cómo, al conmemorar la Iglesia la venida de su divino Esposo al mundo, despliega toda la magnificencia de sus pompas, y celebra con todas las galas de su esplendor litúrgico el nacimiento del “Príncipe de la Paz”(Is.,IX,6), del “Sol de Justicia” (Mal.,IV, 2), que se levanta “en medio de nuestras tinieblas para iluminar a todo hombre” (Juan, I, 5, 9) que viene a este mundo; además, concede a sus sacerdotes el privilegio, casi único en todo el año, de poder ofrecer tres veces el santo sacrificio de la misa.

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Estas fiestas son grandiosas y llenan de un encanto que embelesa: la Iglesia trae a nuestra mente el recuerdo de los ángeles que cantan en las alturas la gloria del recién nacido; el de los pastores, almas sencillas que acuden a adorarle en el pesebre; el de los magos, que vienen del Oriente a tributarle sus adoraciones y ofrecerle ricos dones.

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Y, sin embargo, esta fiesta, como todas las de este mundo, es efímera, pasa, aunque se alargue por toda una octava. Y para la fiesta de un día – por espléndida que ésta sea - ¿nos exige la Iglesia tan larga preparación? De ninguna manera. Luego, ¿por qué? Porque sabe que la contemplación de este misterio encierra para nuestras almas una gracia de elección.

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Todos los misterios de Cristo, además de constituir un hecho histórico realizado en el tiempo, contienen también una gracia propia que sirve de alimento para sostener la vida del alma.

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¿Cuál es, me preguntaréis, la gracia íntima del misterio de Navidad? ¿De qué gracia se trata, cuando quiere la Iglesia con sumo interés que nos dispongamos a recibirla? ¿Qué fruto hemos de sacar de la contemplación del Niño Dios?

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En la primera misa, la de la medianoche, nos lo indica nuestra madre la Iglesia. Hecha la ofrenda del pan y del vino que dentro de breves momentos se convertirán, en virtud de las palabras de la consagración, en el cuerpo y la sangre de Jesucristo, resume sus anhelos y votos en la siguiente oración; “Dígnate, Señor, aceptar la oblación que te presentamos en la solemnidad de este día, y haz que con tu gracia y mediante este intercambio santo y sagrado reproduzcamos en nosotros la imagen de Aquel que unió contigo nuestra naturaleza”.

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Pedimos, pues, la gracia de tener parte en esta divinidad con la cual está unida nuestra humanidad. Hay como un intercambio: Dios, al encarnarse, toma nuestra naturaleza humana, y a cambio nos da una participación en su naturaleza divina.

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Este pensamiento, tan conciso en su forma, se halla expresado de modo más explícito en la secreta de la segunda misa: “Haz, Señor, que nuestras ofrendas sean conformes con los misterios de Navidad, que hoy celebramos, y así como el niño que acaba de nacer con naturaleza humana resplandece también como Dios, del mismo modo esta sustancia terrestre (a la que se une) nos comunique lo que hay en El de divino”

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La gracia propia de la celebración del misterio de este día consiste en hacernos participantes de la Divinidad a la cual ha quedado unida nuestra humanidad en la persona de Jesucristo, y recibir este divino don por medio de esta misma humanidad.

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Ya veis; es como una transacción humanodivina: el niño que nace hoy es a la vez Dios, y la naturaleza humana, que Dios asume, le servirá de instrumento para comunicarnos su divinidad. “Que así como el Niño que acaba de nacer con naturaleza humana resplandece también como Dios; del mismo modo esta sustancia terrestre nos comunique lo que tiene de divino”. Nuestras ofrendas serán “conformes a los misterios significados por la Natividad de este día”, si mediante la contemplación de la obra divina en Belén y la recepción del Sacramento Eucarístico participamos de la vida eterna que Jesucristo quiere comunicarnos por su Humanidad.

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“¡Oh comercio admirable, cantaremos el día de la octava, el Creador del género humano, vistiéndose de un cuerpo animado, se dignó nacer de una Virgen, y presentándose en el mundo como un hombre, nos ha hecho partícipes de su divinidad”

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Detengámonos unos instantes a admirar con la Iglesia este mutuo préstamo entre la criatura y el Creador, entre el cielo y la tierra, que constituye todo el fondo del misterio de Navidad.

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(1) “Jesucristo en sus misterios” CAP. VII.

Colaboración de Cecilia Margarita de María Thörsoe Osiadacz (post reeditado)

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