¿UNA SOCIEDAD SECRETA
DENTRO DE LA IGLESIA?
Se combate mal a un adversario si no se le
conoce a fondo.
CHARLES MAURRAS
La Démocratie Religieuse, pág. 110
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Nota: "La Iglesia Ocupada" es un libro de Jacques Ploncard d’Assac, publicado en capítulos para Santa Iglesia Militante por Cecilia Margarita de María Thörsoe Osiadacz.
Para ver la totalidad de los capítulos publicados puede clickear en: LA IGLESIA OCUPADA.
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Capítulo XV: Los conjurados de Subiaco — Conquistar la Iglesia desde el interior — La reunión secreta de la vía Della Vita — “Percibo el mal olor de Lutero…” — El subconsciente y la Verdad —Antonio Fogazzaro — Il Santo en el Indice — Un cardenal en la conjuración — La conferencia de París — “Cristianos a la búsqueda” — Romper la cadena — Un refugio contra el siglo.
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La idea de infiltrarse en la Iglesia para desviar su doctrina y controlar a su jerarquía, por extraña que pueda parecer, no ha dejado de obsesionar a las sectas ocultas. Las tentativas más conocidas son las de los “Iluminados” de Baviera, en el siglo XVIII, y la de la Alta Venta en el siglo XIX.
En 1906, aparecía en París la traducción francesa de un libro del escritor italiano Antonio Fogazzaro, Il Santo (El Santo). La mediocre intriga novelesca no hubiera sin duda llamado la atención si no hubiese servido para difundir las consignas de la SECTA MODERNISTA.
Estas eran bastante sorprendentes: se trataba de constituir una sociedad secreta en el seno de la Iglesia, con vistas a adueñarse de los principales puestos de la Jerarquía y lograr así una evolución de la Iglesia, favorable a las ideas del siglo.
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Antonio Fogazzaro. Su libro Subiaco expone ideas de infiltración en la Iglesia...
En Subiaco, Giovanni Selva, el protagonista de Fogazzaro exponía estas extrañas ideas a un grupo de amigos:
“Somos un cierto número de católicos, en Italia y fuera de Italia, eclesiásticos y laicos que deseamos una reforma de la Iglesia…
Para ello, tenemos necesidad de CREAR UNA OPINIÓN QUE LLEVE A LA AUTORIDAD LEGÍTIMA A ACTUAR SEGÚN NUESTRAS MIRAS, aunque fuese dentro de veinte, treinta o cincuenta años… He creído que para la propagación de nuestras ideas sería muy útil que por lo menos pudiésemos conocernos. Esta noche, nos reunimos un pequeño grupo Para un primer contacto”.
Giovanni Selva pide entonces que se comprometan bajo secreto y, uno de los oyentes que comprendió perfectamente lo que se proponía, sacó la conclusión de que se trataba de fundar una “francmasonería católica”. No una contra-masonería, sino una sociedad que emplease los métodos de la Francmasonería: secreto e infiltración.
Las ideas que intercambian “los modernistas de Subiaco” son no hace falta estar de acuerdo en todo, “los acuerdos positivos madurarán interiormente, como los gérmenes vitales en el caduco despojo de los frutos… un acuerdo negativo es bastante”.
“En el tema que nos ocupa, el proceso lógico está oculto”
La idea fundamental de los conjurados es la de no abandonar la Iglesia por ningún motivo. Separados de ella, no serían más que una secta visiblemente herética. Su objetivo es más ambicioso: conquistar la Iglesia desde DENTRO.
“Trabajemos para hacer sentir universalmente la necesidad de renovar todo lo que en nuestra religión es ropaje y no cuerpo de la verdad… hagámoslo permaneciendo en el terreno del puro catolicismo, esperando de las caducas autoridades las nuevas leyes, demostrando sin embargo que, si no se cambia esas vestimentas llevadas desde hace tanto tiempo y bajo tan rudas inclemencias, ninguna persona cultivada consentirá ya en ser de los nuestros. Y quiera Dios, que muchos de entre nosotros no se las quiten sin permiso por no poder soportar más la repugnancia que les causan”.
Pero tal trabajo oculto en el seno de la Iglesia, ¿ no corre el riesgo de ser descubierto? Es el temor que expresa uno de los conjurados:
“Creéis que os será posible navegar bajo el agua como peces prudentes y ya no pensáis que el ojo penetrante del Soberano Pescador o Vice-Pescador puede descubriros. Yo no aconsejaré jamás a los peces más finos, más sabrosos, más buscados, que se junten. Comprendéis lo que sucedería si cogieran a uno de ellos y lo sacasen del agua. Y no ignoráis que el Gran Pescador de Galilea ponía los peces en vivero, pero el Gran Pescador de Roma los pone en sartén”.
La respuesta que se le dio es muy reveladora:
“Aisladamente, cualquiera puede ser alcanzado: hoy, el profesor Dana, por ejemplo, mañana Dom Faré, pasado mañana Dom ‘Clément. Pero el día en el que, el imaginario arpón… pescase unidos por un hilo, laicos de marca, sacerdotes, monjes, obispos, tal vez cardenales, ¿quién será, decidme, el pescador pequeño o grande que del susto, no deje caer al agua el arpón y todo lo demás?”.
El plan está claro: contaminar los espíritus en tan gran número que Roma (el Papa, designado veladamente como “Gran Pescador”) dude en condenar. Ese día la Iglesia será conquistada desde dentro, ahogada por la opinión; pues los modernistas saben que se puede “fabricar la opinión” y van a dedicarse a ello.
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Antonio Fogazzaro, escritor y poeta.
La conjuración se ha extendido y Fogazzaro cuenta la reunión secreta que tuvo lugar en Roma, via Della-Vita:
“A la caída de la noche un señorial carruaje se detuvo ante una casa de la calle Della-Vita, en Roma. Dos damas descendieron de él precipitadamente y desaparecieron por una oscura puerta. El carruaje partió.
“Dos minutos después llegó otro, dejó a otras dos damas que desaparecieron por la misma puerta y el carruaje partió.
“En un cuarto de hora, llegaron cinco carruajes y la oscura puerta se tragó por lo menos a doce damas. Después, la callejuela volvió a quedar silenciosa.
“Media hora más tarde, comenzaron a venir del Corso grupos de hombres. También ellos se detenían ante la misma puerta, leían el número a la luz del farol más próximo y entraban. Y la oscura puerta se tragó también de esta manera a unas cuarenta personas. Los últimos fueron dos sacerdotes. El que miró el número era miope y no conseguía leer las cifras. El otro riendo le dijo:
“Entra. Percibo el mal olor de Lutero: debe de ser aquí”
Después de tal comienzo en la Ponson du Terrail, Fogazzaro nos transmite el discurso que pronunció el “profeta” del movimiento: Benedetto, “el Santo”.
Comenzó por leer una carta que había recibido:
“Hemos sido educados en la fe católica, decía el comunicante, y ya hechos hombres, hemos aceptado de nuevo, por un acto de libre voluntad, sus más arduos misterios, hemos trabajado por ella en el campo administrativo y social; pero en esta hora, otro misterio se levanta en nuestro camino y nuestra fe vacila ante él. La Iglesia católica, que se proclama fuente de verdad, obstaculiza hoy la búsqueda de la verdad cuando esta búsqueda se lleva a cabo en sus propios fundamentos, en sus libros sagrados, en las fórmulas de sus dogmas, en su pretendida infalibilidad…
Para nosotros, esto significa que está destinada a la muerte, a una muerte lejana pero ineluctable... ¿Qué debemos hacer?”
Benedetto pregunta entonces: “,Por qué os habéis dirigido a mi?” y parodiando el Evangelio cuenta esta parábola:
“Unos peregrinos sedientos se acercaron a una famosa fuente. Encuentran un pilón lleno de agua estancada de sabor desagradable. La fuente viva está en el fondo del pilón, pero no la encuentran. Decepcionados, se dirigen a un cantero que trabaja cerca de allí en una galería subterránea. El cantero les ofrece agua pura, ellos le preguntan el nombre del manantial. ‘Es la misma que la del pilón, les responde, en el subsuelo toda esta agua sólo forma una corriente’. El que cava, encuentra”.
Y Benedetto explica lo expuesto:
“Los peregrinos sedientos sois vosotros; el oscuro cantero soy yo; la corriente escondida en el subsuelo es la verdad católica. En cuanto al pilón, no es la Iglesia, la Iglesia es todo el campo por el que corren las aguas vivas. Si vosotros os habéis dirigido a mí, es porque sabíais de una manera inconsciente que la Iglesia no es la jerarquía únicamente. Que es el universal conjunto de fieles, GENS SANCTA, y que del fondo de todo corazón cristiano puede brotar el agua viva del manantial mismo, de la Verdad misma”.
El “reformador”, hábilmente, no niega la Jerarquía. Si los conjurados deben infiltrarse en ella, es importante dejarle bastante fuerza para ayudarlos en su conquista oculta, pero la aprisionan en la opinión, la opinión que ellos van A HACER “Yo no juzgo a la Jerarquía... digo nada más que la Iglesia no es solamente la Jerarquía”.
Pero si la Verdad no nos llega por la enseñanza de la Jerarquía, ¿ por qué canal llegará entonces?
Hay, responde el “reformador”, una región del alma “la del subconsciente, donde las facultades ocultas realizan un trabajo oculto”. “Este otro mundo del pensamiento está en relación directa e incesante con la Verdad...
TIENDE A RECTIFICAR LAS IDEAS DOMINANTES, cuando la enseñanza tradicional de estas ideas no es adecuada a lo verdadero”. Esta es “la fuente de una AUTORIDAD LEGÍTIMA”, “la Iglesia es la Jerarquía con sus conceptos tradicionales y ES TAMBIÉN la sociedad laica perpetuamente en contacto con la realidad, ACTUANDO PERPETUAMENTE SOBRE LA TRADICIÓN”.
Esta es la impugnación permanente instalada en la Iglesia.
La “logia modernista” imaginada por Fogazzaro había pasado a casa de uno de los afiliados que había ofrecido su apartamento: “Las reuniones se celebraban allí dos veces por semana. Había eclesiásticos, mujeres y hasta un judío llamado Viterbo, a punto de hacerse católico y en el que el maestro fundaba grandes esperanzas”.
“El objeto de estas reuniones era hacer conocer a personas atraídas por Cristo, PERO A LAS QUE REPUGNABA EL CATOLICISMO, lo que el catolicismo es verdaderamente”, pues se les enseñaba que las formas de la religión son “modificables” por las reacciones de la “conciencia pública”.
Fogazzaro no vacilaba en enviar a su héroe ante el Papa para ordenarle que reuniese con frecuencia a los obispos en “concilios nacionales” y que hiciese “participar al pueblo en la elección de los obispos”.
Esto era introducir la democracia en la Iglesia; una democracia que no podía ser sino “progresista” porque, explicaba Fogazzaro, “los católicos, eclesiásticos y laicos dominados por el espíritu de inmovilidad creen agradar a Dios, como los judíos celosos que hicieron crucificar a Jesús.
Todos los clérigos, el Santo Padre, y también todos los hombres religiosos que hoy se oponen al CATOLICISMO PROGRESISTA, habrían hecho crucificar a Jesús de buena fe en nombre de Moisés. Son idólatras del pasado, desearían que en la Iglesia todo fuese inmutable.”
Los conjurados habían comprendido perfectamente que la INMUTABILIDAD de la Iglesia, la formidable construcción dogmática asentada sobre la tradición constituía una barrera infranqueable para los “innovadores”. La primera tarea a realizar, era hacer penetrar en la opinión que la Iglesia DEBÍA cambiar, evolucionar. ¿ A dónde la llevarán? Eso sería la segunda etapa: LO PRIMERO HACER ADMITIR LA IDEA DEL CAMBIO.
En su lecho de muerte, II Santo deja esta consigna a los conjurados:
“¿ Os digo que toméis públicamente el lugar de los Pastores? No. Que cada uno trabaje en su propia familia, que cada uno trabaje entre sus amigos personales, que los que puedan, trabajen por medio de sus escritos. De esta manera, TAMBIÉN VOSOTROS PREPARARÉIS EL TERRENO EN EL QUE SE FORMAN LOS PASTORES”.
Fogazzaro en su estudio
Antonio Fogazzaro había nacido en Vicenza el 25 de marzo de 1842. Su juventud había transcurrido en tiempos del “Risorgimento”. El día de su boda se había cruzado con la calesa del rey del Piamonte que entraba victorioso en Vicenza. Había sufrido la influencia de los románticos. Su libro preferido era Les Memoires d’OutreTombe (Memorias de ultratumba) y su poeta, Heme.
Con tales maestros, su fe religiosa pronto evolucionó hacia un vago espiritualismo, después se convirtió en un simple sentimentalismo. Al fin, no sintiéndose ya sostenido por una fe profundá, dejó de practicar. “La primera vez que me fui a pasear en lugar de ir a la Iglesia —dirá— experimenté una satisfacción como si hubiera roto una pesada cadena”
“Ya no hacía nada, mis ideales se habían derrumbado, ya no esperaba nada de la vida”.
Fogazzaro entra en relación con un curioso personaje: Chialiva, un viejo carbonario de los comienzos, que había ido a Inglaterra, al Perú, había encontrado una ruina de oro y había vuelto a Lugano. Su villa “La Tanzia”, había servido de refugio a los conspiradores de Mazzini. En 1859, Chialiva se había instalado en Milán y continuaba conspirando a favor de la República. Era un feroz anticlerical.
¿Se aficionaría Fogazzaro a las sociedades secretas con Chialiva? Es posible. En todo caso, no encontró en éste un guía moral. Lleva una vida desordenada y lo más notable de su actividad consiste en escribir poemas.
Pero Fogazzaro sigue siendo un inquieto. Incapaz de ordenar su vida sobre la práctica cristiana, intenta aferrarse a una vaga religión del corazón. Lo que él ha llamado su “conversión” tuvo lugar en 1873, después de haber leído la Philosophie du Credo (Filosofía del credo) del Padre Gratry que trataba del “deseo del corazón”.
“Esto es lo mío”, piensa Fogazzaro.
Il Santo hizo algún ruido. Demasiado, pues fue puesto en el Indice, el 5 de abril de 1906. Fiel a la táctica que ha preconizado en su libro, Fogazzaro se somete. Por otra parte no faltan quienes le animan secretamente. Hasta se tiene, del cardenal Mathieu, una carta reveladora de la penetración del “modernismo” en la Jerarquía. El 30 de julio de 1906 el cardenal escribe a Fogazzaro que acaba de ver su libro puesto en el Indice.
“Un cardenal no puede quitar la razón a un tribunal romano…”, “pero habría poco que corregir (en Il Santo). Vengaos, señor mío, a la manera del sol de J. Baptiste Drousseau, el Dios que prosiguiendo su carrera derramaba torrentes de luz sobre los oscuros blasfemos. Haré todo lo posible por ir a saludaros a Vicenza... Será necesario que esta visita se haga DE INCÓGNITO e IN IGRIS por el miedo de que yo también sea puesto en el Indice.
“Recibid, estimado señor, toda la respetuosa adhesión y toda la ADMIRACIÓN de vuestro humilde servidor, P.D. CARDENAL MATHIEU”.
A principios de 1907, Fogazzaro toma aires de director de escuela. Emprende en Francia, Suiza e Italia, una gira de conferencias sobre “las ideas de Giovanni Selva”, el doctrinario de Il Santo.
Fue acogido en París “por una multitud de católicos, de SEMINARISTAS y hasta, se dice, por un obispo”. (¿Acaso el cardenal Mathieu? En el momento en que L’Action Française informaba del rumor que corría de que había un obispo adepto a los conjurados, se ignoraba la carta del cardenal Mathieu a Fogazzaro, que no fue publicada hasta 1920 por Gallarati-Scotti).
Fogazzaro iba acompañado del padre Rómulo Murri, jefe del partido democrático italiano, quien algunos meses más tarde sería excomulgado, y se entrevistó con Marc Sangnier, el cual vería condenado Le Sillon tres años después.
“Giovanni Selva —declara Fogazzaro— pertenece al mundo de la realidad tanto como vosotros y como yo. Le he inventado un falso nombre. Su nombre verdadero es ‘legión’. Existe, piensa y trabaja en Francia, en Inglaterra, en Alemania, en América y también en Italia. LLEVA LA SOTANA y el uniforme y la levita, se deja ver en las universidades, SE ESCONDE DE LOS SEMINARIOS”
Fogazzaro reitera públicamente la consigna de los conjurados de Il Santo: permaneced en la Iglesia para infiltrar secretamente en ella las nuevas ideas:
“No es exiliándose de la patria —dice— ni haciéndose desterrar por el gobierno como se consigue ejercer una influencia en la legislación nacional para hacer derogar o modificar las leyes. La primera cosa que hay que hacer CONTRA ELLAS, es obedecerlas”.
Para los conjurados, la obediencia a la Iglesia no es sino una apariencia para no ser expulsado de ella.
La gira de Fogazzaro, ¿fue una imprudencia, una falta a la consigna de la acción clandestina? ¿ Se creyeron los innovadores lo bastante seguros como para desenmascararse a medias? El caso es que atrajo la atención sobre la oculta cofradía de los “modernistas”. Astucia irrisoria: Fogazzaro había creído hábil denominarse MODERNO y no MODERNISTA pero al mismo tiempo aparecía en Milán una revista: Rinnovamento, en la que colaboraba y de la que L’Univers podía decir que era “el órgano de la famosa sociedad de reformadores silenciosos cuyo programa y método se encuentran expuestos a lo largo de la novela del senador por Vicenza (Fogazzaro había sido nombrado senador del reino de Italia en 1900). Nuestros reformadores modernos creen que para realizar su obra tienen que PERMANECER A TODA COSTA EN EL INTERIOR MISMO DE LA IGLESIA, cualesquiera que sean las divergencias que se irán señalando cada vez más entre sus concepciones filosófico-religiosas y la fe católica; POR SÍ MISMOS NO ABANDONARÁN LA IGLESIA, BUSCARÁN REALIZAR EN ELLA SIN RUIDO SU TRABAJO DE ZAPA Y DE DISOLUCIÓN —ellos dicen de transformación y de renovación—, pero esto no los hace menos peligrosos”.
Con una fórmula asombrosa, Fogazzaro declaraba que el agnosticismo moderno “estaba mucho mejor dispuesto hacia Cristo que hacia Barrabás”, pero que estaba “sin embargo resignado a dejar morir el cristianismo, si insiste demasiado en proclamarse la verdad absoluta”.
“Ya han dejado escapar el ‘quid’ de la cuestión, comentaba L’Univers: lo que nuestros reformadores reprochan más a la Iglesia es el de proclamarse —y ser— una verdad absoluta”.
No sin razón los innovadores iban contra la noción misma de la verdad. Puesta en duda ésta, sometida a la Interpretación de cada uno, todo el edificio dogmático de la Iglesia quedaba quebrantado.
Con una audacia que no han superado los progresistas cristianos de hoy, Rinnovamento proclamaba: “Si creemos posible una nueva civilización cristiana es con una sola condición, a saber, que el espíritu de Cristo significa espíritu de liberación sin que nadie lo sujete a teorías, hipótesis, o sistemas puramente suyos, sino SINTIÉNDOLO CADA UNO EN SU CORAZÓN como un mandamiento inmanente de elevar su propia vida en todas las actividades”.
Hay que “remontarse de los mitos a la divinidad”. “La única apología posible hoy, es LA BÚSQUEDA MISMA”.
Aquí tenemos a los abuelos de los “cristianos en búsqueda de hoy”.
Se podría analizar ampliamente la obra de Fogazzaro para encontrar en ella los temas de los “progresistas” cristianos.
Si el afecto de los católicos PROGRESISTAS a su Iglesia, escribía, no está disminuido por las amarguras y los sacrificios que con frecuencia son su suerte, es porque siempre están seguros de encontrar un refugio “EN LA REGIÓN INVISIBLE DE LA QUE SE SIENTEN MIEMBROS por la fe viva y la inmortal esperanza de una fraternidad conocida plenamente de Dios solo; a resguardo de toda ofensa y de la que nadie en el mundo, por muy poderoso que sea, podrá privarlos en la eternidad”.
Fogazzaro profesaba una gran admiración por otro maestro del pensamiento de los “modernistas”: Tyreli, “el hombre ante quien —decía— todos los Giovanni Selva del mundo se inclinan con veneración” Por lo demás, tiene la intención de organizar giras de conferencias con Tyreil y Loisy, los dos futuros condenados.
Los principales del partido se reunieron un día secretamente en Moivono, para decidir la táctica a seguir. Von Hágel sostuvo que si en los siglos pasados, principalmente desde el siglo XVI, “un considerable grupo de laicos, sacerdotes y obispos hubiesen actuado firme y dignamente COMO HOMBRES LIBRES, responsables y sinceros frente a la autoridad papal, el Papa no habría llegado jamás a pedir una obediencia pasiva que repugna a la conciencia moderna”. Pero ahora, “el Papa pide actos de renuncia a nuestra libertad que le parecen muy sencillos y naturales, simplemente porque proceden de la tradición secular y son absolutamente necesarios para su continuidad”.
Para “romper esta cadena”, hay que unirse.
Fogazzaro insistió sobre la necesidad de no romper de ninguna manera con la Iglesia, “DE PERMANECER A TODA COSTA EN EL INTERIOR PARA PODER TRABAJAR EN LO CONCRETO... Dejarse eliminar, sería retardar el triunfo de nuestras propias aspiraciones en la Iglesia”.
Actuando así, Fogazzaro prometía que un día se vería “LA AUTORIDAD EN MANOS DE HOMBRES QUE PIENSAN COMO NOSOTROS”.
Nunca se subrayará lo suficiente el método de los “modernistas”: “No separarse jamás, sino adueñarse”.
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Fogazzaro. Retrato.
En el transcurso de su conferencia en París, Fogazzaro había declarado cínicamente que se trataba de “preparar un estado de conciencia colectivo QUE, MÁS TARDE, SE MANIFESTARÁ ESPONTÁNEAMENTE EN LOS ACTOS DE LA AUTORIDAD”.
La objeción que nos viene inmediatamente a la mente, es ésta: ¿cuál es el valor de tal “estado de conciencia” en relación con la Tradición constante de la Iglesia?
No deja de tener interés observar que esta objeción fue percibida perfectamente por los contemporáneos, incluso por aquellos que, como Paul Souday, no eran catóilcos. El crítico de Le Temps hacía observar que Fogazzaro “profesaba una admiración un poco simplista y beata por la vida moderna”. “Se le llenaba la boca con ella —escribía— y no cesaba de insistir en la necesidad de adaptar el catolicismo a la tan preciosa vida moderna. ¡ Qué puerilidad !”.
“El tiempo presente —proseguía Souday— es una mezcla de lo bueno y de lo malo. ¿A título de qué atribuirle un privilegio y juzgar insuficiente para él una religión que bastó a Bossuet y a Pascal?”. Y, muy sutilmente hacía notar: “El impulso automático de los ingenuos y de los ignorantes exalta su época por encima de cualquier otra, porque no conocen las épocas anteriores y porque ésta tiene la superioridad de haberlos engendrado. Es un reflejo elemental creer en el progreso desde los orígenes hasta nosotros”.
“Los enamorados del pasado —concedía Souday— pueden caer en algún exceso”, pero “sus prevenciones, por lo menos, se apoyan en una cultura seria, una imaginación vivaz y un sentido crítico aguzado que les ha permitido JUZGAR SU SIGLO EN CONTRA DE SU INSTINTO. Llegan a pensar que lo que es característico de un siglo, moderno o antiguo, tiene poco valor y que LO IMPORTANTE ES LO QUE DURA. El catolicismo tiene LA SUPERIORIDAD DE SUS MIL NOVECIENTOS AÑOS DE EXISTENCIA sobre las ideas de las que Fogazzaro está tan satisfecho por ser modernas y que acaso mañana habrán pasado. Lejos de querer modificarlo para ponerlo a la moda, se puede pensar que su principal atractivo reside, por el contrario, en UNA INMUTABLE PERENNIDAD Lejos de subordinarlo al siglo, se tiene el derecho de amarlo POR CONTRASTE Y COMO REFUGIO CONTRA EL SIGLO”.
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