28 de septiembre de 2009

LA IGLESIA OCUPADA –CAPITULO XVII

EL MODERNISMO

“En sus orígenes, Cristo era un pobre y humilde judío que no sabía lo que fundaba. Ha sido cargado de riquezas por las generaciones.
    Perdón, Sr. Loisy, pero, ¿es Dios?”

    MAURICE BARRÉ S
    Cahiers, VII, p. 19

“ No hay malos tiempos. Hay malos clérigos. Todos los tiempos pertenecen a Dios, pero desgraciadamente no todos los clérigos le pertenecen...”
    CHARLES PEGUY

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Capítulo XVII: El testimonio de Benedetto Croce — Las divagaciones del padre Loisy — La verdad del padre Laberthonnière — Las extravagancias del padre Davry — El nombre según el padre Hecker — La cuestión de Barrès — Una palabra reveladora del padre Klein — La santa cólera de Péguy — El asunto de los seminaristas — La herejía que se disimula — La opinión de los protestantes — Ya no había que pagar por las sillas — Los apóstatas — Pío X impone el juramento antimodernista — ¿Puede un error convertirse en verdad con el tiempo?

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Nota: "La Iglesia Ocupada" es un libro de Jacques Ploncard d’Assac, publicado en capítulos para Santa Iglesia Militante por Cecilia Margarita de María Thörsoe Osiadacz.

Para ver la totalidad de los capítulos publicados puede clickear en: LA IGLESIA OCUPADA.

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                En su Histoire de l‘Europe au XIX siècle (Historia de Eurpa en el siglo XIX), Benedetto Croce abordando el intento de penetración de las ideas liberales en la Iglesia, hace una observación muy interesante:

                “Este esfuerzo de acercamiento y de conciliación, diverso y a veces de distinto espíritu según los países y atemperado o mezclado de forma diferente —escribe—, tomó el nombre de catolicismo liberal. En esta denominación, está claro que la sustancia estaba del lado del adjetivo, Y SE LLEVABA LA VICTORIA NO EL CATOLICISMO SINO EL LIBERALISMO al que este catolicismo se decidía a acoger y en cuyo viejo mundo introducía su levadura.

    El viejo filósofo napolitano de la vía Trinitá Maggiore se burlaba de ello, como se había burlado del liberalismo de Mussolini que le había dejado publicar su revista Crítica, durante todo el régimen fascista, pero tenía bastante honradez intelectual para reconocer que la Iglesia había tenido razón para defenderse, y rendía un homenaje a Pío X:

                “Entre los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX —escribía— surgió impetuosamente entre los católicos más cultivados, bajo la influencia de la filosofía y de la historiografía laicas, el movimiento llamado ‘modernismo’ (…) pero, en ese momento la Iglesia, a cuya cabeza se encontraba Pío X, se defendió firme y valientemente en sus viejas trincheras bien fortificadas y finalmente, después de haber condenado el modernismo por la encíclica Pascendi (1907), lo extirpó y lo arrojó al fuego. Sin embargo esta defensa y esta victoria le costaron la pérdida de un buen número de las inteligencias más ricas en doctrina y las más elegantes que la Iglesia poseía. PERO ESTA PÉRDIDA ERA MUCHO MENOS GRAVE QUE LA PÉRDIDA DE SU PROPIA RAZÓN DE SER QUE SE HABRÍA PRODUCIDO INELUCTABLEMENTE SI HUBIESE CAPITULADO O SI HUBIESE LLEGADO A UN ACUERDO”.

    Porque en el dominio del espíritu, las tentaciones son las mismas en todas las épocas, el testimonio del filósofo anticlerical conserva un valor de advertencia.

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