LE SILLON
Se está más seguro de la rectitud de los sentimientos que de la rectitud de los pensamientos. Desgraciadamente, hay muchas personas que se creen rectas de mente porque tienen un corazón recto; son las que mejor hacen el mal, porque lo hacen con la tranquilidad de conciencia.
BONALD
No sabemos a dónde vamos.
MARC SANGNIER
El viento de la Revolución ha pasado por aquí.
SAN PIO X
Los verdaderos amigos del pueblo, no son ni revolucionarios, ni innovadores, sino tradicionalistas.
SAN PIO X
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"La Iglesia Ocupada" es un libro de Jacques Ploncard d’Assac, publicado por capítulos en Santa Iglesia Militante por Cecilia Margarita de María Thorsoe Osiadacz. Para ver la totalidad de los capítulos publicados puede clickear aquí en LA IGLESIA OCUPADA.
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La Cripta — El pasaje peligroso — Poemas en prosa — Un romanticismo equívoco — El nuevo Mesías — La Iglesia y el Siglo — La novela rusa — ¿ Hay que disparar a los oficiales? — Un Le Sillon más amplio — El profetismo en la oscuridad — Los hijos de los “humildes párrocos del 89” — ¿ Se encontrará el Orden de un lado y el catolicismo del otro? — La condenación de Le Sillon por Pío X
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Le Sillon fue la expresión más dañina de la democracia cristiana. Había nacido en los bancos del colegio Staníslas; el joven Marc Sangnier, hijo de burgueses ricos, reunía a sus camaradas en un aula del sótano del colegio a la cual habían dado un nombre romántico: la CRIPTA.
Marc Sangnier mismo ha contado cómo nació el movimiento:
Marc Sangnier, periodista y político
“Fue a comienzos del año 1894, éramos entonces alumnos de matemáticas especiales. No podíamos resignarnos a vivir en esa atmósfera sobrecargada de matemáticas, teniendo como único ideal el bicornio y la tangente de politécnicos. Necesitábamos un poco de aire puro, de ideal humano, de vida. Por eso tuvimos acaso una idea original, pero de la que con toda seguridad estábamos lejos de adivinar la fecundidad futura: pedimos y obtuvimos la autorización de tener todos los viernes, durante el recreo de doce a una, reuniones independientes, para discutir entre los alumnos de los diferentes cursos de mayores. Estas conferencias (…) revolucionaron al colegio durante algunos meses; incluso un día tuvimos la audacia de hacer venir a un joven obrero de Lille para hablarnos de la cuestión social: le llevamos en triunfo”.
Así se van preparando contactos seudoigualitarios que descubren en estos jóvenes burgueses una especie de complejo de culpabilidad. Sangnier experimentará este sentimiento cuando hace su servicio militar como subteniente de reserva en Toul. Se irrita, nos dice uno de sus biógrafos, al descubrir entre él y sus hombres, “el foso que separa al oficial de los soldados”. Le parece que “sus galones le separan de los soldados”. Entonces, organiza charlas sobre el Ejército y la Democracia.
Al proporcionar fondos el padre de un alumno de Stanislas, Sangnier lanza una revista el 10 de enero de 1894: Le Sillon.
“Tenemos conciencia —decía— de que hace falta, al mezclarnos en la vida de nuestro siglo, llegar a amarla, A PESAR Y SOBRE TODO A CAUSA DE SUS PERTURBACIONES Y DE SUS MISERIAS”.
He aquí el pasaje peligroso, indicará M. Nel Ariés en su estudio sobre Le Sillon. ¡Qué imprudencia cultivar el amor y los sentimientos, sin desarrollar al mismo tiempo el juicio, ni establecer principios firmes!... El amor que uno debe a su prójimo y a su país no se discute. Se trata del SIGLO, término vago donde el corazón distingue claramente criaturas humanas, enfermas, miserables, dignas de compasión, pero en el cual el espíritu comprende las ideas, las aspiraciones de una época y todo un conjunto moral e intelectual. En este terreno, a la miseria se la llama con su verdadero nombre: MAL y ERROR; y ni el mal ni el error son dignos, cualquiera que sea el siglo, de ninguna compasión, de ningún miramiento. ¿Por qué el presente siglo gozaría de un privilegio sobre los demás?.
Esta pequeña frase, sin duda alguna nos da el secreto de muchas “evoluciones”. No hay que asombrarse pues de la de Le Sillon, ni incluso reprochársela demasiado duramente. Era fatal, y hay que hacer responsables a los padres, a los profesores, a los educadores, a todo ese ambiente imbuido de liberalismo que permitió a unos colegiales partir a la conquista del futuro sin la menor defensa contra la seducción de falsas doctrinas.
“Cosa asombrosa, la ausencia de principios de los primeros ‘sillonistas’, o por mejor decir su ignorancia, se extiende incluso a la religión. No que ellos la despreciasen, ciertamente, pero no concibiéndola más que como ESPÍRITU, la reducían inconscientemente a una especie de exaltación interior. (…) Por el desprecio a las ideas “hechas”, perdieron de vista que el catolicismo, que no ha nacido ayer, es una doctrina que hay que aprender, no descubrir. No quieren que se les instruya, quieren instruir ellos”.
De los artículos en Le Sillon, a publicaciones de su doctrina
Los artículos de Sangnier “son una especie de poemas en prosa, leyendas, apólogos no desprovistos de encanto, de sentimientos muy puros y casi pueriles, expresados a menudo con un ardor algo inquietante. Las nebulosas narraciones ponen en escena personaies simbólicos, tales como el pobre leñador Plebs y el valiente joven Lumen que ‘necesitaba alimentarse de almas vivas’ y que, ‘celoso de todo amor, hubiese querido estrecharlos con todos los brazos, besarlos con todos los labios’.
“Esta prosa poética es la imagen del alma de Lumen, ‘a la vez voluptuosa y casta’. Como los discursos de la Cripta, es toda efusiones: hay demasiado amor, abrazos, voluptuosidad, languidez. Pero también es lo que constituye su misticismo, el cual es un arte de la sensibilidad desviada y aplicada a temas que no le incumben”.
“Para poner su lenguaje de acuerdo con la exuberancia de sus sentimientos, algunos de los más exaltados, de los más ingenuos, se llaman unos a otros: PEDRO MÍO, PABLO MÍO, SANTIAGO MíO, siguiendo el ejemplo dado por su jefe que habla así a sus fieles (…) A veces se le ha visto, cuando era recibido abiertamente en los colegios, pasearse por los patios rodeado de alumnos, a los más próximos de los cuales estrechaba tiernamente por el cuello o los hombros, oprimiéndolos contra sí con aires estáticos” .
“En resumen, un romanticismo equívoco que da a Marc Sangnier en Le Sillon, poco más o menos el mismo lugar que antaño ocupaba Enfantin entre los saint-simonianos”.
Un periódico demócrata de Chambery escribió a propósito de una conferencia dada por Sangnier: “un nuevo mesías ha venido a anunciar el reino de la fraternidad humana”. Se le llama corrientemente “Apóstol” y “nuevo mesías”. “Los MESÍAS son los que hacen progresar la religión”, decía Fogazzaro.
En 1904, este inquietante joven tiene estas sorprendentes frases:
“Al reprocharnos las pocas afirmaciones precisas que se desprenden todavía del esfuerzo de nuestros amigos, se olvida que ahí precisamente está acaso la mejor garantía de la probidad científica de nuestro método... Por lo demás, no sabemos a dónde vamos” .
Así, estos jóvenes católicos “a la búsqueda”, no saben a dónde van. La Iglesia, su enseñanza secular, su cuerpo de doctrina, nada de todo esto les sirve de guía, de programa de apostolado. No saben a dónde van...
Hay motivo para pensar que irán a donde no deben.
En 1907 Le Siflon tiene sólo 3.000 abonados, un poco más de los que tenía Lamennais en el Avenir, pero tienen mucha repercusión.
En 1907 el P. Barbier observará: “Hay algo más que fórmulas vacías en estos principios sobre los cuales Marc Sangnier y sus lugartenientes afirmaban fundar su obra:
ante todo el catolicismo es una vida; la experiencia religiosa es nuestra guía, Cristo es más experiencia que demostración, etc. (…) Todo esto está lleno de la anarquía protestante y conduce a ese otro principio que se llama la inspiración interior.
“Bien entendido, las intenciones no se discuten; pero las intenciones no salvan del error ni de sus consecuencias”.
Las frases inquietantes se multiplican en Le Sillon. En 1899 (10 de abril) leemos que “el cristianismo ha sido siempre y es más que nunca, desde el Concilio de Trento, una obra de la razón humana”.
Dos obras sirven de libro de cabecera a los sillonistas: L’Eglise et le Sicle (La Iglesia y el Siglo) de Mons. Ireland donde se decía que la Iglesia “bendice la democracia y la considera como el florecimiento de sus propios principios de igualdad, de fraternidad y de libertad de todos los hombres ante Cristo y por Cristo”, y el Roman rasse (Novela rusa) del vizconde Melchior de Vogu que puso el tolstoísmo de moda en Francia: “la última revolución de este evangelio es su triunfo y advenimiento definitivo”.
Le Sillon sostiene que desde el Concilio de Trento la Iglesia se encuentra en una postura “falsa, encogida, hostil, intolerante” y que los sillonistas zanjarán “según las luces de su conciencia y de su experiencia, y no según la consigna de los clérigos, incluso de los obispos, incluso del Santo Padre”.
Viendo que León XIII a pesar de su política de Ralliement —de la que por otra parte comprueba el fracaso— no está en absoluto dispuesto a seguir a los “innovadores” al identificar Iglesia y democracia, Le Sillon escribe brutalmente: “no sería más franco confesar que el Papa parece estar renegando poco a poco, desde luego, de la obra de su glorioso pontificado en todo lo que tiene de humano y por consiguiente de destructible” .
Marc Sangnier
El mismo Sangnier se obstina y declara: “La creencia en la divinidad de Jesucristo es una fuerza que, subordinando el interés particular al general, hace posible la democracia” .
Sea, pero entonces hay que hacer cristianos antes de hacer demócratas, y él hace lo contrario.
En Sangnier hay algo de Jean Jacques Rousseau. Pone todas sus esperanzas en “una unanimidad moral tal que ya no habría, propiamente hablando, órdenes dadas por algunos y ejecutadas por otros”. Asegura que se obtendrá este resultado “si cada orden fuese formulada a la vez interiormente por todos… Nuestro ideal sería que cada uno se diese a sí mismo la orden a la que obedece”.
Es el mito de la “voluntad general”, del Contrat social (El contrato social).
Esta “orden interior” fuente de toda obediencia, él la lleva tan lejos que en 1902 (3 de octubre), en un discurso sobre el Ejército, hasta llegará a decir:
“La disciplina militar debe ser consentida, y el servicio militar libremente aceptado. Hace falta pues, ante todo, escuchar la propia conciencia. Si la conciencia 1rohího a un soldado disparar, no debe disparar...
Un oyente le preguntó:
“—Y si la conciencia de un soldado anarquista le manda, como se le enseña en ciertos manuales, disparar sobre los oficiales, ¿debe matar a sus jefes?
“Sangnier tuvo algunos momentos de vacilación, pero no pudiendo escaparse de las consecuencias de su principio, ni ver lo que la pregunta encerraba de contradictorio, respondió:
“—Perfectamente, obedecerá a su conciencia”
La penetración de Le Sillon en los seminarios se volvía inquietante. L’Action Française del 15 de enero de 1908, traía el siguiente testimonio de un sacerdote:
“Cuando llegué en octubre de 1906, al seminario de Filosofía de Z. . . los sillonistas tenían dentro un grupo organizado, un grupo que yo llamaría de reclutamiento y una influencia bastante grande (…) L’Eveil Démocratique llega regularmente (...) los almanaques de Le Sillon de 1907 circulan en número considerable y esto a pesar de la interdicción expresa y reiterada de Mons. XXX y del Consejo de los Directores”.
Fue en febrero de 1907, en el congreso de Le Sillon en Orléans, cuando Marc Sangnier reveló sus verdaderos propósitos. Se trataba de constituir un “Sillon más amplio”, donde serían admitidos protestantes y librepensadores. Tendría por objetivo “realizar un nuevo centro de unidad moral” reuniendo a “todas las fuerzas a las que consciente o inconscientemente anima el espíritu cristiano”, a los que, compartiendo nuestra fe, positiva o no, están verdaderamente animados de nuestro IDEAL cristiano, y únicos capaces por ello de llevar a la democracia un sentido real de la justicia y de la fraternidad.
La religión ya no se percibe a través de la enseñanza de la Iglesia, sino como un “espíritu” que sopla en cada uno.
“Los que hablan sin cesar de Le Sillon, como de yo no sé qué realidad objetiva —dirá Sangnier— me hacen reír. Son víctimas de su propio entusiasmo y corren el riesgo de tomar por fin un medio, por un ser vivo un simple ropaje (...) He aquí por qué las transformaciones, las evoluciones incesantes de nuestro movimiento no me inquietan nada (...) Siempre estoy un poco turbado cuando veo con qué glotonería nuestros amigos se lanzan sobre los libros o las octavillas que se proponen definir lo más exactamente posible lo que es Le Sillon; me temo que pidan a estas publicaciones lo que no pueden darles. Efectivamente, se fotografía mal lo que siempre está en movimiento; para conocer Le Sillon es completamente insuficiente saber lo que ha sido en un momento de su existencia, y es pueril intentar aprender de memoria algunas definiciones, cuando lo que hace falta para ser un buen sillonista, es llevar dentro de uno mismo, en el propio espíritu y en el alma Le Sillon futuro y no recitar de memoria una descripción de Le Sillon pasado, o presente”
Sangnier pide a sus discípulos que le sigan allí donde ni él mismo sabe a dónde va. Este profetismo en la oscuridad tiene algo de absurdo, pero Le Sillon vive bajo una verdadera dictadura del ‘Maestro’.
El P. Desgranges, que había sido un ferviente sillonista contará cómo había llegado a abandonarle:
“Nuestra separación de Le Sillon atestigua la sinceridad con la cual queremos poner de acuerdo nuestros principios y nuestros actos. Es porque Le Sillon —de declaraciones tan ardientemente republicanas y democráticas— ESTÁ ORGANIZADO INTERIORMENTE COMO LA MÁS ABSOLUTA DE LAS MONARQUÍAS; por este motivo hemos dejado Le Sillon como tantos otros.
Le Sillon está sometido a la autoridad exclusiva de M.Sangnier, autoridad complicada por la fuerza capitalista que su gran fortuna le permite hacer pesar sobre el movimiento. Es el único propietario del periódico, de la revista, de la sede social. Los grupos de provincias han sido desposeídos poco a poco de todo medio efectivo de control”
Lo más gracioso es que Marc Sangnier negó siempre a sus tipógrafos de L’Eveil Démocratique el derecho a sindicarse...
Bajo la dictadura de Marc Sangnier, Le Sillon se desliza cada vez más a la izquierda:
“Vendrá el día de las fiestas republicanas, y será como un atardecer sillonista agrandado inmensamente. Al son religioso de los grandes himnos revolucionarios se mezdarán.., los cánticos poderosos y contenidos de la democracia que se está haciendo nacer” .
“Numerosos son los jóvenes sacerdotes, relegados a la sombra de los presbiterios silenciosos o al recogimiento de los vastos seminarios, que se sienten hijos de esos humildes curas del ‘89 que ponían su mano sacerdotal en la de los valientes plebeyos” .
“Robespierre, Danton y Desmou lins eran profundamente religiosos. Su filosofía religiosa era la sustancia misma del cristianismo del que Francia vivía”
Tales eran los nuevos Padres de la Iglesia democrática, de los que los sillonistas, con la espiga de trigo anudada por un lazo rojo en el ojal se hacían los propagandistas.
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Charles Maurras había estado profundamente interesado por la evolución de Marc Sangnier. Acordándose del tiempo en que él mismo había sido seducido por Lamennais, pronto adivinó a donde iba a conducir el sillonismo. Habla, en su introducción al Dilemme de Marc Sangnier (Dilema de Marc Sangnier), de los “coqueteos” del fundador de Le Sillon con “el espíritu de la Revolución” que “arrastraría a sus oyentes y a sus lectores a tratar como enemigos los conceptos de patria, de progreso y de tradición. Que continuase el movimiento, Y UNO TENDRÍA EL DERECHO DE PREGUNTARSE SI EL ORDEN IBA A ENCONTRARSE DE UN LADO Y EL CATOLICISMO DE OTRO” .
En una página célebre, Maurras defendía contra Sangnier la “romanicidad” de la Iglesia.
“Sin duda —escribía— esta sociedad espiritual (la Iglesia) tiene un jefe, al que encontráis demasiado poderoso. ¿Preferiríais entendérosla con treinta y nueve millones de jefes mandando a miles de millones de células nerviosas más o menos dispersas, con tantos jefes como cabezas, cada una de las cuales podría encontrar en su fantasía algún Dios LO QUIERE, y empujarla legítimamente, si es de su agrado, a los más sombríos extremismos? Pero esta anarquía os asusta, admitís a la Iglesia, y lamentáis solamente que tenga un jefe cara al exterior; deseáis la misa y las vísperas en francés, un clero autónomo absolutamente sustraído a toda autoridad del ‘Romano’, teniendo en cuenta la ruina que esto implica, ¿os fijáis en lo que sucedería? No dejaríais de horrorizaros de ello. Suprimido el ‘Romano’ y, con este Romano, la unidad y la fuerza de la Tradición abatidas, los monumentos escritos de la fe católica tomarían necesariamente toda la parte de influencia religiosa quitada a Roma. Se leerá directamente en los textos y se leerá sobre todo la letra. Esta letra que es judía actuará, si Roma no lo explica, al estilo judío.
“Alejándose de Roma, nuestros clérigos evolucionarán cada vez más, como han evolucionado los clérigos de Inglaterra, de Alemania y de Suiza, incluso de Rusia y de Grecia. Convertidos en sacerdotes ‘pastores’ y ‘ministros del Evangelio’, se volverán cada vez más al rabinismo y os harán navegar poco a poco hacia Jerusalén”
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El 25 de agosto de 1910 Pío X puso fin al equívoco mantenido por Le Sillon. Lo hizo en una encíclica de tal importancia doctrinal que es necesario dar aquí muy amplios extractos de ella.
Después de haber recordado que su deber, como Pontífice, era “preservar a los fieles de los peligros del error y del mal”, evocaba el ejemplo de sus predecesores condenando “las doctrinas de los supuestos filósofos del siglo XVIII, las de la Revolución y las del liberalismo”. Hoy se trata de las doctrinas de Le Sillon, de sus “tendencias inquietantes” servidas por “almas huidizas”; también debía dar a conocer la verdad “a un gran número de seminaristas y de sacerdotes a los que Le Sillon ha sustraído, si no a la autoridad, al menos a la dirección y a la influencia de sus obispos. . y a la Iglesia, donde Le Sillon siembra la división y de la que compromete sus intereses”.
San Pío X pone fin al juego de Le Sillon
Los sillonistas —proseguía Pío X— “apelan al Evangelio, interpretado a su manera y, lo que es más grave todavía, a un Cristo desfigurado y disminuido”.
Los sillonistas de Le Sillon ampliado ¿pretenden ocuparse solamente de la cuestión social? Pío X da esta réplica: “En esta materia, los principios de la doctrina católica están fijados, y la historia de la civilización cristiana está ahí para testimoniar su bienhechora fecundidad”. León XIII “los ha recordado en páginas magistrales, que los católicos que se ocupan de cuestiones sociales, deben estudiar y tener siempre ante los ojos. Ha enseñado especialmente que la democracia cristiana debe mantener la diversidad de clases, que es con seguridad lo propio de la Ciudad bien organizada, y desear para la sociedad humana la forma y el carácter que Dios, su autor, le ha impreso” (Graves de communi) ha condenado “una cierta democracia que va hasta un grado de perversidad, como es el de atribuir en la sociedad la soberanía al pueblo y el perseguir la supresión y la nivelación de las clases”.
Ahora bien, los sillonistas “rechazan la doctrina recordada por León XIII sobre los principios esenciales de la sociedad, colocan la autoridad en el pueblo o casi la suprimen, y toman como ideal a realizar la liberación de clases. Van pues en contra de la doctrina católica hacia un ideal condenado”.
Sueñan “con cambiar” las “bases naturales y tradicionales y prometen una ciudad futura edificada sobre otros principios, que se atreven a llamar más fecundos, más benéficos que los principios sobre los que descansa la ciudad cristiana actual”, y Pío X dice que hace falta “recordarlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual, en los que cada uno se coloca de doctor y de legislador, no se edificará la sociedad de otra forma sino como Dios la ha edificado; no se edificará la sociedad, si la Iglesia no pone las bases y no dirige los trabajos de ella; no, la civilización ya no hay que inventarla, ni construir la nueva ciudad en las nubes. Lo ha sido, lo es; es la civilización cristiana, es la ciudad católica. Sólo se trata de instaurarla y de restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos, contra los ataques siempre renovados de la utopía malsana de la revuelta y de la impiedad: OMNIA INSTAURARE IN CHRISTO”.
Volviendo a las teorías de Le Sillon Pío X comprueba que éste “coloca primordialmente la autoridad política en el pueblo de quien ella procede, después en los gobernantes, de tal manera, sin embargo, que continúa residiendo en aquél”. Ahora bien, León XIII ha condenado formalmente esta doctrina en su Encíclica Diuturnum iflud, del Principado político, donde dice: “gran número de hombres modernos siguiendo las huellas de los que en el pasado siglo se dieron el nombre de filósofos, declaran que todo poder viene del pueblo; que, en consecuencia, los que ejercen el poder en la sociedad no lo ejercen con autoridad propia, sino con una autoridad que el pueblo ha delegado en ellos y bajo la condición de que pueda ser revocada por la voluntad del pueblo, del que ellos la reciben. Completamente distinto es el sentimiento de los católicos quienes hacen derivar de Dios el derecho a mandar, como de su principio natural y necesario”.
“Sin duda Le Sillon hace venir de Dios esta autoridad que sitúa primero en el pueblo, pero de tal manera que asciende desde abajo para ir arriba, mientras que en la organización de la Iglesia el poder desciende desde arriba para ir abajo”. Pero además de que es anormal que lo que se delega ascienda, puesto que es propio de su naturaleza descender, León XIII ha refutado por adelantado este intento de conciliación de la doctrina católica con el error del filosofismo. Pues, prosigue: “Importa indicarlo aquí: los que presiden el gobierno de la cosa pública pueden en ciertos casos ser elegidos por la voluntad y el juicio popular, sin repugnancia ni oposición de la doctrina católica. Pero si esta elección designa al gobernante, no le confiere la autoridad de gobernar, no delega el poder, designa a la persona que será investida con él”.
San Pío X no teme corregir
“Si el pueblo permanece como detentador del poder —hace observar Pío X— ¿ en qué se convierte la autoridad? Ya no hay ley propiamente dicha, ya no hay obediencia. Le Sillon lo ha reconocido; puesto que en efecto reclama, en nombre de la dignidad humana, la triple emancipación política, económica e intelectual. La ciudad futura para la que trabaja no tendrá ya amos ni servi dores; todos los ciudadanos serán en ella libres, todos camaradas, todos reyes... Una orden, un precepto, sería un atentado a la libertad, la subordinación a una superioridad cualquiera sería una disminución del hombre y la obediencia, una degeneración. ¿Es así, Venerables Hermanos, cómo la doctrina tradicional de la Iglesia nos representa las relaciones sociales en la Ciudad, incluso la má perfecta posible? ¿ Es que toda sociedad de criaturas independientes y desiguales por naturaleza no tiene necesidad de una autoridad que dirija su actividad hacia el bien común y que imponga su ley? Y si, en la sociedad, se encuentran seres perversos (siempre los habrá), la autoridad, ¿no deberá ser tanto más fuerte cuanto más amenazador sea el egoísmo de los malos?“.
Sostener lo contrario, proclama Pío X, “sería engaflarse torpemente sobre el concepto de la libertad”.
¿Habla Le Sillon de justicia social y de igualdad? Ahí también deforma la enseñanza tradicional de la Iglesia, “para él, toda desigualdad de condición es una injusticia o por lo menos una justicia menor”. Principio grandemente contrario a la naturaleza de las cosas, generador de envidias y de injusticia y subversivo de todo orden social.
“Así, la democracia sola inaugurará el reino de la perfecta justicia. ¿No es esto una injuria hecha a las otras formas de gobierno que se relega, de esta manera, al rango de gobiernos de impotentes males menores?”.
Le Sillon tiene una noción de la fraternidad que engloba en la misma tolerancia a todas las ideas “ahora bien, la doctrina católica nos enseña que el primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las convicciones erróneas, por muy sinceras que ellas sean, ni en la indiferencia teórica o práctica hacia el error o el vicio en el que vemos sumergidos a nuestros hermanos, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral, no menos que por su bienestar material”.
“Separando la fraternidad de la caridad cristiana así entendida, la democracia, lejos de ser un progreso, constituiría un retroceso desastroso para la civilización”.
En cuanto a la “dignidad humana”, Le Sillon también se hace de ella una “falsa idea”.
“Según él, el hombre sólo sería verdaderamente digno de este nombre el día en el que hubiese adquirido una conciencia clara, fuerte, independiente, autónoma, que pueda prescindir de amo, no obedeciendo más que a sí misma y capaz de asumir y de llevar sin fallo las más graves responsabilidades”.
“He aquí algunas palabras altisonantes con las cuales se exalta los sentimientos de la vanidad humana”.
Haría falta “cambiar la naturaleza humana”. ¿ Acaso los santos, que han llevado la dignidad humana a su más alto grado de exaltación, tenían una dignidad así? Y los hombres sencillos que no pueden subir tan alto y que se contentan con trazar modestamente su surco en el rango que la Providencia les ha asignado, cumpliendo enérgicamente sus deberes en la humildad, la obediencia y la paciencia cristianas, ¿no serían dignos del nombre de hombres, ellos, a quienes el Señor sacará un día de su oscura condición para colocarlos en el cielo entre los príncipes de su pueblo?”.
Respecto a Le Sillon, que se considera “como el instrumento de la sociedad futura”, “los estudios se hacen allí sin director, como mucho, con un consejero. Los círculos de estudio son verdaderas cooperativas intelectuales, donde cada uno es a la vez maestro y alumno (...) el sacerdote mismo, cuando entra allí rebaja la eminente dignidad de su sacerdocio y, por el más extraño cambio de papeles, se hace alumno, se pone a nivel de sus jóvenes amigos y ya no es más que un camarada”.
De ahí la “sorda oposición de los sillonistas a la Jerarquía, y es Pío X, quien dirigiéndose a los obispos, les describe cómo los ven los sillonistas:
“Sois el pasado, ellos son los pioneros de la civilización futura. Vosotros representáis la Jerarquía, las desigualdades sociales, la autoridad y la obediencia, viejas instituciones, a las cuales sus almas enamoradas de otro ideal, no pueden doblegarse”. Se enseña a la juventud “que desde hace diecinueve siglos (la Iglesia) no ha conseguido todavía organizar en el mundo la sociedad sobre sus verdaderas bases; que no ha comprendido las nociones sociales de autoridad, de libertad, de igualdad, de fraternidad y de dignidad humana; que los grandes obispos y los grandes monarcas que han creado y han gobernado tan gloriosamente a Francia no han sabido dar a su pueblo, ni la verdadera justicia, ni la verdadera felicidad, porque rio tenían el ideal de Le Sillon.
“EL SOPLO DE LA REVOLUCIÓN HA PASADO POR AHÍ, y podemos sacar la conclusión de que si las doctrinas de Le Sillon son erróneas, su espíritu es peligroso y su educación funesta”.
¿ Cómo ve la Iglesia a Le Sillon? (sic), pregunta ahora Pío X.
“Primero, su catolicismo no se acomoda sino a la forma de gobierno democrático que estima ser la más favorable a la Iglesia, y confundirse por así decir con ella: enfeuda pues su religión a un partido político. No tenemos que demostrar que EL ADVENIMIENTO DE LA DEMOCRACIA UNIVERSAL ES INDEPENDIENTE DE LA ACCIÓN DE LA IGLESIA EN EL MUNDO; ya hemos recordado que la Iglesia ha dejado siempre a las naciones el cuidado de darse el gobierno que ellas estimen más ventajoso para sus intereses (…) existe error y peligro en enfeudar, por principio, el catolicismo a una forma de gobierno”. Por lo demás, no hay sino ver cómo Le Sillon “divide a los católicos, arranca a la juventud e incluso a los sacerdotes y a los seminaristas de la acción simplemente católica y gasta, en balde, las fuerzas vivas de una parte de la nación”. Por lo demás, los sillonistas han fundado “una asociación interconfesional para trabajar en la reforma de la civilización”, luego se trata aquí, de una “obra religiosa en el más alto grado, pues no hay verdadera civilización sin civilización moral y no hay verdadera civilización moral sin la verdadera religión: es una verdad demostrada, es un hecho histórico.
“Pero más extrañas son todavía, espantosas y entristecedoras a la vez, la audacia y la ligereza de espíritu de hombres que se dicen católicos, que sueñan con refundir la sociedad en semejantes condiciones y establecer en la tierra por encima de la Iglesia católica ‘el reino de la justicia y del amor’, con obreros venidos de todas partes, de todas las religiones, o sin religión, con o sin creencia, con tal de que olviden lo que los divide: sus convicciones religiosas y filosóficas, y que pongan en común lo que los une: un GENEROSO IDEALISMO y las fuerzas morales tomadas ‘de donde puedan’. Cuando se piensa en todas las fuerzas, ciencias, virtudes sobrenaturales, que han sido necesarias para establecer la ciudad cristiana, y los sufrimientos de millones de mártires, y las luces de los Padres y de los Doctores de la Iglesia, y la entrega de todos los héroes de la caridad, y una poderosa jerarquía nacida del cielo, y ríos de gracia divina, y todo edificado, enlazado, compenetrado por la Vida y el Espíritu de Jesucristo, la Sabiduría de Dios, el Verbo hecho Hombre, cuando se piensa, decimos, en todo esto, asusta ver cómo se afanan nuevos apóstoles en hacerlo mejor con la puesta en común de un vago idealismo y de virtudes cívicas. ¿ Qué van a producir? ¿ Qué va a salir de esta colaboración? Una construcción puramente verbal y quimérica donde se verá espejear, todo revuelto y en una confusión seductora, las palabras de libertad, de justicia, de fraternidad y de amor, de igualdad y de exaltación humana, todo basado sobre una dignidad humana mal comprendida. Será una agitación tumultuosa, estéril para el fin propuesto y QUE APROVECHARÁ A LOS AGITADORES DE MASAS MENOS UTOPISTAS. SÍ, VERDADERAMENTE, SE PUEDE DECIR QUE Le Sillon ESCOLTA AL SOCIALISMO, CON LA MIRADA FIJA EN UNA QUIMERA.
La quimera de Sangnier... Estampilla francesa
“Tememos que haya algo peor aún, el resultado de esta promiscuidad en el trabajo, el beneficio de esta acción social cosmopolita, no puede ser sino una democracia que no será ni católica, ni protestante, ni judía: una religión (pues el sillonisrno, sus jefes lo han dicho, es una religión) más universal que la Iglesia católica reuniendo a todos los hombres, convertidos al fin en hermanos y camaradas en el reino de Dios.
“No se trabaja para la Iglesia, se trabaja para la humanidad”. Le Sillon no es más que “UN MISERABLE AFLUENTE DEL GRAN MOVIMIENTO DE APOSTASÍA ORGANIZADO EN TODOS LOS PAÍSES PARA EL ESTABLECIMIENTO DE UNA IGLESIA UNIVERSAL QUE NO TENDRÁ NI DOGMA NI JERARQUÍA, NI REGLA PARA EL ESPÍRITU NI FRENO PARA LAS PASIONES, y que, bajo pretexto de libertad y de dignidad humana, traería al mundo, si pudiese triunfar, el reino legal de la astucia y de la fuerza y la opresión de los débiles, de los que sufren y trabajan.
“Nos, CONOCEMOS DEMASIADO LOS SOMBRÍOS LABORATORIOS DONDE SE ELABORAN ESTAS DOCTRINAS DELETÉREAS que no deberían seducir a los espíritus clarividentes. Los jefes de Le Sillon no han sabido defenderse de ellas: la exaltación de sus sentimientos, la ciega bondad de su corazón, su misticismo filosófico mezclado con una parte de iluminismo, los han arrastrado hacia un NUEVO EVANGELIO en el cual han creído ver el verdadero Evangelio del Salvador, hasta el punto de que se atreven a tratar a Nuestro Señor Jesucristo con una familiaridad extremadamente irrespetuosa, y que su ideal, estando emparentado con el de la Revolución, NO TEMEN HACER ENTRE EL EVANGELIO Y LA REVOLUCIÓN COMPARACIONES BLASFEMAS, que no tienen la disculpa de haber escapado de alguna improvisación tumultuosa.
“Si Jesús ha sido bueno para los extraviados y los pecadores, no ha respetado sus convicciones erróneas por muy sinceras que pareciesen; los ha amado a todos para instruirlos, convertirlos y salvarlos. Si ha llamado a El para aliviarlos a los que padecen y sufren, no ha sido para predicarles la envidia de una igualdad quimérica. Si ha levantado a los humildes, no ha sido para inspirarles el sentimiento de una dignidad independiente y rebelde a la obediencia. Si su corazón desbordaba de mansedumbre para las almas de buena voluntad, ha sabido igualmente armarse de una santa indignación contra los profanadores de la casa de Dios, contra los miserables que escandalizan a los pequeños, contra las autoridades que abruman al pueblo con pesadas cargas sin poner un dedo para aligerarlas. El ha sido tan fuerte como dulce; ha reñido, amenazado, castigado, sabiendo y enseñándonos que con frecuencia el temor es el comienzo de la sabiduría y que, a veces, conviene cortar un miembro para salvar el cuerpo, en fin, no ha anunciado para la sociedad futura el reino de una felicidad ideal del que sería desterrado el sufrimiento; pero por sus lecciones y por sus ejemplos ha trazado el camino de la dicha posible en la tierra y de la dicha perfecta en el cielo: el regio camino de la cruz. Esto son enseñanzas que estaríamos equivocados en aplicar solamente a la vida individual con vistas a la salvación eterna; son enseñanzas eminentemente sociales, y nos muestran en Nuestro Señor Jesucristo algo más que un humanitarismo sin consistencia y sin autoridad”.
En cuanto a la organización de la Sociedad, Pío X enseña que “LOS MECANISMOS SOCIALES DEBERÍAN ESTAR ORGANIZADOS DE TAL MANERA QUE POR SU ENGRANAJE NATURAL, PARALIZASEN LOS ESFUERZOS DE LOS MALOS E HICIESEN ASEQUIBLE A TODA BUENA VOLUNTAD SU PARTE LEGÍTIMA DE FELICIDAD TEMPORAL”.
Sin duda, desea que los sacerdotes tomen “una parte activa en la organización de la sociedad con este fin” pero los advierte que tengan cuidado de no dejarse arrastrar “en el dédalo de opiniones contemporáneas, por EL ESPEJISMO DE UNA FALSA DEMOCRACIA; que no tomen de la retórica de los peores enemigos de la Iglesia y del pueblo un lenguaje enfático lleno de promesas tan sonoras como irrealizables. Que estén persuadidos que la cuestión social y la ciencia social no han nacido ayer, que en todos los tiempos la Iglesia y el Estado felizmente concertados, han suscitado con este fin fecundas organizaciones; que LA IGLESIA QUE JAMÁS HA TRAICIONADO LA FELICIDAD DEL PUEBLO POR ALIANZAS COMPROMETEDORAS, NO TIENE QUE DESPRENDERSE DEL PASADO Y QUE BASTA CON RECOGER, CON EL CONCURSO DE LOS VERDADEROS OBREROS DE LA RESTAURACIÓN SOCIAL, LOS ORGANISMOS ROTOS POR LA REVOLUCIÓN Y ADAPTARLOS, CON EL MISMO ESPÍRITU CRISTIANO QUE LOS HA INSPIRADO, AL NUEVO AMBIENTE CONTEMPORÁNEO, PUES LOS VERDADEROS AMIGOS DEL PUEBLO NO SON NI REVOLUCIONARIOS, NI INNOVADORES; SINO TRADICIONALISTAS”.
Aprovechando la lección de esta condenación de estas ideas madres de Le Sillon y de la democracia cristiana, Maurras dirá:
“El Pensamiento traza su círculo y si estáis fuera de él os indica sencillamente que estáis fuera de él, que erráis. ‘No os CONOZCO’, ‘YA NO OS CONOZCO’, este es todo el sentido del anatema. Mucho se han compadecido de las víctimas de la sentencia. hoy, debe admirarse de cuanta ayuda era esta sentencia para el innumerable pueblo anónimo al que defendía y afianzaba’’.
Siguiendo el consejo de Fogazzaro, Marc Sangnier se sometió. Le Sillon desapareció, pero “es más fácil decretar la desaparición de un espíritu —ha subrayado M. Nel Aris—, que la creación de un espíritu contrario. La obra de saneamiento no puede realizarse más que por una reforma lenta y profunda de las ideas”.
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